"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 27 de noviembre de 2015

Off-On

Una vida de pensamiento es, no exactamente opuesta, pero sí distinta a una vida de acción. La vida de acción precisa del conglomerado exterior, de la naturaleza, de la sociedad, de la "realidad". La vida de acción es gregaria, pertenece en realidad a los demás; la del pensamiento, en cambio, es soberana, pertenece sólo a quien la vive. Mi amiga Jimena (extranjera que aspira sin muchas esperanzas a ser algún día española) suele decir que los españoles, en general, somos "gente Off", queriendo resaltar que vivimos de preferencia en la calle, en los espacios abiertos de los bares y de otros escenarios ruidosos y multitudinarios, como podrían ser los estadios, los recintos feriales o de romería, los ruedos taurinos y los innumerables programas televisivos de la Telebasura. Un español de a pie es "off" desde que nace, de ahí que nuestros bebés berreen con tantas ganas desde el mismo momento en que les sacuden la primera cachetada en las nalgas, y de ahí que exijan en seguida ser paseados en sus cochecitos Jané con las ventanillas abiertas para conocer cuanto antes el mundo que les rodea, el espacio abierto de su propio barrio del que, probablemente, salgan sólo para irse de vacaciones, o del que no salgan en absoluto durante el resto de sus endémicas existencias...
Pero el español de a pie no sólo vive en el exterior, sino, sobre todo, de cara al exterior: por eso "exporta" con tanta naturalidad emociones y opiniones que, en el fondo, apenas le importan al no tener la costumbre de pensar a fondo en lo que le emociona ni en lo que opina. ¿Y de qué extrañarnos?: él tiene más que suficiente con emocionarse por nada y con opinar sobre cualquier cosa para tener una vida plena en ausencia de todo pensamiento profundo (lo que no significa que no piense, sino que piensa básicamente con la emoción y en base a lo que opinan sus iguales). No es casualidad que, en su historia, España no tenga casi pensadores de renombre, salvo los que llegaron aquí gracias a las fértiles invasiones de otros pueblos y culturas. Por no pensar, en este país no piensa ni Dios, quien, por otra parte, aquí siempre ha llevado una vida de acción patriótica, y si no que se lo pregunten a la Iglesia Católica (como filosofía política en acción, todos estaremos de acuerdo en que el Catecismo ha sido aquí infinitamente más activo que el Comunismo o el Fascismo, sin ir más lejos). Con permiso de los argentinos que le creen un ciudadano más del Gran Buenos Aires, se podría apostar, incluso, a que Dios es un individuo de nacionalidad española, o bien a que lo será el mismo día en que entregue sus papeles en la ventanilla de extranjería del Ministerio de Interior: se lo debemos por los muchos siglos que ha vivido entre nosotros siendo, primero, un emigrante perseguido de origen hebreo o árabe y, después, un converso o un marrano que pasó desapercibido para la Inquisición. (Y yo, al menos, apuesto a que Él lo conseguirá antes que mi amiga Jimena, pues la pobre ha tenido la mala suerte de nacer en el altiplano Andino y ya se sabe que en este país los "sudacas" lo tienen mucho más crudo).
Pero dejemos en paz a Dios y volvamos a nuestro dilema Off-On: ¿es mejor actuar o pensar, vivir afuera y para fuera o hacerlo adentro y para uno mismo? Por supuesto, algunos de vosotros me diréis que esta pregunta tiene trampa porque sus términos no tienen por qué ser excluyentes, ya que una misma persona puede hacer perfectamente las dos cosas, actuar y pensar, vivir adentro y afuera a la vez. Vale, lo admito. Pero lo admito sólo en el caso de que quienes respondan así sean españoles, porque el resto del mundo no puede. Ante una pregunta así  las restantes nacionalidades (al haber tenido entre sus compatriotas grandes filósofos que les enseñaron el placer de pensar) se pondría de inmediato a imitarles posponiendo toda acción hasta hallar una respuesta original e intransferible que, si bien no tiene por qué dejarles completamente satisfechos, les dejará, al menos, conformes con su actitud a la hora de encarar los retos que propone a la inteligencia de cualquier hombre el pensamiento humano de todos los tiempos. Excluyendo a los españoles que estén encantados de haberse conocido a sí mismos, contestad entonces: ¿qué es mejor, pensar o actuar?...
(P.D: Por favor, enviad vuestras respuestas a esta dirección y por este mismo conducto. Gracias).

