Ya es bastante raro que, después de treinta años sin saber nada de nada uno del otro, te llame un día un desconocido con nombre y apellidos que te suenan vagamente familiares para invitarte a una de esas comidas de confraternidad convocadas por los antiguos alumnos de un colegio de Secundaria, con el pretexto de reavivar, según nos dice, "viejos vínculos generacionales" entregándonos todos juntos a la rememoración obscena de un sinfín de ridiculeces y cursilerías adolescentes, o sea: a una borrachera de sentimentalidad que, por momentos, alcanza cotas orgiásticas, pero que de orgía tiene más bien poco, a no ser que la narración por riguroso turno de nuestras conquistas profesionales sea una de las formas más civilizadas que existen de experimentar un orgasmo en público.
Pero lo más raro no es eso, lo más raro es que, tras mucho dudar si le conviene o no aceptar la invitación, uno vaya finalmente a ese banquete para encontrarse allí a otro como él que, en apariencia, no sabe dónde esconderse, cómo pasar desapercibido y hacer que corra la rueda de las confesiones más o menos espontáneas sin que nadie le reclame el relato de sus vicisitudes personales a lo largo del tiempo transcurrido desde que los comensales allí reunidos se perdieron de vista unos a otros. En definitiva: lo más raro fue ir para encontrarme allí a un tipo aparentemente discreto y silencioso como nadie que, al fin, acorralado por todos los demás (entre los cuales he de incluirme, para mi vergüenza), acaba confesando entre lágrimas que la vida se le ha ido al carajo; que se casó tres veces y se divorció otras tantas (si no más, pues también deberían contarse como fracasos conyugales las separaciones de las dos parejas de hecho que tuvo a mayores de sus bodas religiosas); y que lo mismo que le habían dado un hijo cada una, sus tres mujeres oficiales, una detrás de otra, le quitaran, en concepto de bienes gananciales, la escritura de una casa al término de cada matrimonio ("Un hogar por cabeza, las muy hijas de...¡Hay que joderse!"); y que, por esa razón, ahora estaba otra vez en el mismo sitio de partida que de joven, o sea, en la puta calle, solo que viviendo de las limosnas estatales para mayores de cuarenta y cinco, y de vuelta en el barrio de su infancia, acogido bajo el techo de sus ancianos padres, los cuales, para colmo de los colmos, no podían perdonarle el no poder ver a sus nietos con la frecuencia que quisieran debido a lo mal que él se llevaba con todas sus ex-esposas...
Ahora bien (y aquí era donde nuestro hombre comenzaba a luchar, visiblemente emocionado, para no soltar la lágrima): no fuéramos nosotros a creer que, si nos contaba todo esto, era por amargarnos la comida, sino porque los recuerdos imborrables de sus "únicos amigos de verdad", de "sus únicos colegas verdaderos", habían sido para él lo mejor que le había ocurrido en los treinta años que llevaba sin vernos; y tanto era así que, si a pesar de sus escrúpulos se atrevía a contarnos sus desgracias, era también porque no tenía otro modo de empezar de cero (o, al menos, de intentarlo) salvo si contaba con la ayuda de nuestro apoyo desinteresado, por lo que (haciendo de tripas corazón y en contra de sus principios morales más sagrados) se veía obligado a pedirnos un mínimo de dinero, una bagatela o calderilla que, si nos parecía bien, se desglosaría en dos entregas: una, pagándole a escote su parte en aquella comilona, y dos, destinándole una pequeña contribución individual antes de la llegada de los postres, una especie de tasa o cuota solidaria, como quisiéramos llamarla, que le colocara otra vez en el buen camino, es decir, con posibilidades reales de poder alquilar un pisito, un espacio propio que le devolviera su perdida dignidad humana y en el que poder recibir de nuevo las visitas semanales de sus tres retoños, los cuales, ¡pobrecitos!, no tenían culpa de nada. Muy gentilmente por su parte, nos ofreció entonces la alternativa de hacer este último donativo mediante un cheque endosado al portador si alguno de nosotros, los contribuyentes, no llevaba encima efectivo suficiente, cosa que, a su entender, sería de lo más normal y lógico dado que casi todos nosotros, al contrario que él, éramos triunfadores, y a los triunfadores no les gustaba el contacto directo con el vil metal.
Y si digo que es raro lo digo, sobre todo, porque nadie, ninguno de los presentes recordaría, en los días siguientes, el momento en que se levantó de la mesa, ni tampoco el momento en que se guardó los billetes y los demás "papelitos", los arrancados de las chequeras después de ser rubricados al dorso por sus ordenantes. Sólo recordábamos el momento en que, en efecto, nos sirvieron los postres (la tarta helada, el brazo de gitano, las natillas y el tocinillo de cielo), pero no si él aprovechó esta golosa coyuntura previa a la sobremesa para desaparecer sin despedirse, aunque suponemos que sí, que sería entonces, porque fue entonces cuando todo el mundo perdió de vista a su vecino al volcar toda su atención sobre esas golosinas...
Y si digo que es raro lo digo, sobre todo, porque nadie, ninguno de los presentes recordaría, en los días siguientes, el momento en que se levantó de la mesa, ni tampoco el momento en que se guardó los billetes y los demás "papelitos", los arrancados de las chequeras después de ser rubricados al dorso por sus ordenantes. Sólo recordábamos el momento en que, en efecto, nos sirvieron los postres (la tarta helada, el brazo de gitano, las natillas y el tocinillo de cielo), pero no si él aprovechó esta golosa coyuntura previa a la sobremesa para desaparecer sin despedirse, aunque suponemos que sí, que sería entonces, porque fue entonces cuando todo el mundo perdió de vista a su vecino al volcar toda su atención sobre esas golosinas...
Desapareció sin aguardar por los cafés y los licores, y no digamos por los puros, ya que, al parecer, no fumaba y, en cambio, tenía una prisa loca en darse el piro una vez conseguido su botín. Nosotros, sin embargo, no sospechamos nada de nada; y de esto, de que perseguía solamente un botín, ni siquiera nos enteramos cuando el chef vino a preguntar por el organizador del evento, describiéndole como "un hombre que conservaba más amigos que pelos tenía en la cabeza" puesto que, según nos dijo, un mes sí y otro también solía reservar en su restaurante una sala preparada para acoger treinta o cuarenta tenedores, en la que reunía a un grupo de gente con la que, ya fuese durante el bachillerato o durante sus estudios universitarios, había compartido aulas y a los que él mismo se encargaba de avisar por teléfono citándolos para tal día y tal hora, y solicitándoles además que le confirmaran, por favor, la asistencia, como aconseja el protocolo social y manda la buena educación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario