Hoy no tengo nada que decir, pero ni mucho menos me desanimo por ello porque sé que esa es la situación más favorable para ponerse a escribir. Al escritor debería bastarle con escuchar dentro de sí mismo la latencia de algo vivo en él que desea manifestarse y expresarse, de algo que no se resigna al silencio y que impide su reposo en el simple existir, en el ser del Todo que, según los místicos, es aquello con lo que deberíamos aspirar a fundirnos enmudeciendo ejemplarmente. Pero la escritura es la oposición frontal a cualquier mudez ejemplar que se conforma con repetir ad infinitum un mantra sagrado, una oración que, más que una frase compuesta, es un rumor orgánico perfectamente insonoro, como lo es el constante latir del corazón si uno se encuentra sano. Por esto precisamente he dicho más de una vez aquí, en este blog, que el escritor no es una persona "sana", no en el sentido médico, por supuesto, sino en el sentido de que el hombre sano, para su saludable tranquilidad y felicidad, no percibe el constante rumor interno de las frases que en nosotros, los escritores, pugnan continuamente por hacerse oír, rumor que, a veces, es tan fuerte que constituye un verdadero estruendo, siendo esta la razón de que, en tales ocasiones, creamos no tener nada que decir, pues, en medio del estruendo, nada se percibe con claridad. Quien escribe tiene la obligación de adiestrar su percepción, de afinarla hasta poder captar el ruido lejano de sus palabras que siempre avanzan en confuso tropel hacia su encuentro, como hacía el indio piel roja cuando ponía su oreja contra la tierra (muda solo en apariencia) al objeto de detectar a distancia el estruendo de los cascos pertenecientes a la caballería confederada lanzada al galope...
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