Tratado de bolsillo sobre la mudanza universal

Es curioso: una de las personas por las que, con el paso del tiempo, he ido sintiendo más y más interés es aquella que, en su momento, cuando la conocí, más me desagradó, y no sólo físicamente. Si esta prueba no basta para comprender que todo cambia, tanto dentro de nosotros como afuera, que venga Dios y lo vea. Y ésto debería convencernos también de que casi todo en nosotros es orgullo que nos impide cambiar de emociones y recuerdos, y hacer justicia al constante mudar del universo, pues aquellos que nos hirieron, decepcionaron u ofendieron, no podrían ser hoy los mismos aunque lo quisieran y, por tanto, cuando ahora pensamos en ellos estamos faltando a la verdad objetiva, lo que objetivamente hablando es una cobardía, mírese como se mire. El tiempo es el mejor sofista porque siempre encuentra argumentos para defender cualquier causa y, al cabo, incluso nosotros no podremos negar que aquel que nos traicionó tuvo sólidas razones para hacer lo que hizo (entre otras, que éramos terriblemente orgullosos y que, a nuestro lado, sería para ellos un martirio constante tener que explicarnos una y otra vez que es algo por completo natural cambiar de sentimientos, de emociones y opiniones, igual que lo es la imparable mudanza de nuestro aspecto exterior).  

jueves, 26 de noviembre de 2015

Agujetas en el chocho

"Tengo agujetas en el chocho", me dijo una vez una puta ya veterana que conocí en la cola del paro (yo no sabía que las putas también fichaban en el INEN, pero se ve que la crisis actual ha hecho estragos en todos los sectores económicos y, en este caso, se trataba además de una trabajadora de cierta edad cuya productividad debía haber descendido notablemente, por lo que ya no era tan atractiva para el particular capitalismo carnívoro que la explotaba). El ácido comentario de aquella mujer hizo que yo recordara otro del mismo estilo hecho por Henry Miller en uno de sus libros (creo que en "Primavera negra", pero también puede haber sido en alguno de sus "Trópicos") en el que este escritor se quejaba amargamente de todo lo contrario, es decir: de no disponer de un "chocho" con el que poder pagar su propia manutención, las facturas y el alquiler de su casa. Por esa época, el escritor estaba compartiendo piso con un amigo y, al no tener un céntimo en el bolsillo, no podía contribuir a los gastos comunes que genera una vivienda, debido a lo cual se esforzaba en escribir un cierto número de páginas al día que su amigo ojeaba al llegar de la oficina como quien comprueba los billetes que se le deben a cuenta de un crédito que ha concedido por adelantado. Frente a ese hábito avaricioso de su mantenedor, Miller echaba cuentas a su vez y concluía que ojalá pudiera él abrirse de piernas para pagar diariamente con un polvo rápido aquel mecenazgo encubierto, en vez de verse obligado a trabajar de la mañana a la noche sentado en su escritorio (sudando y maldiciendo su suerte como cualquier minero o estibador en su puesto de trabajo) para satisfacer la deuda contraída con su colega.
Las maldiciones de Henry Miller ante su situación como trabajador explotado quizás os suenen exageradas pero, aunque no despierten la misma compasión, son tan comprensibles como las de la prostituta que acudía al Instituto Nacional de Empleo en busca de otra ocupación menos agotadora: se entienden porque, en el fondo, no son distintas a las que profiere cualquiera que, al dirigirse todos los días a su lugar de trabajo (ya esté éste en un edificio administrativo, en un ambulatorio, en un colegio, en un taller, en una fábrica o en la dirección virtual de una página web), sienta que en realidad va a "hacer la esquina", a prostituirse para poder sobrevivir. (En este sentido, acaso también el INEN podría ser visto como una institución de "naturaleza proxeneta", porque muchos de los que solicitan sus servicios lo hacen, básicamente, por la necesidad que tienen de abrirse de piernas para intentar sobrevivir en una sociedad que no les deja más opción). Tales reniegos se entienden porque, en el fondo, es muy posible que buena parte de nosotros nos encontremos a todas horas en la situación de la prostituta de mi anécdota, o sea: "con agujetas en el chocho" y buscando desesperadamente iniciar otra vida menos desesperada y fatigosa: una vida de prostitutas de lujo, por ejemplo, que nos permita vivir de hotel y atendidos por trajeados mayordomos que, antes de irse al paro, fueron asesores de banca y ahora nos visten de pies a cabeza mientras nos informan de la revalorización bursátil de nuestras acciones...
Porque la verdad es que la cosa está bastante jodida, y que la jodienda no sólo es general sino que parece ir en aumento, por lo que más de un padre de familia quizás ya esté lamentándose de no poseer un "chocho" propio e intransferible que, como a Miller, le saque del apuro y le permita relajarse un poco (siempre, claro está, que entre la clientela no se le cuele un inspector de Hacienda que le pida cuentas por el IVA no declarado en cada uno de sus servicios, en cuyo caso tal vez le fuera mejor resignarse a engrosar la cola del paro en busca de un empleo digno que no sea ni de puta barata ni de escritor desconocido, porque, como queda probado aquí, ninguna de estas profesiones tiene futuro una vez se sobrepasa cierta edad sin que uno haya alcanzado en lo suyo la categoría social de una madame, y, por otro lado, sin que haya tenido la suficiente inteligencia para hacer ahorros o para encontrar un mecenas que le ponga un piso a su nombre sin exigirle nada a cambio, ni siquiera que se abra de piernas de vez en cuando).

