Lo que, de ordinario, se queda en el tintero de los escritores es casi siempre lo mejor de cuanto hay en nuestro modesto taller de orfebrería, lo más bello y valioso, como lo es también esa joya que, dada su rareza o la cifra de sus quilates, solo en muy contadas ocasiones se le permite admirar al público en general, o contemplar cuantas veces quiera (como hace el avaro) al propio conservador del museo en que se guarda. Las frases más agudas o conmovedoras, las ideas más fecundas y deslumbrantes, lo más granado de entre los frutos de nuestro arte, lo mejor que jamás seremos capaces de producir en cuanto artífices que trabajan la materia más sublime y menos dúctil, el mineral mismo de los sueños, eso es lo que se queda y nunca emerge del tintero, pues solo allí es donde su maravilla y pureza no sufren apenas deterioro, no degeneran perfeccionándose hasta una forma artística cualquiera, y continúan siendo para nosotros ese imán de luz que brilla a lo lejos en la oscuridad, atrayéndonos hacia él con la fuerza innata que posee el espejismo del oro a los ojos del esforzado minero...
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