Si mi ego no comprende ni, en el fondo, acepta el por qué de su fin, ¿qué Dios podrá salvarme de mi desconsuelo y en que Cielo descansará mi orgullo de su inmortal soberbia humana...? No creo, Señor, en tu extendida fama de Todopoderoso, y más bien pienso que eres un vendedor de "crecepelos" que, después de estafar con su variada gama de elixires a una inmensa clientela de calvos y alopécicos, no tendrá tampoco escrúpulo alguno en intentar venderles un peine cuando se echen las manos a la lironda cabeza.
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