Uno no entiende realmente el verdadero significado de la libertad hasta el momento en que, casi sin saber cómo, por el simple hecho de ser quien es, concita a su alrededor la incomprensión general. A partir de ahí da comienzo la batalla más crucial de nuestra vida, la única que cuenta y hay que ganar como sea, incluso al precio de antes tener que morir masacrados...
Relatos breves y menos breves Poemas y escritos sin género definido Novelas que nunca salieron del taller
"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"
jueves, 15 de junio de 2017
martes, 13 de junio de 2017
Luego hablamos
Si te digo la verdad mentiría porque solamente será mi verdad. Así que no hay escapatoria: siempre es mejor callarse. Y sobre todo lo es cuando uno no puede ser sino sincero. De ahí la respuesta del sabio a su discípulo: "aprende a tragarte la lengua y luego hablamos".
sábado, 10 de junio de 2017
Mi "padre", Haruki Murakami
Lo primero que debo expresar en su honor es mi profunda convicción de que entre un padre y un hijo no tiene por qué haber una genética en común (más todavía: que no debería haberla si el padre desea de veras que su hijo le honre como tal). Y después me urge aclarar, asimismo, que yo no soy japonés y que, por tanto, jamás podré entender algunas peculiaridades culturales de los que sí lo son (por ejemplo: su estrategia sindical de "castigar" al empresario que los emplea trabajando gratuitamente y a destajo a la hora de reivindicar derechos de cualquier especie, incluso el derecho a la pereza que, dicho sea de paso, si no se halla todavía en lo más alto de la lista de los Derechos Humanos, no sé a qué espera la ONU para elevarlo a ese privilegiado lugar). Cuando digo "genética común" digo que yo no tengo ni su sangre ni sus genes literarios, y que él quizás no sea realmente japonés a pesar de que se llame Haruki Murakami (sí, como el famoso escritor, habéis leído bien). Naturalmente, yo no sé quién le puso a él este nombre, lo único que sé es que no fue mi abuela: una mujer que (doy fe) tampoco era en absoluto sospechosa de ser japonesa. En realidad, ni siquiera sé si el nombre de Haruki Murakami es originario del país del sol naciente, y no oriundo de Galicia, por ejemplo. Podría ser que Haruki fuese un diminutivo en desuso de Xurxo (o sea, de Jorge); ¿por qué no? O que Murakami fuera un gentilicio de cercanías que designa a los nativos que viven cerca de "Murakachi": una aldea nipona, completamente hipotética, que podría radicarse a la vez en dos hemisferios y, en consonancia con esta doblez, pertenecer a cualquiera de las cuatro provincias gallegas si Galicia misma resultara ser, a la postre, una emigrante provincia japonesa integrada en el Occidente Europeo. Así que ese nombre, el nombre de mi predilecto padre literario, podría traducirse tal vez como "Jorge, el de los alrededores de Muracachi" (ello si nos tomáramos la licencia de occidentalizar la letra "K" que, obviamente, denuncia la estirpe bárbara de las gramáticas orientales). En este contexto, y rizando el rizo, podríamos extender incluso este impulso civilizador inherente a la Filología y civilizar también su nombre dejándolo en Haruci Muracamí que es menos agresivo aunque, eso sí, mucho más ridículo. (Como es natural, yo no voy a hacer semejante cosa porque, por bárbaro que sea, el de Haruki me gusta más, infinitamente más).
Volviendo al inicio: yo no creo que un hijo deshonre a un padre por sistema (por el simple hecho de compartir parte de sus genes, quiero decir). Sin embargo, para no correr riesgos, siempre será preferible que entre ellos no haya nada en común y que ni tan siquiera se conozcan de vista. Haruki Murakami, por ejemplo, no sabe ni que existo y estoy seguro de que tal desconocimiento le honra más y mejor de lo que yo haría jamás si llegáramos a conocernos. Y a la recíproca: a mí su paternal protección a distancia me ha salvado la vida en, al menos, un par de ocasiones, con la ventaja añadida de que, en su día, no tuve que agradecérselo en persona al no saber de él ni cuál era su apariencia física. La primera vez fue cuando, inmerso en un angustioso problema de salud, cayó en mis manos su novela 1Q84, un libro de esos que se hacen nuestros amigos enseguida, desde la primera página, y que me ayudó a no obsesionarme con el mal que, de repente, había colonizado mi organismo de una manera tan amena e inverosímil como, a veces, lo era también el argumento de esa obra. A mí siempre me pareció que aquella (1Q84) era la obra de un obrero, de un artesano de la Literatura, sin que eso la hiciera menos valiosa, ni a su autor menos admirable, pues a mí, construyan lo que construyan, siempre me agradarán sobremanera los habilidosos artesanos, ya construyan muebles, vasijas, laúdes, e incluso novelas cuyo mecanismo interno es el de las cajas de música ya que, nada más abrirlas, emiten siempre la misma melodía pegadiza que canturreamos entre dientes casi sin darnos cuenta y sin saber cómo quitárnosla de encima. De esta forma fue cómo supe que la figura paterna que mi vocación de escritor siempre había estado buscando residía en el Japón, y que no se trataba de un genio (como en mi innata soberbia, y desde que era un niño, había supuesto) sino de un humilde artesano que trabajaba a la japonesa, es decir: sin dejar caer nunca la pluma, sin hacer un solo día de huelga, al menos no como nosotros, los occidentales, la entendíamos. Él, Haruki, era el espejo en el que yo debía mirarme, la imagen que debía copiar hasta conseguir reproducirla en sus mínimos detalles, hasta que todos pudieran concluir para sus adentros, demudados por la sorpresa: "¡Pero si es su vivo retrato...!". Ahora bien, yo no era su descendiente directo y, en consecuencia, mi aspiración a convertirme en su mímesis europea era absurda por imposible: jamás podría imitarle hasta ese punto, hasta alcanzar respecto a él un parecido de esa clase, el asombroso parecido que, sin apenas esfuerzo, nos devuelven los espejos. Fue en ese crítico momento, en medio de esta desesperación, que advertí y comprendí el clásico error filial que conduce a la ruina psíquica y moral de tantos y tantos hijos: no era necesario, ni conveniente, parecerse en grado alguno a un padre para honrarle como Dios manda. Al revés: era preferible diferenciarse de él hasta tal grado que nadie pudiera reconocer nuestro parentesco, el innegable vínculo de filiación que nos unía.
