"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 21 de abril de 2017

De la especie maldita

Una literatura que no tiene eco en la sociedad en que se concibe y crea es una especie sin cuerpo, o un cuerpo sin apariencia tangible y visible, y, por tanto, prácticamente sin existencia, en parecida medida a la de los fantasmas que no se dejan ver o no consiguen manifestarse siquiera como una helada ráfaga de vaho evanescente. Y, como todos sabemos, no existir es la condición maldita por excelencia, la condición ilegítima, la no legitimada, aunque no tanto por la luz del mundo como por la mirada de los otros, pues son ellos, los demás, quienes pueden certificar nuestra existencia, además de darle validez. Se deduce entonces que escribir es una maldición mientras lo escrito no se vea bendecido por, al menos, un par de ojos lectores que no sean, naturalmente, los del escritor. Así pues: sin un par de testigos imparciales que declaren a nuestro favor, escribir no solo es un crimen sin castigo que quizás acabe destruyendo al autor, sino un oficio propio de malditos a los que, por razón de salud pública, cabría aplicar la pena capital que conlleva lo inédito de no habérsela aplicado ya, previamente, ellos mismos. Porque, en el fondo, el maldito ama su malditismo y de ahí que realmente no desee publicar, ya que, de hacerlo y seguir concitando la indiferencia general, ¿cuál sería su excusa, cuál su coartada? En el fondo, él siempre amará más el sueño insomne de ser que alguna vez ser, de facto, lo soñado, y de ahí que no quiera, ni por todo el oro del mundo, dejar de soñar lo que sueña, aunque sepa que un sueño del que uno no se despierta jamás es, por definición, la realidad de la muerte.

miércoles, 19 de abril de 2017

Cuando sentir es inútil

¿...Y qué importan mi enorme voluntad, mi gran inteligencia y mi talento natural ahora que te vas para no volver? ¡Ya, ya sé que cualquiera de esas cosas es, a la larga, más importante que el ingenuo amor que, creyéndose inmortal, muere de todas formas, y casi siempre antes que nosotros hagamos lo propio! Pero, aún así, ¿qué pueden importar mis mejores virtudes o mis peores defectos cuando, forzosamente, he de aceptar quedarme solo para que tú puedas aceptarte a ti misma ya estés a solas o en compañía? En realidad, vida mía, ¿qué importa nada ahora que te ves obligada a ser cruel conmigo para que la tuya, tu vida, tenga una nueva ocasión de serte amable todavía? ¡Ah si pudiera podar, uno tras otro, mis cinco sentidos ahora que ya no van a servirme de nada puesto que, muerto el amor, sentir es inútil...! Pero tampoco esto está a mi alcance porque un sexto sentido me lo impide al recordarme que hasta en lo inútil hay una cierta belleza, y que mi deber es buscarla ya que a eso me dedico: a perseguir lo bello mas allá de cualquier utilidad y de que, en su persecución, me sienta yo un poco más feliz, o, si se quiere, menos desgraciado...

sábado, 15 de abril de 2017

Poca broma

La vida es vengativa como buena mujer apasionada: si un día se te ofrece y la rechazas, no dudes de que te hará pagar ese desaire más pronto de lo que crees y con la misma moneda (que, por supuesto, antes se habrá devaluado para que, dentro de lo posible, te salga aún más caro).