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Palabra de ciego

Lo único que no veo es, precisamente, la oscuridad.

sábado, 21 de noviembre de 2015

La pseudovida del escritor

El tema es viejo y manido entre los escritores que desgastan de continuo esta idea en sus mentes, como si fuese una moneda que, sin cesar, mueven entre sus dedos neuróticos tratando de controlar sus exaltados nervios: la renuncia a la vida en  aras de la palabra, planteamiento vital y profundo de todos aquellos que ven en el ejercicio de la Literatura otra forma del Sacerdocio, y en ésta la religión verdadera. Es bien sabido que todo sacerdocio supone renuncias, y éste no iba a ser menos. Pero, ¿a qué, según ellos, ha de renunciar un individuo que desea consagrarse al arte ascético de la Escritura?... Pues a éso: a la vida en general, a las vivencias comunes del resto de la humanidad, ya que en cuanto un escritor se sumerja en la vivencia perderá ipso facto su rango de tal, creencia básica en la que se sustenta esta fe integrista. Este último dogma podría ilustrarse con la siguiente parábola: la vida es como un mar insondable y sin límites, y el escritor como un buceador apasionado y temerario que desciende a pleno pulmón hasta sus fondos. ¿Y qué será lo más lógico que ocurra cuando se zambulla de cabeza en ella? No hay que ser un genio para deducirlo: que se olvidará, tal vez para siempre, de escribir al verse arrebatado su voraz deseo por la fascinación del cambiante espectáculo que se ofrece a unos ojos infantiles (todo artista es un niño, no lo olvidemos) en el seno de ese océano sin fin...
Pero volvamos al tema: ¿vale la pena renunciar a la vida, a participar en ella como un hombre más, quiero decir? Con fe no menos cierta e ingenua, mucha gente suele afirmar que hay que vivir porque eso es lo único que nos llevaremos de aquí al morir. Ahora bien: ¿dónde está escrito que los muertos se lleven consigo sus vivencias, como quien lleva consigo sus trajes y enseres de tocador para hacer más soportable un viaje que, acaso, no tenga retorno? ¿No es ésta otra superstición que no por estar tan extendida es menos risible?... Haber vivido más o menos no importa a la hora de emprender ese viaje. O quizás sí, pero, en todo caso, la lógica y el sentido común apuntan a lo contrario: a que se le hará más difícil partir a quien tenga más cosas que dejar atrás, más experiencias, más "mundo", más vivencias, en definitiva, pues siempre es más doloroso renunciar a lo que se conoce que a lo que se desconoce (la prueba es que en muy pocas ocasiones se logra). Entonces, ¿por qué insiste esa misma gente en vivir a toda costa, en beber más champán que nadie, en viajar más lejos que ningún otro, en ver con sus propios ojos todas las maravillas de la Tierra, en amar a manos llenas a todo el mundo, como ni siquiera amaron Jesucristo o Casanova?...
La realidad es que vivir es ser vivido, nada más, pues vivir realmente es crear y para eso no es necesario moverse del sitio. Ni ver otro paisaje que el de las calles de nuestra infancia, ni hablar otra lengua que la materna, ni beber otra cosa que el agua que sale del grifo. Pero todo ésto, advierto, siempre que se sea un escritor-sacerdote y no se tenga más vida que una pseudovida, porque en cualquier otro caso no sirve. La realidad es que un hombre, cualquier hombre, podría encerrarse, a solas con su amor o con su imaginación, en un cuarto que él considera su templo particular, e ir más allá de lo que jamás soñó el más atrevido de los aventureros; pero, en cambio, lo normal es que prefiera comprarse dos billetes de avión (el segundo a nombre de su actual amante) para desaparecer temporalmente en la Polinesia, de donde es muy probable que vuelva convertido en un fatuo engreído que cree haber vivido una experiencia única, la vivencia más extraordinaria de toda su existencia. ¿Por qué? Porque, en general, los hombres (incluidos gran parte de los escritores) anhelan zambullirse en el mar aún cuando sepan positivamente que van a ahogarse. Y es que la vida es demasiado atractiva como para permanecer a su orilla sin mojarse nunca los pies... Salvo, claro está, que uno sea uno de esos ascetas que sólo se alimentan de frases y palabras, y esté convencido de que todas las vivencias son en sí mismas un material informe que resulta por completo inútil para perfeccionar su arte. 

