Cuanto más me remonto en el tiempo sobrevolando mi pasado, tanto el remoto como el reciente, más me apercibo de que nunca fui lo que se dice una persona "realista", sino que, desde edades tal vez demasiado tempranas, pasé por ser un chico solitario, soñador y fantasioso, que buscaba el afecto por escrito, a través de las espontáneas y cándidas expresiones de su ingenio poético, expresiones que no siempre eran oportunas, desde luego, ni menos aún apreciadas en su justo valor por las personas que me las habían inspirado. Debido a mi timidez frente al sexo opuesto, mi inseguridad y mi falta de naturalidad fueron los grandes obstáculos de mis primeras relaciones amorosas, varias de las cuales fueron entabladas por correspondencia y terminaron sin siquiera haber empezado, en realidad. Salvo en la primera infancia, donde el sexo no era el elemento tácito y más importante a tener en cuenta, las mujeres siempre me han dado miedo, y, por lo general, con ellas es solamente en la amistad que me siento medianamente cómodo y seguro. Sé que esta confesión sera reveladora, sobre todo, para los freudianos, que enseguida la imputarán a la existencia entre bambalinas de una homosexualidad latente y no asumida o de una madre sobreprotectora y tiránica; pero yo no lo tengo tan claro pues, en cualquier asunto, el objetivo de alcanzar la deseable claridad es para mí una cosa imposible y, para ser sincero, me pasa en la mayoría de las ocasiones. Sé que una madre suele ser el personaje clave en la vida de bastantes hombres, y que su huella es profunda e indeleble en casi todos; pero, en mi caso, no creo que lo haya sido más que (por ejemplo, y por citar solo algunas) las dejadas por Franz Kafka, Henry Miller o Marcel Proust, que son, realmente, mis verdaderos familiares directos: quienes me han amamantado y cambiado los pañales, por decirlo así. En cambio, no he tenido un padre en sentido estricto, y eso sí que debió tener trascendencia para mí porque existe la posibilidad de que cualquiera de los personajes anteriormente citados (Franz, Henry, Marcel), llegasen a mi vida, entre otras razones, con la misión principal de sustituirle, adoptando sus funciones y llenando así, en la práctica, su ausencia. Quizás yo no haya hecho sino buscar en los grandes nombres de la Literatura la familia ideal que nunca tuve, y sea por eso que, desde el principio, haya sido un idealista, es decir: porque mi alma siempre se sintió infinitamente más comprendida y mejor acogida por los autores de libros de ficción (mis "hermanos de espíritu") que por mis parientes consanguíneos, cualquiera sea el grado de parentesco que estos tengan conmigo. Y es que ya se sabe: con los hombres es difícil entenderse... Salvo que escriban y uno no los conozca en persona, quiero decir.
Relatos breves y menos breves Poemas y escritos sin género definido Novelas que nunca salieron del taller
"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"
sábado, 29 de octubre de 2016
sábado, 15 de octubre de 2016
¿Vale o no vale la pena?
Por primera vez en la vida estoy realmente asustado por mi porvenir, ahora que mis ahorros disminuyen lenta pero inexorablemente, que una pléyade de posibles enfermedades me acechan, que mis fuerzas físicas se agotan por imperativo de edad, que mi corazón enviuda cada día de alguna de sus más firmes esperanzas, y que pierdo a cada hora que pasa la amistad de alguno de mis más locos sueños de juventud... Pero no solo mi cuerpo, también mi alma envejece con rapidez, y cada día que me levanto me pregunto si aún vale la pena hacerlo: si la vida me reserva todavía una sorpresa feliz y excepcional en medio de esta familiar mediocridad que me rodea y que, no sé por qué, defiendo con uñas y dientes, como defiende el anciano sus manías, su tesoro de prejuicios, vicios, excentricidades e intolerancias que terminan por hacer de él un misántropo y un avaro. ¿En realidad vale la pena preguntarse si algo vale la pena?... No lo sé, puede que no. Pero, en todo caso, esto es lo que yo me pregunto ahora, la valía de la que dudo: ¿para qué atesorar más tiempo material, todas estas mañanas y tardes que se repiten iguales a sí mismas, y que, cual infinitas monedas de a céntimo, no me canso de contar creyendo que en ese anodino montón sin brillo consiste toda mi fortuna?... Siempre creí que atesorar tiempo libre era mi particular y natural forma de codicia humana, pero ya vacío de sentimientos nobles, de emociones intensas, y de una sola ilusión real, ¿de qué me sirve esa riqueza, toda esa calderilla de minutos y segundos, si nunca va a procurarme la misma sensación de plenitud que un solo instante de ciego amor y felicidad?...
sábado, 1 de octubre de 2016
Cabalgando sobre la bestia
Hasta estas últimas fechas (semanas, meses) no me había dado cuenta cabal de la dimensión de mi fracaso. Se puede decir sin faltar a la verdad que he dilapidado hasta el último céntimo del crédito social del que gozaba a mi salida de la universidad, y que casi todo ese despilfarro se lo debo a esta manía u obsesión de escribir. En otra parte de este blog, ya dije que la escritura no remunerada era como una enfermedad adictiva que puede consumir todo nuestro patrimonio y conducirnos a la dependencia indigente de una forma lenta e inexorable, de una forma que duele hasta la exasperación porque, en nuestro fuero interno, no sabemos cómo evitarla al no querer, en el fondo, renunciar a ella por nada del mundo.
Nosotros, los escritores fracasados, sabemos, siempre hemos sabido, que hay que renunciar y, sin embargo, no queremos hacerlo, nos resistimos a hacerlo con uñas y dientes, a caballo de una ejemplar insensatez que está dispuesta a arriesgarlo todo con tal de no bajarse de la silla. Y lo de la silla nunca estará mejor dicho que en este caso, pues una silla, cualquier silla, hasta la más incómoda, es el trono desde el que cualquier escritor, independientemente de su categoría, tiene la oportunidad de reinar sobre la humanidad, su vasalla natural. Si es realmente un artista (es decir: si siente que lo es y no solo se resiente de ello), un escritor tiene la obligación de subirse al tozudo caballo de su insensatez y arriesgarse una y otra vez a que la realidad le descabalgue de golpe, arrojándole de cabeza al pedregoso y enlodado camino de la vida por sobre las orejas de esa bestia impredecible y falsa como ella sola: la insensatez humana.
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