...Es como en aquel chiste del borracho que ha perdido la llave de su casa en una calle oscura y, en vez de ponerse a buscarla allí mismo, en el preciso lugar en que la perdió, no lo hace hasta que, tras dar la vuelta a la esquina, se disipa de pronto la cerrada oscuridad que reina a su alrededor, y él se descubre bajo el haz de luz proyectado por una farola: solo entonces se agacha y arrodilla para examinar cada centímetro de acera iluminado con la absurda esperanza de que la llave perdida aparezca donde, en realidad, nunca se perdió, convencido de que ese objeto tendrá tal gentileza en consideración al confuso estado mental en que se halla su propietario y a la extrema dificultad que él tiene para buscarlo a tientas en donde nada se puede ver....
Así, de esa misma manera desesperada, mágica y absurda, suelen buscar los ciegos hombres el amor que perdieron en algún punto tenebroso de sus vidas: como si siempre pudieran recuperar la llave de su hogareña felicidad bajo el foco de otro corazón, en ese bello círculo de luz que, cuando menos se piensa, aparece a la vuelta de cualquier esquina, y no exactamente donde la perdieron, es decir: allí donde el suyo se quedó por completo a oscuras.
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