"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 7 de abril de 2017

Reivindicación del traidor

Lo único que podría salvar al traidor es su mala memoria, pero justamente es de eso de lo que priva la traición, ya que no olvida quien quiere sino quien puede: cuando uno traiciona a alguien se convierte en otra persona (no necesariamente peor), y uno puede olvidar casi todo menos el momento en que dejó de ser el que era. Por eso el suyo es el personaje más trágico, al tiempo que el más necesario para que avance una historia (cualquier historia). O sea: para que esta progrese y se cumpla. ¿Qué sería de Cristo sin Judas, qué de César sin Bruto, y qué de cualquiera de nosotros sin aquel que nos apuñaló por la espalda en nuestros particulares "Idus de Marzo"...? Es paradójico e injusto que en todas las vidas y en todas las culturas se abomine de esa innoble figura gracias a la que ellas triunfaron finalmente: Gracias a Bruto, Roma llegaría a ser el Imperio Romano. Gracias a Judas, la Última Cena se prolongó dos mil años sin que todavía la mitad de los comensales se hayan levantado de la mesa. Gracias a quien nos abandonó malheridos en mitad de la nada y de la noche aprendimos nosotros que el único triunfo para los mortales es sobrevivir. El traidor es, pues, el verdadero héroe y mártir por más que su hazaña nunca se reconozca, por más que su martirio jamás termine. No digo que debamos aplaudirles a posteriori por sus actos, pues estos fueron, son y serán siempre moralmente reprobables; pero sí que deberíamos mirarles con otros ojos al verles pasar cabizbajos, empeñados en recordar aquello que, en sí mismo, constituye su condena: el constante recuerdo de su ignominia. Después de todo es a él, y solo a él, a quien nosotros debemos nuestro éxito actual que nos permite llevar, por fin, la cabeza bien alta...

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