"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 1 de octubre de 2016

Cabalgando sobre la bestia

Hasta estas últimas fechas (semanas, meses) no me había dado cuenta cabal de la dimensión de mi fracaso. Se puede decir sin faltar a la verdad que he dilapidado hasta el último céntimo del crédito social del que gozaba a mi salida de la universidad, y que casi todo ese despilfarro se lo debo a esta manía u obsesión de escribir. En otra parte de este blog, ya dije que la escritura no remunerada era como una enfermedad adictiva que puede consumir todo nuestro patrimonio y conducirnos a la dependencia indigente de una forma lenta e inexorable, de una forma que duele hasta la exasperación porque, en nuestro fuero interno, no sabemos cómo evitarla al no querer, en el fondo, renunciar a ella por nada del mundo. 
Nosotros, los escritores fracasados, sabemos, siempre hemos sabido, que hay que renunciar y, sin embargo, no queremos hacerlo, nos resistimos a hacerlo con uñas y dientes, a caballo de una ejemplar insensatez que está dispuesta a arriesgarlo todo con tal de no bajarse de la silla. Y lo de la silla nunca estará mejor dicho que en este caso, pues una silla, cualquier silla, hasta la más incómoda, es el trono desde el que cualquier escritor, independientemente de su categoría, tiene la oportunidad de reinar sobre la humanidad, su vasalla natural. Si es realmente un artista (es decir: si siente que lo es y no solo se resiente de ello), un escritor tiene la obligación de subirse al tozudo caballo de su insensatez  y arriesgarse una y otra vez a que la realidad le descabalgue de golpe, arrojándole de cabeza al pedregoso y enlodado camino de la vida por sobre las orejas de esa bestia impredecible y falsa como ella sola: la insensatez humana. 

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