"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 25 de octubre de 2017

Noches blancas

De todos es sabido que la muerte se disfraza de mujer cuando pretende enamorar el alma de un obseso para el que la noche y el día se funden en un mismo resplandor mortecino, como pasa en los países boreales. En el norte de Rusia, por ejemplo, es común que la aurora y el ocaso se unan orgánicamente, como siameses, mezclando la pálida sangre de sus respectivas luces, lo que obliga a los hombres solitarios a hablar consigo mismos como si leyeran un libro en voz alta. Estoy casi seguro de que fue de esta forma cómo Dostoyevski redactó "Noches Blancas" persiguiendo la sombra negra de la pobre Nástenka por las calles nevadas de San Petersburgo, y también cómo Irina Smirnova, memorable prostituta oriunda del mar Báltico, engatusó a mi amigo Anton Kiselev, marino en paro y alcohólico en activo, hasta dar con sus huesos, primero en el puerto de Helsinki, capital de Finlandia, y más tarde en el de Barcelona, capital de Cataluña. Según Anton, la muerte que visitaba su país era coja y de ahí que las huellas de sus pasos en la nieve se reconocieran fácilmente al ser ambas disparejas en profundidad. Quizás Nástenka caminara igualmente de ese modo (dejando una huella más profunda con su pie izquierdo, por ejemplo), y tal vez por eso Dostoyevski no supo cómo resistir aquel día interminable la tentación de seguirla hasta su casa, donde ella le comunicaría su sentencia, a saber: que solo podía ser su amiga por más que alguna que otra vez, y por culpa de una debilidad más que comprensible, le diera esperanzas de ir a corresponder a su loco amor de hombre que siempre habla como escribe... (No sé que fue de Irina pero, a juzgar por las noticias que de vez en cuando me dan nuestros amigos comunes, Anton continua arrastrándose por los bares del Raval con la loca esperanza de recibir una postrera invitación a beber en una ciudad donde, que yo sepa, las noches nunca son blancas, salvo en la medida en que uno no tenga un puto céntimo en los bolsillos).

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