La segunda vez que "papá" Murakami me salvó la vida hacía ya algunos años que yo había imitado su valiente decisión de abandonar su trabajo de hostelero para dedicarse a escribir a tiempo completo. Por supuesto, y para no imitarle más que de un modo superficial, la mía, mi decisión, no había sido, ni por asomo, tan valiente como la suya, ya que yo (me avergüenza confesarlo) contaba con un respetable colchón de euros para amortiguar el golpe a la propia economía que tal decisión implicaba. No obstante, y como buen hijo que en nada se parece a su padre, instintivamente yo había querido honrarle haciendo lo mismo que él había hecho aunque fuese de una manera mucho más cobarde, poco menos que a la manera en que lo haría un señorito perezoso que se aburre de no tener nada que hacer en la vida salvo contarle al resto del mundo lo que le pasa por la cabeza. Repito, pues, la argumentación que he venido sosteniendo en los párrafos anteriores: en cuanto innegable hijo suyo, yo no me parecía en absoluto a él puesto que yo, al contrario que cualquier japonés, nunca me cansaría de reclamar a cada instante mi derecho a la pereza que, por otra parte, desde siempre sentía como algo consustancial a mi naturaleza (me explico: yo era un vago desde la cuna, un habitáculo que, según todos los testigos, tardaría en abandonar dos años y medio en una muestra temprana de mi posterior inmovilismo vital). No hay ni que decir que esta lamentable serie de antecedentes habían hecho mella en mi carácter, dotándolo de cierta tendencia a la culpabilidad, y eso redundaba en que yo no era capaz de tomar decisiones con total tranquilidad de conciencia: un defecto que a menudo me dejaba a expensas del más molesto de los arrepentimientos. Y he aquí donde la intervención de mi literario padre adoptivo iba a resultar de nuevo providencial...
Si es que existen las casualidades, que lo dudo, me atrevería a decir que ocurrió por casualidad: yo estaba de vacaciones (lo que en mi caso significa que estaba descansando solo un poco más de lo habitual) en casa de un amigo mío en Barcelona, y había ido a desayunar a un bar del Borg, como hacen por allá buena parte de los bohemios ociosos que lo son por una inocente inclinación anímica no del todo exenta de raíces pequeñoburguesas. Había comenzado a dar cuenta de la ensaimada cuando, en el periódico que estaba leyendo, me topé con una entrevista que acababan de hacerle a mi modélico padre japonés. En ella, Haruki Murakami hablaba de la incomprensión de la Crítica, en general, y en particular de la que le mostraban sus compatriotas, quienes le negaban sistemáticamente el mayor premio de las letras japonesas por su (supuesta) "falta de calidad", o sea: por no ser, lo que se dice, "un genio de la Literatura". Entonces, a continuación de interrogarle sobre las obligaciones a las que ha de plegarse el escritor en su profesión, el periodista le recordó una frase que él mismo ya había dicho a este propósito: "Más que un artista, el escritor tiene que ser un hombre libre". No recuerdo cuál fue la respuesta de Haruki al oportuno comentario hecho por su entrevistador, pero sí cuál fue mi reacción a la lectura de esta frase: de pronto sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima, luego de haber vivido aplastado por él durante décadas. Según el ilustre entrevistado no era necesario ser un artista para escribir, solo era necesario sentirse lo suficientemente libre como para otorgarse a sí mismo el derecho a hacerlo a pesar de las machaconas advertencias de los demás, incluidas las de aquellos que nos quieren tanto que no soportan ver cómo desperdiciamos nuestra vida apostando a ese caballo perdedor que es el Arte, en general, y la Literatura en particular. Así pues, para Haruki lo importante era tener la voluntad o la actitud que es propia del artista aunque, para escribir, no hubiese la menor necesidad de serlo realmente, puesto que bastaba con trabajar entregándose al placer que nos daba esa tarea en especial, exactamente igual que hace un humilde artesano. No había que ser un genio, solo había que insistir lo suficiente trabajando en una obra, en cualquier obra, hasta obtener un acabado inconfundible, "marca de la casa", que resultara equiparable a la genialidad. Ese era el secreto, un secreto de lo más sencillo para un japonés que, desde antiguo, estaba acostumbrado a redoblar el tiempo que dedicaba a trabajar cuando quería ir a la huelga...