Que sepas que fue sin querer

Excusa de gente estúpida es que te digan "Conscientemente, nunca quise hacerte daño" cuando todo el mundo sabe, o debería saber, que la herida mayor, y la que más veces se infecta, es la que uno hace sin conciencia. Cuando alguien te hirió porque eso era lo que más quería en ese momento, no sólo actuó con limpieza, sino que al menos lo hizo queriéndolo plenamente, lo que (dentro de lo que cabe) no deja de ser un consuelo. Pero lo terrible e imperdonable es cuando una persona, por no quererte en modo alguno, ni bien ni mal, declara entre teatrales temblores y gimoteos que, en realidad, nunca quiso herirte, ni tan siquiera un poquito, ni lo más mínimo. Y uno, naturalmente, puesto que ha sido educado en un carísimo colegio católico y conoce de oídas aquello de poner la otra mejilla (la que nunca recibirá una caricia, un solo beso), disculpa y perdona a pesar de no estar hecho de piedra, y dice que no pasa nada, y que hoy por ti y mañana por mí, y que aquí paz y después gloria, y continua por estos derroteros un buen rato sumando a las tonterías anteriores una gilipollez tras otra, hasta que agota todo el repertorio que manejan los hipócritas en situaciones parecidas, y entonces, cuando empieza a sentir el picor en los ojos, ya con las lágrimas a punto de brotar, aprieta los dientes procurando que no se le note demasiado y piensa para sus adentros "¡Pero será cabrona!", al tiempo que, haciendo un tremendo esfuerzo, gira en redondo sobre sus talones y se va por donde ha venido, aunque ahora con una nueva determinación que poco a poco se abre paso en su mente aniquilada: mandar cariñosamente a la mierda al próximo cabronazo/a que le diga, con un hilo de voz que intenta evidenciar su sincero arrepentimiento pero que sólo consigue hacer obvia su inaudita cobardía: "Lo siento si te hice daño, querido, pero que sepas que fue sin querer".

