"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El ocaso del artista

Al contrario que el sabio (quien nunca envejece), el artista se agota a medida que despliega y perfecciona su don, sea el que sea. Y al decir que se agota no me refiero tanto a lo cuantitativo de su producción como a que, tarde o temprano, él ya no será capaz de vibrar a la par que su obra, por lo que esta dejará de ser auténtica (si es que alguna vez lo fue) para volverse repetitiva y mediocre. En realidad, a ese especial tipo de hombre no le vence el agotamiento común que es propio de edades avanzadas, sino la cada vez más evidente ausencia de una cierta vibración o resonancia íntima entre su alma y sus postreras creaciones, ausencia que le desazona y disgusta profundamente, y para la que no halla remedio por más que quizás intente compensarla volcándose en el trabajo, volviéndose más prolífico de lo que jamás fue.  Poco a poco, cuando no repentinamente, el flujo de ingenio del que antes disponía casi a discreción disminuye o claudica, al tiempo que las fuentes de su talento natural se secan, todo lo cual hace que la gangrena de una retórica exangüe, desvitalizada, se adueñe sucesivamente de cada uno de sus recursos expresivos, sean los que sean. Es el fin y él lo sabe, pero eso no bastará para detenerle, para que deje de intentar lo que para él resulta ya imposible: unir en un solo gesto o acción el esfuerzo máximo de la inteligencia con la mínima genialidad personal necesaria para que la fugacidad de la vida humana adquiera sentido y justificación gracias a lo que de eterno hay en el arte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario