"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 28 de noviembre de 2016

El secreto encanto de las biografías

   
   “La verdad es que escribir la propia biografía es la cosa más difícil que existe. Si elijo un método cronológico me temo que resultará tan aburrida como todas las enumeraciones, porque tras el azaroso nacimiento en cualquier parte vendrá la infancia más o menos feliz de cualquier individuo, y después la adolescencia, y… Y para de contar. Si escojo, en cambio, un procedimiento más selectivo que refleje solo los grandes acontecimientos de mi vida, estoy seguro que la cosa se reduciría tanto que apenas ocuparía el espacio de un breve aforismo. En resumen, podría contraerse en una frase de este estilo: Nació y, sin venir a cuento, ya se dio por muerto. O bien en esta otra: Nació con cierto retraso en las cuentas y, de ahí, que jamás se le dieran bien las matemáticas. Tal vez esta última realidad (la torpeza con los números) sea la que explique mi precoz gusto por las letras: no lo sé. El caso es que, desde muy temprano, mi espíritu se arrimó al Árbol herido por el rayo, como diría D. Antonio Machado, y que, desde esa lejana fecha, la herida no ha hecho más que crecer, pues, antes que nada, fui poeta (malo) y, a su debido tiempo, traicioné la Poesía por hacer algo, no ya útil, sino disculpable a ojos de la Humanidad. Ahora escribo casi exclusivamente prosa y, sin falsa modestia por mi parte, creo poder decir que no se me da del todo mal porque todavía nadie se ha quejado de mi estilo... Aunque claro: en esta ausencia absoluta de protestas algo ha de tener que ver, sin duda, el hecho de que, como escritor, soy aún un perfecto desconocido. Y, naturalmente, no es por otra razón que al fin me he decidido a publicar. Pero no os equivoquéis, amigos que quizás tengáis pronto la gentileza de apuntaros al escasísimo (pero distinguido) grupo de mis lectores: no lo hago porque necesite, como el aire que respiro, vuestras críticas o vuestros elogios. Lo hago porque, sobre todo, deseo vuestro afecto en pago del poco o mucho placer que os procure leerme, puesto que en este oficio de escribir uno está solo como un muerto y siempre agradecerá una mano que le revuelva el pelo en un impagable gesto de cariño …"