jueves, 19 de noviembre de 2015

La lógica del traidor

Lo primero que hay que conocer de él es que vive permanentemente en el miedo, a la inquietante manera en que el molusco vive en el agua: siempre temiendo a la marea baja que aleja el plancton de sus branquias puesto que, a pesar de saber que todo lo que sube baja, nunca está seguro de que esa mecánica funcione a la inversa. Y lo segundo que nos conviene no perder de vista es que es un cobarde que, en defecto del valor, se hace digno de la vida siendo, por encima de todo, fiel a sí mismo. Ésta es, en el fondo, su gran hazaña en cuanto hombre ya que es precisamente ante ese reto donde los héroes verdaderos acostumbran a fracasar. Él, en cambio, no pierde tan pronto los nervios y, aunque no lo haya, siempre se concede un tiempo para calcular en frío si salvador y salvado han de ser necesariamente distintas personas. Por eso triunfa en las más adversas circunstancias, y de ahí que sea un superviviente nato. Comparte con cualquier tumor la lógica oculta en sus células: a ser posible, medrar sin dar síntomas hasta que sea demasiado tarde, lo que explica el alto porcentaje de éxitos que obtiene al traicionar y la tierra quemada que deja a su paso. Si alguien comete la osadía de amarle, sería un crimen de lesa humanidad no advertirle de que no es prudente acostarse con escorpiones, por mucho que los escorpiones sean tan dignos de vivir como cualquier otra criatura perteneciente a la fauna universal. Pero la traición está en sus genes y éstos, como ya sabemos, son de naturaleza oncológica: no se sabe cuando comenzarán a mutar, lo único que se sabe es que lo harán tarde o temprano. La amargura es la única herencia en que él se muestra pródigo, y sirve básicamente para que sus deudos le recuerden entre maldiciones. Sin embargo, el hecho de ser plenamente consciente de tan triste destino, no hará que se retracte de su comportamiento, pues cambiar de lógica no es algo que esté a su alcance, como no lo está para un cáncer el convertirnos en inmortales por más que la inmortalidad sea, a fin de cuentas, el secreto de su mortífero poder...

martes, 17 de noviembre de 2015

Historia sentimental de una fotografía

La noticia de la muerte de alguien relativamente próximo a mí me ha despertado de madrugada y, a pesar de haberlo intentado, ya no he vuelto a pegar ojo. Ya sé que la muerte no es contagiosa, pero eso no impide que, a veces, uno se vea  infectado por su temor y corra a recontar en algún álbum de antiguas fotografías el número de bajas que ha sufrido en sus propias filas (que, por fortuna, hasta el presente no han sido muchas, aunque sí dolorosas e irreparables). Es ahí donde me he topado de bruces con una instantánea de grupo que no recordaba poseer: si bien de espaldas a la cámara, posamos en ella mis viejos amigos de juventud y yo mismo, un grupo de hombres bohemios que miran la cercanía del bronco océano de la Costa de la Muerte en alguno de los pueblos ribereños del Finisterre gallego. He olvidado dónde fue tomada exactamente, pero no a quién la capturó por sorpresa y a traición: esa persona era una gran aficionada a "eternizar" instantes que a ella, por la razón que fuese, se le antojaban "memorables", y, en este caso, a fe que lo consiguió. Trataré de describir la fotografía para vosotros al tiempo de contaros los pormenores que la explican: si mal no recuerdo, aquella mañana el grupo al completo andaba de resaca tras pasar, insomne, una noche de copas por los bares y cantinas de la localidad, y nos habíamos encaramado en fila india a lo largo de un malecón que defendía un coqueto puerto de pescadores para, separados unos de otros por una corta distancia, alinearnos allí con la mirada perdida en el mar, en una actitud reflexiva y concentrada en quién sabe qué pensamientos personales. En ese posado involuntario y, no obstante, sincronizado e idéntico (como si hubiera sido planeado al detalle), todos, sin excepción, adoptamos al unísono una postura vagamente filosófica, introducida una de nuestras manos en el bolsillo del pantalón y con la cabeza gacha, inclinada hacia delante, como si escudriñásemos el abismo de las aguas revueltas a nuestros pies y despreciáramos, en cambio, hacerlo con la línea difuminada del horizonte que se adivina más allá, en el fondo azul y blanco de un día que, por lo demás, parece de verano... 
"¿Cuánto tiempo habrá pasado desde aquella mañana?"... Mientras me lo pregunto recuerdo que aquella persona, la fotógrafa, tenía la costumbre de anotar las fechas de sus capturas al dorso de las copias que nos repartía luego con maniática generosidad, y ahí están el día y la hora, en efecto. Hace veintisiete años de ese instante eternizado en falso por una mujer joven y leal que, como todos nosotros, creía aún en la eternidad de los afectos juveniles. Sin embargo, esa eternidad es tan breve como cualquier otra, y la prueba es este pequeño trozo de papel que sostengo en la mano, en la misma mano que hace ahora veintisiete años se refugió en el fondo de un bolsillo para que yo pudiera pensar con libertad en... ¿En qué? Eso es lo único de aquel instante que no se registró en la emulsión de la película fotográfica: en qué pensaba cada uno de nosotros. Tal instante es como un sello que, en retrospectiva, da autenticidad a nuestras vidas de entonces, pero su color es el sepia de un pasado tan lejano que se diría remoto. ¿Y qué habrá sido de la vida de mis amigos de antaño, ahora que ya no están en la mía? Sé que alguno ha muerto, pero ¿y los demás? Evidentemente, se los llevó la riada de los años con su séquito infernal de responsabilidades añadidas, una fatalidad que, en cierto sentido, es todavía más terrible que la de la muerte, porque ésta sí hubiésemos podido evitarla de haber querido. ¿Pero queríamos? Es obvio que no, y no lo digo como reproche pues, concluida la juventud, pocos son los que soportan de continuo a su lado testigos incómodos que, en el momento menos pensado, podrían recordarle ciertas palabras pronunciadas entonces y que más adelante desmintió con sus hechos, ciertas vergonzosas traiciones que quien más quien menos ha de cometer para hacerse un hueco entre los hombres y conquistar su futuro, su sitio en el mundo. Para muchos vivir es eso, precisamente: renunciar para siempre a lo que no se olvida nunca, y hacerlo a cada minuto de cada hora mientras persiguen sin descanso objetivos, ambiciones y halagos que, según ellos, se les deben desde la cuna, e incluso desde antes.
En fin: es probable que los años pasaran trayéndole a cada uno de los fotografiados un destino merecido o no, pues en este juego de la vida el azar también juega y no siempre lo hace con limpieza. Todos eran buenas personas, pero, sobre todo, eran los mejores "chicos malos" que jamás conocí: les amé todo lo que pude mientras pude, y después les olvidé para que ellos se sintieran, asimismo, libres de mi añoranza. Les deseo suerte si continúan vivos; y, si no, nada les deseo salvo que no cometan la estupidez de volver aquí a hacerse fotos. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Amén

