Es posible que solo quien no tiene demasiada imaginación llegue a viejo con la conciencia tranquila, pues el hombre de naturaleza imaginativa y soñadora suele haber cometido para entonces tal número de traiciones y, sin querer, tantas "putadas", que jamás tiene esa suerte. Quien, sobre todo, ha soñado su vida adulta, solo abre los ojos a la realidad al alcanzar la vejez y entonces, naturalmente, conoce al fin las interminables noches de insomnio que trae la mala conciencia propia de aquellos que, por su costumbre juvenil de no poner nunca los pies en el suelo, llegaron a creer en serio que tenían alas y que las suyas no eran de cera. Incorregibles Ícaros, ellos quisieron siempre volar más alto que nadie hasta que una noche se encontraron revolcándose en medio de los sudores fríos del miedo y descubrieron que estaban solos, aleteando frenéticos en un charco de culpa y quebrados por la mitad, cual patéticos y artificiales pájaros antropomórficos caídos a tierra desde el cielo raso de un olímpico taller de marionetas...
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