"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un pintor: Cáspar David Friedrich

Su maestro, Johan G. Quisthop, le había inculcado la costumbre de la caminata diaria por los campos y senderos de cualquier ciudad en la que, definitiva o transitoriamente, residiera, con la excusa de que Dios era un caminante empedernido al que le gustaba, más que nada, la Naturaleza, por lo que era allí donde uno podía encontrarle más fácilmente. Como buen discípulo, él había practicado la creencia de Quisthop durante la mayor parte de su vida, y no solo porque era también la suya sino porque le venía que ni pintada para su oficio, el de pintor paisajista. En Neubrandenburg, Greiswald y Dresde, las ciudades donde (mientras vivió) había residido más tiempo, no había dejado nunca de salir a pasear por las veredas del entorno, con las acuarelas y el cuaderno de dibujo, no con el fin descarado de tropezarse con el Otro Paseante, aunque sí para intentar descubrir sus huellas en los rincones que su sensibilidad artística consideraba más bellos y misteriosos, registrándolas en los muchos bocetos que realizaba durante esos paseos. Su educación pictórica, pues, se fraguó en aquellas andanzas erráticas alrededor de una urbe burguesa de la Europa central, donde el luteranismo se había hecho fuerte para desgracia y escándalo de Roma. Pero él no era tanto un luterano por causa de su fe sino a causa de su carácter, que instintivamente era recto e íntegro, amigo natural de la soledad y el aislamiento propio del lector, para quien los libros son, en realidad, los verdaderos compañeros de nuestra vida. Se hizo un hombre gracias a estos hábitos, y, a la postre, sería gracias a ellos también que acabaría por hacerse un nombre en la pintura alemana del siglo XIX.
Tempranamente embebido de los paisajes bálticos, donde la bruma y el sol conviven de mala gana, en constante rivalidad, aprendería pronto que la luz es un bien universal que solo un pintor aprecia con la debida justicia, y de ahí que él se entregase a la pintura como a una religión: porque no veía otro modo de ser justo con el mundo. Era todavía muy joven y, por tanto, un ingenuo: no podía saber aún que uno se traiciona a sí mismo por el simple hecho de sobrevivir. Sin embargo, a medida que aprendía y dominaba su técnica, lo fue comprendiendo, fue comprendiendo que solo los seres sin conciencia son justos con el mundo que reciben en herencia puesto que, a sabiendas, no hacen nada que lo modifique. Aprendió que el materialista lo explota y que, de la misma manera (por instinto) el idealista lo deforma, ya que a ninguno de los dos le satisface, en todo instante y por completo, lo que ve. Por eso él pronto quiso ver a Dios detrás de cada forma y color que le salían al paso: de cada árbol, de cada río, de cada puente medieval, de cada colina lejana, de cada roca desnuda, de cada piedra desmoronada de un muro, de cada trozo de hielo desgajado de un glaciar. Había idealizado el mundo desde que tenía uso de razón y, gracias a la pintura, perfeccionó el arte de ver algo que no estaba en él, pero que sin duda “debería” estarlo, o sea: ideas, emociones, sentimientos, sueños y temores ultramundanos que no forman parte de la Naturaleza, pero que esta exhala como un aliento fantasmagórico que solo es visible a ojos del Espíritu.

   

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