Por primera vez en la vida estoy realmente asustado por mi porvenir, ahora que mis ahorros disminuyen lenta pero inexorablemente, que una pléyade de posibles enfermedades me acechan, que mis fuerzas físicas se agotan por imperativo de edad, que mi corazón enviuda cada día de alguna de sus más firmes esperanzas, y que pierdo a cada hora que pasa la amistad de alguno de mis más locos sueños de juventud... Pero no solo mi cuerpo, también mi alma envejece con rapidez, y cada día que me levanto me pregunto si aún vale la pena hacerlo: si la vida me reserva todavía una sorpresa feliz y excepcional en medio de esta familiar mediocridad que me rodea y que, no sé por qué, defiendo con uñas y dientes, como defiende el anciano sus manías, su tesoro de prejuicios, vicios, excentricidades e intolerancias que terminan por hacer de él un misántropo y un avaro. ¿En realidad vale la pena preguntarse si algo vale la pena?... No lo sé, puede que no. Pero, en todo caso, esto es lo que yo me pregunto ahora, la valía de la que dudo: ¿para qué atesorar más tiempo material, todas estas mañanas y tardes que se repiten iguales a sí mismas, y que, cual infinitas monedas de a céntimo, no me canso de contar creyendo que en ese anodino montón sin brillo consiste toda mi fortuna?... Siempre creí que atesorar tiempo libre era mi particular y natural forma de codicia humana, pero ya vacío de sentimientos nobles, de emociones intensas, y de una sola ilusión real, ¿de qué me sirve esa riqueza, toda esa calderilla de minutos y segundos, si nunca va a procurarme la misma sensación de plenitud que un solo instante de ciego amor y felicidad?...
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