J.L.Borges definió la poesía con un epigrama rimado del médico y místico alemán Johannes Scheiffer (Angelus Silesius) que resume a la perfección la génesis misteriosa y el florecimiento secreto, desamparado y sin causa, de los versos: "La rosa es sin por qué, florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". Aquí la Rosa no es, naturalmente, una rosa vegetal, sino una rosa mística que crece en los invernaderos de un sobrio palacio semiabandonado perteneciente a una Gran Duquesa Universal que ha sido despojada de su título de nobleza en todas las cortes del mundo: su Excelentísima Irracionalidad.
Como todos sabemos, la tradición de la rosa es antiquísima, su olor se difunde por todas las culturas a lo largo de la historia: indios, babilonios, sirios, egipcios, griegos... Prácticamente todos los pueblos de la Antigüedad le reservaron un papel estelar en sus fábulas y leyendas. Sin ir más lejos, en Grecia se decía que la rosa había nacido de una gota de sangre derramada por la diosa Afrodita al herirse en el pie con una espina (se supone que no sería una espina de rosal porque, sino, la flor ya existiría con anterioridad). En Roma, las cortesanas se adornaban con ellas el día de su patrona (Venus esta vez). En el Asno de oro, de Apuleyo, un borrico se transformaba en hombre al comerse un ramo entero. En el Cantar de los cantares, el rey Salomón halaga a su esposa con ese piropo (mi rosa). Y en Romeo y Julieta, Shakespeare es el primero que plantea el gran problema intelectual que supone la rosa al decir que su esencia no está en el nombre...
Porque ese es el meollo de la rosa: su nombre. ¿Qué se nombra, qué se quiere expresar con ese nombre al no poder hacerlo con otras palabras?  El místico Silesius, como tantos y tantos poetas antes y después de él, no podía expresar de otro modo la razón irracional de la poesía: "es sin por qué", nos dijo, queriendo decir (probablemente) que así era el Hombre que era Dios, y, como tal, el único efecto sin causa. Pero... ¿de veras era el único?
Volvamos ahora a la última parte de la definición inicial: "florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". ¿No se podría definir así también la risa o el amor humano de cualquier época, incluidas las que se engloban en la abreviatura A.C.? Pensad por un instante en la risa silenciosa y sin aparente fundamento de los niños muy pequeños, de los bebés propios o ajenos que conozcáis. ¿De dónde brota esa flor, por qué y con qué palabras expresarla? ¿No demuestra ella también que la esencia de la rosa no es el nombre y que, sin embargo, no hay otra forma de nombrarla? ¿Y qué decir del amor que, apenas nacido, hace que ría nuestro corazón de modo semejante, como si fuese también él un mamoncete que, sin poder caminar aún, se agarra a los barrotes de esa otra cuna que es el pecho de todo enamorado? Ese corazón y ese niño no son todavía capaces de expresar nada con palabras, por lo que han de recurrir a la rosa y hacerlo con un suspiro, ya que "un suspiro lo dice todo", en palabras del querúbico peregrino, Angelus Silesius. A él le dejo, pues, la última palabra sobre este tema: "Si quieres expresar el ser de la eternidad, debes despojarte antes de todo discurso". Amén.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Oración para rezar a la salida del curro

Acuérdate, Señor, de ejercer toda tu influencia sobre tus Ángeles Caídos para mantener vivo el fuego en que (si Tu Justicia no es mera retórica) ha de estar quemándose el alma del Sr. Thiers, aquel burgués feroz y mezquino que escribió en su día esta bajeza: "Cuento, entre otros, con el clero para la difusión de esa filosofía de vida que enseña a los hombres a sufrir, y no esa otra filosofía que, por el contrario, les dice: ¡Gozad!". Otrosí: te suplico, en cambio, que le concedas al Sr. Lafargue (autor de esa nueva biblia abreviada que es su "Elogio de la Pereza") la gloria eterna que merece por haber proclamado a los cuatro vientos de la imprenta que el hombre libre no debería conocer más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia, y por exigir que la Tierra dejara de ser el valle de lágrimas de los trabajadores para convertirse en el sagrado lugar donde (como hijas de la Naturaleza, y en tanto en cuento se evite su mal uso y su exceso) todas las pasiones humanas tendrán por fin rienda suelta, menos la del trabajo, la pasión depravada y moribunda del trabajo: ese Cancerbero alimentado por la moral capitalista con los despojos sanguinolentos de sus agotados "esclavos voluntarios". Otórgale a este último, ¡Oh Padre!, un sitio a tu derecha en el que, por favor, no tenga que hacer nada eternamente excepto amar y beber, es decir, excepto lo que debería hacer cualquier hombre por el privilegio de estar hecho a tu imagen y semejanza y querer imitarte en todo, incluida, por supuesto, tu majestuosa pereza...

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El peligro de sentirse Hemingway

Como diría Scott Fiztgerald, un hombre con más de cincuenta años es como todo soldado que ha vuelto vivo de la guerra: ha perdido el amor (quizás más de una vez) porque él mismo lo abandonó, ha visto morir ya a unos cuantos amigos, y aún no sabe cómo ha logrado sobrevivir, sólo sabe que esto demuestra que él era el más astuto y el más gallina. 
...Y también demuestra que se trata de un bastardo, y que, aunque no lo soporte, se merece que le hayan dejado solo como a un perro (como diría yo de sentirme alguna vez un Ernest Hemingway, cosa que, por fortuna, todavía no me ha pasado, pero que puede suceder en cualquier momento porque también a mí me gustan las escopetas recién disparadas y las mujeres que están en la situación contraria -es decir, siempre cargadas y apuntando- porque son de las que tiran a matar para hacer el menor daño posible).

