¡Oh, sacerdote! Renuncia a la venda interesada que te ciega y contempla con mirada amorosa la belleza intrínseca de tu miedo mayor, de esta otra "vida eterna" a la que se niega tu carácter oscuro, fantasioso y manipulador: la del hombre que cae muerto y es enterrado por higiene, la de su incesante renacimiento en el gusano y en la mosca, y el hecho tan obvio de que toda su gloria es necesaria solo para dar más brillo a la hierba que, gracias a su podredumbre, crece bajo el sol. Sacerdote: no le pidas imposibles a un dios cualquiera que no existe y, antes que en olor de santidad, procura morir, en cambio, en "olor de sensualidad". Así, pues, agoniza, si puedes, entre los muslos desnudos de otro hombre u otra mujer, según tus inclinaciones naturales, porque eso será lo más cerca que jamás estarás del Cielo.
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