Es otro día frío y hermoso de este otoño tan seco como irreal, pues ni siquiera corre el viento ahí afuera, la más ligera brisa que, con majestuosa dignidad, haga caer una hoja al suelo. Al otro lado del ventanal, bajo la tenue caricia de un sol que se diría enfermo de anemia, la muerte no parece un fenómeno biológico que entre dentro de lo posible esta mañana: naturalmente, sé que no hay nada que sea más engañoso, pero también sé que no existe ninguna otra mentira que yo esté dispuesto a creerme de mejor grado... Es hora de que todos lo sepáis: soy un solitario al que, en las afueras de su pensamiento, a la intemperie de la vida, le cuesta un mundo amar a los hombres puesto que, por ligero que sea, todo hombre es en el fondo un temblor continuo y... ¿Quién, en su sano juicio, podría amar un seísmo que no tuviera fin?
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