De haber renunciado cuando te lo pidieron los que amabas ahora tendrías una vida a tus espaldas, pero tú no tenías carácter para poder hacer una vida y solo eras constante pensando, intentando profundizar en tu obra. No eras un artista, eras solo un escritor y, puesto que ni siquiera escribías, no eras nadie. A ellos se les agotó la paciencia y tú eras demasiado débil como para no reaccionar, pues se precisa mucha fortaleza para no entrar en pánico cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies. Creíste que el amor de otro preservaría para ti la corona por la que tú no podías luchar y que no sabías defender, y, naturalmente, la cosa acabó como el rosario de la aurora. Ahora el guardián ya no está contigo, y tú no eres más que la sombra de un espantapájaros en medio del centeno. El silencio ha caído sobre el yermo y nevado paraje que finalmente has llegado a ser, pero no ha caído como una losa sino como una lluvia de tópicos amargos que te sepultaron igualmente. Con cada nuevo amanecer, el día se aprieta hoy a tu alrededor como el nudo de una horca, y tu cadáver ya no tiene otra actividad que tragar saliva mientras se empeña en no sacar la lengua todavía...
No hay comentarios:
Publicar un comentario