Pero tal vez no fuese tan sencillo para alguien que, por encima de todo, amaba la holganza sobre cualquier otra actividad, incluida la primaria de escribir. Yo ya sabía entonces que, en su mayor parte, su método para llegar a ser un gran escritor no iba a serme útil a mí porque, atendiendo a sus postulados, lo primero que uno tendría que hacer para lograrlo era renunciar definitivamente a las vacaciones (y no solo al preceptivo mes de veraneo, sino también a los puentes y a los fines de semana que jalonan el calendario laboral a lo largo del año). No obstante, sí que podía aprovecharme de aquella segunda renuncia aconsejada por su maestría (la de aceptar, sin falsa modestia, el hecho de no ser un artista) para intentar escribir algo que valiera la pena leer por más que no alcanzara la categoría de "arte" objetivamente hablando. Como ya dije, hasta ese momento yo había vivido aplastado por una culpa secreta al intuir que no era un artista y, en consecuencia, creer que no tenía derecho a actuar como tal, o sea: obedeciendo, con apasionada tozudez, a ese impulso heroico de ser quien se quiere ser, y ello en aras de un simple principio de placer y a riesgo de no ganar apenas para comer. Gracias a Haruki, sin embargo, esa pesada losa bajo la que yo vivía enterrado y alimentándome de mi propio cadáver (es decir: más o menos como vive el gusano bajo una lápida) había saltado por los aires para ser arrojada lejos, muy lejos, y, de golpe, mi alivio se había vuelto casi tan grande como mi renacida ambición literaria. De pronto y gracias a él, a mi padre predilecto, ya no me importaba saber si era o no un artista porque lo único importante para mí era escribir y, como escritor, no ponerme en huelga cada dos por tres en uso de mi derecho inalienable a la pereza...
Pero tal vez no fuese tan sencillo para alguien que, por encima de todo, amaba la holganza sobre cualquier otra actividad, incluida la primaria de escribir. Yo ya sabía entonces que, en su mayor parte, su método para llegar a ser un gran escritor no iba a serme útil a mí porque, atendiendo a sus postulados, lo primero que uno tendría que hacer para lograrlo era renunciar definitivamente a las vacaciones (y no solo al preceptivo mes de veraneo, sino también a los puentes y a los fines de semana que jalonan el calendario laboral a lo largo del año). No obstante, sí que podía aprovecharme de aquella segunda renuncia aconsejada por su maestría (la de aceptar, sin falsa modestia, el hecho de no ser un artista) para intentar escribir algo que valiera la pena leer por más que no alcanzara la categoría de "arte" objetivamente hablando. Como ya dije, hasta ese momento yo había vivido aplastado por una culpa secreta al intuir que no era un artista y, en consecuencia, creer que no tenía derecho a actuar como tal, o sea: obedeciendo, con apasionada tozudez, a ese impulso heroico de ser quien se quiere ser, y ello en aras de un simple principio de placer y a riesgo de no ganar apenas para comer. Gracias a Haruki, sin embargo, esa pesada losa bajo la que yo vivía enterrado y alimentándome de mi propio cadáver (es decir: más o menos como vive el gusano bajo una lápida) había saltado por los aires para ser arrojada lejos, muy lejos, y, de golpe, mi alivio se había vuelto casi tan grande como mi renacida ambición literaria. De pronto y gracias a él, a mi padre predilecto, ya no me importaba saber si era o no un artista porque lo único importante para mí era escribir y, como escritor, no ponerme en huelga cada dos por tres en uso de mi derecho inalienable a la pereza...
lunes, 5 de junio de 2017
Cosmología platónica
Igual que en el centro de muchas galaxias, se diría que algunos humanos tienen también algo parecido a un agujero negro en el corazón del ser (llámalo como quieras: un hambre, un vacío, una nada) que lo succiona todo y lo hace desaparecer en la infinitamente densa e infinitamente oscura anti-materia de que está hecho, y que, en el fondo, no es más que la forma más espiritual de la destrucción, de la auto-destrucción: un coágulo feliz de No-Tiempo, un microinfarto de eternidad en las ya ancianas arterias coronarias de Dios, la concreta apoplejía estelar que, según el sabio Platón, estuvo en el origen de cada alma inmortal que cayó de las alturas...
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