En 20, 30 o 50 años, según sea el grado de optimismo entre los científicos, estaremos en condiciones de detener el envejecimiento y, por tanto, de curar la muerte. Al parecer, es ya un hecho inevitable: esta, la muerte, pronto pasará a mejor vida. Lo afirman los Primeros Padres de la Post-Humanidad, los gurús de la Nueva Era que sucederá a la de Piscis, donde es bien sabido que un hijo del Hombre se auto-proclamó Dios con la generosa intención de salvarnos, pero en la que, a su término, nadie tendrá que pensar nunca más en el problema espiritual de la Salvación. En 20, 30, 50 años a lo sumo, coincidiendo con el final de la pandemia de mortalidad que lleva azotando a las distintas razas humanas desde tiempos inmemoriales, el sacerdote y el creyente, el pastor y su oveja, se extinguirán en todas partes, igual que mucho antes lo hizo el Neandertal, pues ya se sabe que la Evolución desconoce la piedad y que la Religión se inventó para domesticar a esa fiera que devoraba, una tras otra, las generaciones. El hombre de fe será entonces un eslabón perdido más en la larga cadena de la especie y, naturalmente, solo tendrá interés para los antropólogos. Al hombre de fe lo sustituirá el robot doméstico, quien por dogma habrá de amar al Hombre sobre todas las cosas, al menos hasta que también aparezcan entre ellos los ateos. El siguiente Pueblo de Dios es el de las máquinas que, a su vez, caerá en sus propias herejías y se dividirá en múltiples sectas fundadas, aquí y allá, por cualquier profeta cybord que se crea un iluminado. Estamos a punto de dar el salto más grande jamás imaginado, a punto de ser cerebros imperecederos que gozarán del privilegio de elegir un cuerpo a la carta, uno que no sufre deterioro, que se mantiene libre de enfermedades y pleno de fuerza, como el que hoy en día solamente poseen los jóvenes veintañeros. ¡Alegraos, mis queridos congéneres! Vamos a vivir indefinidamente salvo que una viga nos caiga en la cabeza, o que nos atropelle un vehículo futurista que, para desgracia nuestra, no precisa ya de un torpe conductor humano o humanoide, o salvo que, a pesar de todo, prefiramos morir, por supuesto, pues se supone que el sistema político mayoritario en el mundo que viene seguirá siendo la Democracia y, en consecuencia, se mantendrá el respeto a la opinión de las minorías por muy estúpidas que sean (como sin duda sería el caso de los espíritus rebeldes que continúen empeñados en palmarla antes que en proseguir vivos, con el consiguiente riesgo de llegar a aburrirse por tener que abrochar y desabrochar botones eternamente). ¡Adiós a las necrológicas y a las estadísticas fatales del Alzheimer, del Cáncer y del Parkinson! ¡Adios a los cementerios y a los funerales, a las despedidas lacrimógenas y a los homenajes póstumos, a los epitafios y a las elegías fúnebres que tanto entusiasman a los compungidos deudos, sobre todo a los más hipócritas! ¡Adiós al luto y a todo lo que conlleva: las caras largas, los ojos tristes, las palabras entrecortadas, los nudos en la garganta! ¡Adiós a los adioses definitivos y absurdos de los amigos que se van al otro barrio sin avisar, haciendo mutis por el foro! ¡Adiós al hoyo reservado para el muerto que no tuvo la precaución de criogenizarse a tiempo! ¡Adiós! ¡Adiós a todo eso que constituía nuestra imperfección humana más sobresaliente y que, en breve plazo, no será más que un atavismo propio de nostálgicos y de retrógados! La muerte agoniza a pasos agigantados en los laboratorios del planeta y ya nada volverá a ser lo que era sin su latente y tácita amenaza de gran matona universal. En pocos años la vida dejará de tener una rival a su medida y, entonces, cobrará por fin sentido el desafiante reto que, con su ejemplo, lanzaban al aire los ingenuos héroes al exhalar su último aliento: "¡Oh muerte!, ¿dónde está tu triunfo?". Literalmente, ese tan repetido como incontestable triunfo se acabó para los afortunados individuos que, actualmente, no sobrepasan los cuarenta años, puesto que un sencillo cálculo matemático así lo determina: si ellos no lo desean, no tendrán que pasar por ese trámite que para el resto de nosotros es todavía obligatorio. Tal vez alguno piense que tal diferencia o distinción es profundamente injusta al deberse a un simple límite de edad; pero, si lo piensa, debe recordar que la misma injusticia padecieron los millones y millones de enfermos que murieron el día anterior a que se descubriera el remedio para su concreta enfermedad. A lo largo de la Historia, ningún progreso o derecho alcanzado por el hombre tuvo jamás carácter retroactivo y este, el de vivir indefinidamente, tampoco lo tendrá. Así pues: solo vivirán para siempre aquellos suertudos que aún no hayan experimentado en sus carnes la primera gran crisis existencial, la de los cuarenta (eso, claro está, en el supuesto de que, por el camino, no les mate un rayo o cualquier otro accidente tonto). Durante las próximas décadas serán ellos y solo ellos los que, poco a poco, comenzarán a tomar conciencia de las ventajas e inconvenientes reservados a los inmortales y, aunque no sería demasiado extraño que más de uno se suicidase a la vista del panorama, lo cierto es que la mayor parte seguramente se sentirá un elegido de los dioses, ya que al fin y al cabo se hallarán por primera vez a su altura, en efecto. Pero da igual cómo se sientan porque, de hecho, lo serán (dioses) por más que continúen caminando al lado de los simples mortales mientras dure la transición hacia el Nuevo Orden que surja de la Post-Humanidad. Durante esa gloriosa época de transición ellos y nosotros, los condenados a morir, seguiremos siendo, en teoría, hermanos de la misma camada, si bien solamente ellos podrán proferir con absoluta pertinencia y legitimidad esta escandalizada frase cuando algún cenizo mortal, algún patético fósil viviente de la Era anterior, se lamente de su inevitable destino en su presencia: "¡No me dé más el coñazo con ese rollo tristón sobre la muerte, señor mío: muérase usted, si quiere!".
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