domingo, 9 de abril de 2017

Apocalipsis dominical

No hay nadie en la calle: es domingo y la ciudad aún no se ha levantado. Ni un ruido de motor, ni una voz, ni siquiera un trino: hasta los pájaros parecen haber renegado de su canto en este día de primavera por no interrumpir el pesado sueño de la ciudadanía. Hasta mí solo llega el rumor de la fuente pública en la plaza cercana, y es entonces, entre suspiros de admiración, que pienso para mí mismo: "¡qué bien suena esa música, el reiterativo compás del agua al caer limpiamente y en solitario, sin el acompañamiento coral del zureo de las palomas! ¡Oh, Dios, cuánta razón tiene el misántropo! ¡Cuánto bien hace al alma la ausencia absoluta del hombre cuando contemplamos en silencio su obra! ¡Que hermoso el mundo y qué bella la vida sin la especie a la que pertenezco!"...
Naturalmente, sé muy bien que este instante mío es pasajero y que, al contrario que Goethe, yo no voy a pedirle que se detenga para que la "calamidad" hombre no reaparezca tan pronto en la piel de un borracho trasnochador que vuelve dando tumbos a casa o en la de una beata que hace méritos ante su párroco acudiendo a misa a primera hora de la mañana. No lo haré porque sé que yo mismo, mi mirada, es parte de esa calamidad y que, en consecuencia, debería cerrar mis ojos y volverme a la cama para contribuir con mi inconsciencia a la belleza que tanto admiro, puesto que hay veces en que, como miembro consciente de la humanidad, hasta aquel que quisiera ser solamente testigo está de más aquí, entre ella...
Pero, si está tan claro que el hombre sobra como figurante en el escenario de su propia creación para que esta pueda conmovernos a fondo, ¿por qué la especie entera no se esconde más a menudo bajo las sábanas, librando así al mundo físico del grosero espectáculo de su actividad que, de todos los grandes defectos de su naturaleza, es el que más pena da a un alma sensible como la mía? ¿Será que, como la de las ratas reunidas en un barco que se hunde, la instintiva y gregaria especie humana no sabe cómo estarse quieta, rumiando la vida en un plácido y dulce far niente mientras aguarda por ese otro barco fantasma (el del Apocalipsis) que viene a su rescate? Y ahora que hablo del Apocalipsis, ¿no será esta, en realidad, la hora de la semana apocalíptica por excelencia, y yo una especie de Noé superviviente de otro diluvio universal? ¿Por qué, sino, soy el único individuo que parece haberse levantado a deshoras en este domingo, es decir: el día en que la entera humanidad a la que pertenezco reposa de su fea laboriosidad semanal desapareciendo al unísono de la superficie terrestre, como si, de cierto, hubiera sido exterminada por un castigo divino?...  
Aunque también es posible que haya caído ya la bomba de neutrones y que, al no seguir la actualidad, yo no me haya enterado. Sí, tal vez eso lo explique todo a gusto de todo el mundo. A saber: que sea yo la leyenda póstuma de una especie extinta y que por eso esté aquí completamente solo, admirando en silencio las aceras vacías, sin vida de ninguna clase, y espiando los sonidos inarticulados de un mundo despoblado de hombres, sintiéndome, por decirlo así, "el último dinosaurio vivo sobre el planeta"... ¿Por qué no?

viernes, 7 de abril de 2017

Reivindicación del traidor

Lo único que podría salvar al traidor es su mala memoria, pero justamente es de eso de lo que priva la traición, ya que no olvida quien quiere sino quien puede: cuando uno traiciona a alguien se convierte en otra persona (no necesariamente peor), y uno puede olvidar casi todo menos el momento en que dejó de ser el que era. Por eso el suyo es el personaje más trágico, al tiempo que el más necesario para que avance una historia (cualquier historia). O sea: para que esta progrese y se cumpla. ¿Qué sería de Cristo sin Judas, qué de César sin Bruto, y qué de cualquiera de nosotros sin aquel que nos apuñaló por la espalda en nuestros particulares "Idus de Marzo"...? Es paradójico e injusto que en todas las vidas y en todas las culturas se abomine de esa innoble figura gracias a la que ellas triunfaron finalmente: Gracias a Bruto, Roma llegaría a ser el Imperio Romano. Gracias a Judas, la Última Cena se prolongó dos mil años sin que todavía la mitad de los comensales se hayan levantado de la mesa. Gracias a quien nos abandonó malheridos en mitad de la nada y de la noche aprendimos nosotros que el único triunfo para los mortales es sobrevivir. El traidor es, pues, el verdadero héroe y mártir por más que su hazaña nunca se reconozca, por más que su martirio jamás termine. No digo que debamos aplaudirles a posteriori por sus actos, pues estos fueron, son y serán siempre moralmente reprobables; pero sí que deberíamos mirarles con otros ojos al verles pasar cabizbajos, empeñados en recordar aquello que, en sí mismo, constituye su condena: el constante recuerdo de su ignominia. Después de todo es a él, y solo a él, a quien nosotros debemos nuestro éxito actual que nos permite llevar, por fin, la cabeza bien alta...