Un ser humano se auto-impone una tarea que llevar a cabo y puede que la cumpla o no, según sea su fuerza de voluntad, su carácter, las compañías, la suerte o las circunstancias. Pero una tarea cualquiera se procura alguien con el que poder cumplirse, y ya no hay lugar para el dilema inicial: se completa siempre, por encima de toda voluntad opositora o carácter traidor, y con independencia de si las compañías son o no las adecuadas, de la buena o mala suerte, y de las favorables o desfavorables circunstancias. La tarea jamás se apresura, no se adelanta a su tiempo porque el tiempo y ella forman un solo cuerpo llamado "historia", y este cuerpo espera con la mayor de las paciencias a que el individuo elegido se presente a su hora, ni antes ni después. En cambio un ser humano cualquiera, por sí solo, nunca es oportuno sino que siempre está ligeramente desfasado respecto a su tiempo, o adelantado o retrasado a él, pero no sincrónico, acoplado y en punto, cual reloj incapaz de traicionar su puntualidad en un solo segundo... (Si me habéis seguido hasta aquí, imaginaos ahora que la tarea sea amar, por ejemplo, y veréis cómo el oscuro párrafo anterior que acabáis de leer se ilumina en toda su extensión, de principio a fin).
No hay comentarios:
Publicar un comentario