Me desperté y vi que, efectivamente, seguía estando allí. Entonces comprendí que, en realidad, nunca lo había soñado sino que todo había sido un cuento: el hecho demostrado de que yo no fuese, en el fondo, un dinosaurio, la fantástica teoría, sufragada y fomentada por el gobierno mejicano con fines de promoción turística, de que en alguna parte de su territorio había caído un meteorito gigante, y, por supuesto, el extendido rumor de que, a este, los científicos mundiales querían ponerle de nombre "Monterroso"...
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