"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 9 de octubre de 2017

Confesión de confesiones

Si ya no soy misógino (suponiendo que alguna vez lo fuera) es porque, a estas alturas de mi vida, no me cuesta ningún trabajo entender a las mujeres: ahora, por ejemplo, entiendo perfectamente a cuantas me rechazaron porque, conociéndome al fin como me conozco, he podido llegar a concluir que esa era la opción más sensata para ellas, la única realmente "realista". Sin embargo, durante mi juventud y buena parte de mi edad adulta, he vivido convencido de todo lo contrario, es decir, de que yo podía ser un buen compañero para una mujer cuando, en realidad, vivía solamente para mí mismo, pensando solo en mi propia realización y sin la intención última de hacer feliz a nadie más. Ahora veo con toda claridad que, en el fondo de mi corazón, no existía el deseo cierto de compartir, sino el de poseer y recibir los regalos que de continuo nos hace la generosidad de quien nos ama. Ahora ya no me cuesta reconocer que, siendo justos, nunca dí ni la décima parte de lo que me dieron (y eso siendo, a mi vez, generoso conmigo mismo). No obstante yo pensaba que daba tanto o más que la otra persona por el simple hecho de concederle la gracia de quedarme en su vida, de no irme de su lado: así era de grande mi ego, así de ciego y estúpido. Realmente se puede decir que nunca amé de veras, que nunca supe cómo amar y respetar al máximo a otro ser humano, lo cual no me impedía creer en serio que tenía una profunda voluntad de hacerlo, cuando tal cosa no era más que el fiero deseo de ser querido incondicionalmente, como los niños se imaginan en que consiste el amor. O peor aún: como se lo imaginaba Narciso. Porque esa fue, al fin y al cabo, mi "innegable" manera de querer: quise, sobre todo, mi reflejo en quien dije amar, el conjunto de rasgos y valores fabricados por mí en base a un modelo inventado, el traje ideal que mi poderosa imaginación le confeccionaba, pero sin tomarle previamente las medidas personales ya que, sencillamente, no era su persona lo que a mí me interesaba. ¿Qué me interesaba, entonces? Lo único realmente interesante para mí: yo mismo, mis grandilocuentes sueños y deseos, mi realidad de soñador impenitente... Mi irrealidad, en suma, pues irreal es todo aquel que, a la hora de soñar, solamente sueña en ser distinto a los demás cueste lo que cueste, incluso si de remate le cuesta la felicidad. Como fue el caso.

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