Su
maestro, Johan G. Quisthop, le había inculcado la costumbre de la caminata
diaria por los campos y senderos de cualquier ciudad en la que, definitiva o
transitoriamente, residiera, con la excusa de que Dios era un caminante
empedernido al que le gustaba, más que nada, la Naturaleza, por lo que era allí
donde uno podía encontrarle más fácilmente. Como buen discípulo, él había
practicado la creencia de Quisthop durante la mayor parte de su vida, y no solo
porque era también la suya sino porque le venía que ni pintada para su oficio,
el de pintor paisajista. En Neubrandenburg, Greiswald y Dresde, las ciudades
donde (mientras vivió) había residido más tiempo, no había dejado nunca de
salir a pasear por las veredas del entorno, con las acuarelas y el cuaderno de
dibujo, no con el fin descarado de tropezarse con el Otro Paseante, aunque sí
para intentar descubrir sus huellas en los rincones que su sensibilidad
artística consideraba más bellos y misteriosos, registrándolas en los muchos
bocetos que realizaba durante esos paseos. Su educación pictórica, pues, se
fraguó en aquellas andanzas erráticas alrededor de una urbe burguesa de la
Europa central, donde el luteranismo se había hecho fuerte para desgracia y
escándalo de Roma. Pero él no era tanto un luterano por causa de su fe sino a
causa de su carácter, que instintivamente era recto e íntegro, amigo natural de
la soledad y el aislamiento propio del lector, para quien los libros son, en
realidad, los verdaderos compañeros de nuestra vida. Se hizo un hombre gracias
a estos hábitos, y, a la postre, sería gracias a ellos también que acabaría por
hacerse un nombre en la pintura alemana del siglo XIX.
Tempranamente
embebido de los paisajes bálticos, donde la bruma y el sol conviven de mala
gana, en constante rivalidad, aprendería pronto que la luz es un bien universal
que solo un pintor aprecia con la debida justicia, y de ahí que él se entregase
a la pintura como a una religión: porque no veía otro modo de ser justo con el
mundo. Era todavía muy joven y, por tanto, un ingenuo: no podía saber aún que
uno se traiciona a sí mismo por el simple hecho de sobrevivir. Sin embargo, a
medida que aprendía y dominaba su técnica, lo fue comprendiendo, fue
comprendiendo que solo los seres sin conciencia son justos con el mundo que
reciben en herencia puesto que, a sabiendas, no hacen nada que lo modifique.
Aprendió que el materialista lo explota y que, de la misma manera (por
instinto) el idealista lo deforma, ya que a ninguno de los dos le satisface, en
todo instante y por completo, lo que ve. Por eso él pronto quiso ver a Dios
detrás de cada forma y color que le salían al paso: de cada árbol, de cada río,
de cada puente medieval, de cada colina lejana, de cada roca desnuda, de cada
piedra desmoronada de un muro, de cada trozo de hielo desgajado de un glaciar.
Había idealizado el mundo desde que tenía uso de razón y, gracias a la pintura,
perfeccionó el arte de ver algo que no estaba en él, pero que sin duda “debería”
estarlo, o sea: ideas, emociones, sentimientos, sueños y temores ultramundanos
que no forman parte de la Naturaleza, pero que esta exhala como un aliento
fantasmagórico que solo es visible a ojos del Espíritu.
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