Ahora ya es tarde porque, a estas alturas, mi vicio ya está demasiado arraigado y me puede, me vence a cada paso. Pero es cierto que la cosa no tiene vuelta de hoja: nunca debí permitirme a mí mismo escribir una sola palabra sin antes o después cobrar por ella a tocateja. Esto demuestra que nunca vi un oficio en la escritura y, lo que es peor, demuestra también que siempre fui un individuo incoherente, pues quien ama tanto las palabras quizás debería antes aprender a alimentarse solo de viento. En mi situación, lo único que a veces me consuela es alegar en mi defensa la frase más memorable de Emerson: "La necia coherencia es el duende de las mentes estrechas". Pero, sea de muchos o de pocos, por lo general el consuelo es cosa de tontos: así que mejor sigo escribiendo y que le den al duende.
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