   El párrafo anterior es el extracto de una entrada que llevaba el título de “Biografía" hace algunas fechas en este mismo blog. Por supuesto, como biografía imagino que no ha de servir para nada en la contraportada de un libro, donde presumo que la gran mayoría de lectores necesitan leer cosas más concretas sobre el autor de la obra que tienen en sus manos. Sin embargo, resume con bastante exactitud el empeño fundamental en que, para mí, consistió la experiencia de vivir desde los trece o catorce años en adelante. Entré en la adolescencia soñando con dos cosas, a cada cual más heroica y desesperada: la Literatura y el Amor (las mayúsculas no son gratuitas). El segundo de mis objetivos lo alcancé con relativa prontitud pues, en mi época de estudiante universitario, a un joven romántico como yo no le era difícil conocer, ya en los primeros años de su matrícula, “el amor en su forma más desesperada y heroica”, que es la única modalidad de amar que a mí me parecía satisfactoria por entonces. En cambio el segundo de mis fines existenciales, por haches o por bes, se vería una y otra vez postergado a un futuro perfecto donde mis circunstancias vitales lo hicieran posible, es decir: después que alguna actividad secundaria, mucho más eficaz en términos monetarios, crease las condiciones idóneas para escribir una media ininterrumpida de cinco o seis horas diarias, que es lo que yo imaginaba iba a necesitar para convertirme en escritor, vista y comprobada mi espontánea tendencia natural a la pereza, y mi preferencia por las novelas interminables (las de más de mil páginas) en cuanto lector. 
   La primera actividad eficaz en la que perdí el tiempo de un modo rentable (aunque no demasiado, todo hay que decirlo) fue la práctica médica en consultorios de Asistencia Primaria gracias a mi título en Medicina y Cirugía expedido por la Universidad de Santiago de Compostela. Desde un punto de vista vocacional, mi licenciatura fue un error en el que perseveré, de manera inexplicable, durante unos seis o siete años, y, en mi descargo, solo puedo alegar lo mismo que podría decir un joven inmaduro para justificar un matrimonio demasiado tempranero tras preñar a su novia de penalti: todos a mi alrededor lo exigían y yo era todavía un muchacho estúpido, inseguro y cobarde que deseaba agradar a todo el mundo. Fue por ello que llegué a “ejercer” durante casi tres años como médico rural, sin causar víctimas civiles que yo sepa. Tal dedicación fue un empeño de carácter suicida (y tal vez criminal, nunca lo sabré) en que me vi obligado a militar para conseguir las “idóneas circunstancias antedichas”, es decir: un largo período de paro para intentar la redacción de una novela lo suficientemente voluminosa como para dejarme medianamente satisfecho.  
   Por supuesto, ese primer intento constituyó el comienzo de un “exitoso” fracaso, ya que nunca conviene exagerar y, por tanto, tampoco afirmar que fracasé por completo: infelizmente, logré abortar dos voluminosos libros de prosa y una media docena de poemarios, más o menos. De haber tenido más tiempo estoy seguro de que habría conseguido dejar a medias alguna que otra novela más; pero, más pronto de lo que yo había calculado, se me acabó el paro y, para alivio de mi mujer, fui conminado a poner de nuevo los pies en la tierra (por poco tiempo, claro está). Otra vez tuve que volver al mercado de trabajo y a la preparación de todo tipo de oposiciones por cuya temática no sentía el menor interés o curiosidad. Finalmente, al cabo de otros dos años de derrochar magistralmente mi tiempo en estos fingimientos ejemplares, recibí una oferta de la Administración para incorporarme a la plantilla de profesores de la F.P. en calidad de “Sustituto-Interino”, una categoría laboral que, en el organigrama de la Educación Pública Española, es el equivalente a un comodín pedagógico que tanto ha de valer para tapar un roto como un descosido, lo que significa que hoy puede enseñar a sus alumnos el idioma francés y mañana adiestrarlos para clavar puntas en una tabla de encofrados. 
   Perdí desempeñando este polifacético empleo otros seis o siete años en total, para al cabo renunciar al puesto por causa de fuerza mayor: durante mis últimos contratos firmados con la Xunta de Galicia, y posteriormente a la separación de mi mujer, había ido desarrollando el germen de un síndrome depresivo de naturaleza larvada que, un buen día, desplegó las alas para salir a la luz, por lo que fui dado de baja mediante el pertinente informe psiquiátrico. Estuve dieciocho meses en el dique seco, que era lo que, por estos lares, duraba una Incapacidad Laboral Transitoria antes de que entráramos en el mísero S.XXI, tiempo que, por supuesto, intenté aprovechar para concluir alguna de mis obras literarias inconclusas sin obtener resultados positivos, ya que enseguida descubrí que lo de mi depresión iba en serio y no estaba fingiendo, como hasta yo mismo, ¡iluso de mí!, llegué a pensar. 
    No obstante, y a pesar de las apariencias, hice algo de provecho mientras tanto, mientras me recuperaba de aquella debacle profesional y sentimental: mientras la vida me propinaba todos estos reveses que he narrado, a mí se me ocurrió rehabilitar una casona en ruinas que había recibido en herencia y, por fortuna, eso acabaría por darme la tan deseada oportunidad de escribir con cierta continuidad cuando, tras concluir su rehabilitación, decidí venderla. No me enorgullece reconocerlo pero lo hice: la vendí justo cuando la ola de la especulación inmobiliaria había llegado a su cenit, al punto más alto de su curva estadística, y, gracias a ese dinero “indecente” (lo califico así en el sentido de que yo nunca lo había visto junto en tal cantidad), pude sentarme, por fin, ante un modesto escritorio y de cara a una pared desnuda, que, si algo sé ahora, es el mejor paisaje, la mejor “vista” que podemos tener enfrente los que trabajamos con la imaginación.
   De todas formas, no habría de ser tan fácil para mí sentarme frente a esa pared inspiradora y todavía dejaría escapar otro año en los preparativos, o sea: dándome a mí mismo toda clase de excusas y justificaciones para no hacerlo, para no sentar, de una vez por todas, mi real culo en el trono de ficción al que estaba destinado. Porque ese es el quid de la cuestión, a fin de cuentas: el destino de un escritor, de todo escritor, es sentarse en un asiento estoico y demasiado incómodo, en un asiento de hierro punzante que, por momentos, semeja un potro de tortura del que hay que huir a toda costa, a costa de la más infame traición si es preciso. Es el mismo destino, a fin de cuentas, que en el fondo sufren los reyes, los cuales (apostaría algo) también están siempre deseando escapar a la tortura del trono, siendo esta la neurosis que ellos tienen en común con nosotros, y con los artistas en general. 
   Sentado en el mío, en mi trono, hace ya más de una década que escribo día tras día, sin fines de semana ni vacaciones. Lo que hago no me reporta ingresos económicos de ninguna clase, y tampoco me permite cotizar a la S.S. por el régimen de Autónomos porque esa renta la necesito para pagar el alquiler mensual a mi casero. Vivo de mi patrimonio líquido que administro con el celo propio de un avaro para no verme, más pronto que tarde, de patitas en la calle. Si soy feliz, cosa que dudo, lo soy al modo de los autistas que saben lo que saben, pero no saben cómo comunicarlo ni a quién. Yo, por no tener, no tengo ni lectores, lo que para un escritor es la pobreza máxima: la pobreza sin medias tintas, ya que de tinta va la cosa. En fin: hasta aquí llega mi relato de lo que he sido y de lo que he vivido. En ambos aspectos, en el ser o en el vivir, no sé si es mucho o poco, pero lo que sí sé es que no es bastante. Supongo que por eso he escrito y que por eso escribo aún… 

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