"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

domingo, 29 de enero de 2017

Vaya por delante (requien por un amigo sin nombre)

   Vaya por delante que mi intención no es escribir la glosa póstuma de un amigo porque detesto el género del epitafio al ser este proclive a las inexactitudes interesadas y a las mentiras piadosas.
   Vaya por delante que yo apenas conocía íntimamente al finado, sino solo de pararme a charlar de vez en cuando con él en la calle, más concretamente en su esquina favorita de ciudadano mendicante, ya que se trataba de alguien que, en efecto, pedía limosna de modo ocasional. 
   Vaya por delante que esta actividad no la practicaba todos los días, puesto que entonces sería la suya una ocupación más propia de funcionario que de mendigo propiamente dicho, o bien un empleo encubierto y fraudulento del que se aprovecha un parado de larga duración por no estar siempre  de brazos cruzados  (y no tanto para sacar así un dinero extra que, sin duda, burlaría la vigilancia del Ministerio de  Hacienda al no haber en su plantilla inspectores fiscales suficientes que puedan perseguir a estos pobres diablos en su afán de sobrevivir dignamente, aún a riesgo de dar con sus huesos en la cárcel tras ser acusados de evasión de capitales).
   Vaya por delante que yo también soy un cobarde como usted, hypocrite lecteur, mon semblabe, mon frère, y que por eso no acostumbro a visitar a estas gentes, que ya lo perdieron todo antes de morir, en sus solitarios lechos de muerte, en esas camas que la Seguridad Social reserva para los enfermos terminales que no pueden pagarse una agonía en condiciones de privacidad, y por tanto (me avergüenza reconocerlo) desconozco, en realidad, de qué murió mi amigo a fin de cuentas, aunque sea capaz de deducir que lo hizo porque se le acabó su tiempo antes de poder contestar a la pregunta que todos nosotros nos hacemos: "Y todo esto para qué?".
  Vaya por delante, asimismo, que me caía bien, muy bien, que me era simpático, vaya, porque ahora que casi nadie lee, ni en la calle ni en parte alguna, él leía de continuo en su puesto vitalicio de limosnero, durante los largos períodos intermedios en los que nadie le interrumpía echando una moneda a sus pies, y lo hacía incluso en los días de lluvia, cuando, por lo general, en ninguno de los dos hemisferios se recomienda que los libros sean abiertos a la intemperie. 
  Vaya por delante que no solo le estimaba por ser un lector empedernido, naturalmente, sino porque, con su simple presencia, me recordaba que el valor máximo del hombre es el de serlo con independencia de cual sea su fortuna en este mundo, y porque su predisposición a la amabilidad era sincera, no forzada por su extrema dependencia económica. 
   Vaya por delante que, si bien alguna vez oí que le llamaban Alfredo, nunca supe su verdadero nombre porque desde el principio de nuestra relación no me pareció necesario saber cómo se llamaba para saber que me costaría olvidarle. 
   Vaya por delante (superfluo es decirlo) que siempre nos aliviará que sea otro el que lo haga, otro el que se vaya al otro barrio antes que nosotros, y por más que no sea políticamente correcto reconocerlo, es bueno que lo reconozcamos para no pasar por lo que somos, por hipócritas. 
   Pero, sobre todo, vaya por delante él mismo, digamos que como adelantado, como en avanzadilla nuestra, y, ¿por qué no desearlo?: ojalá nos saque más y más ventaja a cada hora que pasa porque eso será señal de que ustedes y yo proseguimos en retaguardia, todavía vivos (les puedo asegurar que él, Alfredo, si realmente este fuera su nombre, repito, también lo habría querido para sí de verse hoy en nuestro feliz pellejo).

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