Pero... ¿y qué nos enseñan nuestros errores, a fin de cuentas? Desde luego, no lo que no debemos hacer en la próxima ocasión en que nos encontremos en parecidas circunstancias, sino, precisamente, lo que volveremos a hacer de nuevo, siempre, una y otra vez, solo que ya sin tanto entusiasmo o ingenuidad o candidez como entonces, sin aquel dramatismo exagerado que llegaba a producir vergüenza ajena en los que nos apreciaban o querían, sin el lloriqueo histérico que movía a nuestros amigos a la risa y a la irritación a partes iguales, en definitiva, sin tomárnoslo nunca más tan a pecho y en serio puesto que esto que nos pasa ahora es la repetición de lo que ya nos pasó antaño y nos pasará después, nuestra equivocación actual hermana de la pasada y de la futura, y, por tanto, ya de sobras conocida, tanto que apenas conseguimos engañarnos a nosotros mismos cuando la cometemos por segunda, tercera o enésima vez, pero la cometemos, no obstante, porque eso es de verdad lo que somos en el fondo y no otra cosa...
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