Da lo mismo tener un nombre o no tenerlo porque todo lo que se piensa, habla y escribe, o pertenece a, o no es sino un comentario apócrifo de un interminable texto anónimo que, por el hecho de llevar al pie nuestra inconfundible firma o de haber sido expuesto con nuestra especial retórica, confirma solo la universal impostura que reina en el mundo y no nuestra personal manera de apropiárnoslo. Pensar, hablar, escribir... En fin: excesos de toda esa gente, entre la cual me incluyo, que aún no aprendió a ser ejemplarmente breve y concisa. Sí: a resumir callando, pero mientras tanto sus ojos no paran de reírse también de su silencio.
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