Soy de esas personas a las que confesar los propios sentimientos no les resulta fácil, por lo que se entenderá que desvelar mis miedos más íntimos me parezca casi vergonzoso, poco menos que un acto impúdico. Pero me he propuesto hacer este ejercicio de exposición pública, no por masoquismo o exhibicionismo, sino como un modo de probar, de demostrarme que no le tengo miedo al miedo mismo. Para empezar formularé entonces la pregunta de rigor como si me la hiciera a bocajarro cualquier persona que lea esto:
-¿Cuál es tu mayor miedo?...
Dado que soy un varón occidental que se acerca a los sesenta años, y cuya dieta se ha inclinado siempre hacia la proteína de origen animal, sería razonable contestar que un dolor agudo, repentino, atroz, un dolor que augura la muerte por el mero hecho de su intensidad, es decir: un infarto o un cólico que roce el diez, la puntuación máxima en una hipotética escala de medición del sufrimiento. Como respuesta, esta sería la más lógica y razonable (y, por supuesto, la más previsible) si me hubieran preguntado por mis aprensiones de hipocondríaco, no por mis verdaderos miedos psicológicos, por mis temores racionales en cuanto individuo o psique particular.
Actualmente, como "psique individual", mi mayor miedo o temor racional es algo muy distinto a la perspectiva de una enfermedad grave (perspectiva que, por otra parte, cada vez soy más consciente de que existe para mí): hoy temo, sobre todo, que llegue un momento en mi vida en que no pueda soportar mi soledad, que es de donde fluye mi escritura ya que, para un solitario, en la soledad está todo lo que él necesita para escribir. Ni pluma ni papel, ni teclado ni pantalla de ordenador: para escribir, lo único que se precisa es estar solo. Ni siquiera se necesita una modesta biblioteca personal, y menos aún leer constantemente, como piensa la mayoría de la gente (lo cual no significa que haya que aplaudir a esos escritores que nunca han leído nada, y que, además, presumen de ello).
Escribir presupone un don, y tener un don supone poseer un látigo propio con el que flagelarse. Mi gran temor es, pues, que llegue un día en que ya no soporte lo que es a la vez el don y el látigo del escritor (su soledad) y necesite, en cambio, vivir de nuevo libre de dones y flagelaciones, como cualquier hombre feliz. Reparad, amigos, en que, al sacar esta última conclusión, al mismo tiempo saqué de la chistera una paradoja, y, si bien lo pensáis, la paradoja lo resume todo. Veámoslo.
-¿Cuál es tu mayor miedo, entonces?...
-Mi mayor miedo es volver a ser feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario