Igual que en el centro de muchas galaxias, se diría que algunos humanos tienen también algo parecido a un agujero negro en el corazón del ser (llámalo como quieras: un hambre, un vacío, una nada) que lo succiona todo y lo hace desaparecer en la infinitamente densa e infinitamente oscura anti-materia de que está hecho, y que, en el fondo, no es más que la forma más espiritual de la destrucción, de la auto-destrucción: un coágulo feliz de No-Tiempo, un microinfarto de eternidad en las ya ancianas arterias coronarias de Dios, la concreta apoplejía estelar que, según el sabio Platón, estuvo en el origen de cada alma inmortal que cayó de las alturas...
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