"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 29 de octubre de 2016

Salvo que no les conozcas en persona

Cuanto más me remonto en el tiempo sobrevolando mi pasado, tanto el remoto como el reciente, más me apercibo de que nunca fui lo que se dice una persona "realista", sino que, desde edades tal vez demasiado tempranas, pasé por ser un chico solitario, soñador y fantasioso, que buscaba el afecto por escrito, a través de las espontáneas y cándidas expresiones de su ingenio poético, expresiones que no siempre eran oportunas, desde luego, ni menos aún apreciadas en su justo valor por las personas que me las habían inspirado. Debido a mi timidez frente al sexo opuesto, mi inseguridad y mi falta de naturalidad fueron los grandes obstáculos de mis primeras relaciones amorosas, varias de las cuales fueron entabladas por correspondencia y terminaron sin siquiera haber empezado, en realidad. Salvo en la primera infancia, donde el sexo no era el elemento tácito y más importante a tener en cuenta, las mujeres siempre me han dado miedo, y, por lo general, con ellas es solamente en la amistad que me siento medianamente cómodo y seguro. Sé que esta confesión sera reveladora, sobre todo, para los freudianos, que enseguida la imputarán a la existencia entre bambalinas de una homosexualidad latente y no asumida o de una madre sobreprotectora y tiránica; pero yo no lo tengo tan claro pues, en cualquier asunto, el objetivo de alcanzar la deseable claridad es para mí una cosa imposible y, para ser sincero, me pasa en la mayoría de las ocasiones. Sé que una madre suele ser el personaje clave en la vida de bastantes hombres, y que su huella es profunda e indeleble en casi todos; pero, en mi caso, no creo que lo haya sido más que (por ejemplo, y por citar solo algunas) las dejadas por Franz Kafka, Henry Miller o Marcel Proust, que son, realmente, mis verdaderos familiares directos: quienes me han amamantado y cambiado los pañales, por decirlo así. En cambio, no he tenido un padre en sentido estricto, y eso sí que debió tener trascendencia para mí porque existe la posibilidad de que cualquiera de los personajes anteriormente citados (Franz, Henry, Marcel), llegasen a mi vida, entre otras razones, con la misión principal de sustituirle, adoptando sus funciones y llenando así, en la práctica, su ausencia. Quizás yo no haya hecho sino buscar en los grandes nombres de la Literatura la familia ideal que nunca tuve, y sea por eso que, desde el principio, haya sido un idealista, es decir: porque mi alma siempre se sintió infinitamente más comprendida y mejor acogida por los autores de libros de ficción (mis "hermanos de espíritu") que por mis parientes consanguíneos, cualquiera sea el grado de parentesco que estos tengan conmigo. Y es que ya se sabe: con los hombres es difícil entenderse... Salvo que escriban y uno no los conozca en persona, quiero decir.

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