sábado, 7 de noviembre de 2015

Indefinidas Menudencias

En una ocasión vi en el escaparate de una ferretería este letrero: "Disponemos de una amplia gama de INDEFINIDAS MENUDENCIAS". La curiosidad que mata al gato me retuvo frente a él durante unos perplejos minutos hasta que, al cabo, decidí entrar para preguntarle al dependiente qué ofertas se hacían al público al amparo de tan extraordinaria promoción. Después de ciertos titubeos iniciales, el hombre que me atendió me dijo que al inconcreto epígrafe de la propaganda se acogían una serie de utensilios, artículos y productos que, o bien se hallaban descatalogados, pasados de moda o casi obsoletos, o bien tenían próxima su fecha de caducidad, tras lo cual me condujo hasta una sección de estanterías polvorientas donde se acumulaba en aparente desorden un pandemóniun de cachivaches y cajones en los que se podía encontrar prácticamente de todo, desde viejos sifones de inodoro hasta simples arandelas de latón oxidado o pastillas de encendido para chimeneas cubiertas de moho. Entonces, sin mas, le di las gracias y me fui (para perplejidad suya esta vez). Ni siquiera pregunté el precio de ninguna de las baratijas ofertadas; en cambio, nunca pude deshacerme de la sugerente definición que las resumía. Tanto es así que, andando el tiempo (años después), aún seguía pensando en cómo componer un cuento que aceptara ese título (Indefinidas Menudencias), y en qué consistiría el argumento o hilo narrativo que le ofreciese alguna verosimilitud. Confieso que no pude coger ese hilo y que ese hipotético relato nunca vería la luz. Sin embargo, la musiquilla intrínseca de ese dueto formado por dos palabras que, por separado, no me decían nada, continuaba sonando en mi imaginación, estimulándola de un modo sutil, y me atrevería a decir que levemente perverso, porque, para mí, era como esa sofisticada tortura ejecutada con una pluma sobre la planta de un pie desnudo. Y, ya digo, me hacía constantes cosquillas en la imaginación, sin que acabara de dejarme en paz... 
Hasta que un día volví a pasar por delante de la ferretería en cuestión y descubrí que ese negocio había echado el cierre definitivo, siendo sustituido por... ¿A que no lo adivináis?... ¡Por una librería! Naturalmente, mi sorpresa fue mayúscula porque, para empezar, en los nuevos tiempos pos-crisis las librerías están desapareciendo por centenares, a un ritmo pavoroso, y se me antojaba un gesto de un valor extraordinario que alguien (un emprendedor suicida, probablemente) se atreviese a llevarle la contraria a los tiempos. Como se puede comprender fácilmente, no tardé ni medio segundo en colarme en el interior. El lugar proseguía estando repleto de estanterías, aunque ahora estaban limpias y recién barnizadas (aparte de que su contenido era radicalmente distinto, claro está). Me acerqué con ánimo alegre y reconfortado al mostrador donde el librero revisaba unos albaranes; y entonces, al agacharse éste en busca de unas hojas caídas, sufrí lo que se llama un déjà vu inesperado y feliz: detrás del mostrador, sobre la bien surtida sección de enciclopedias y diccionarios, divisé el fantástico cartel que el anterior arrendatario del local debía haber incluido en el traspaso acordado con el nuevo inquilino y pude leer otra vez la ya conocida leyenda: "Disponemos de una amplia gama de INDEFINIDAS MENUDENCIAS". El impacto del descubrimiento me dejó atontado durante unos segundos y ni siquiera escuché con claridad la pregunta cortés del dependiente:
-¿Busca algún título en especial?...
Negué con la cabeza, pero no abrí la boca porque no podía articular palabra. Después sonreí como un idiota y me fui, con todas mis perplejidades a cuestas.
A la semana, aproximadamente, me vino la idea de este cuento que nunca supe si era un cuento o un escrito inclasificable. Sólo sé que, mientras lo escribía, notaba todo el tiempo unas placenteras cosquillas en el dorso de mi imaginación. como si alguien me estuviera torturando allí con una pluma. Eso fue al principio, porque en seguida comprendí que el instrumento de tortura no podía ser una pluma (hace mucho que me he modernizado y sólo escribo a ordenador) y, por tanto, el cosquilleo tenía forzosamente por causa las ideas que saltaban de un lado para otro, como si mi mente fuera uno de esos circos portátiles donde las pulgas trabajan de trapecistas. Mientras escribía, repito, me asaltaban un montón de ellas, hasta tal punto que no sabía con cuál quedarme. Por ejemplo: tuve la idea de que el cuento, en sí, era ridículo y que debía haberse conformado con ser un poema corto (un haiku, y para de contar). Y luego tuve la idea opuesta, es decir: que, en realidad, el argumento daba para mucho más y que, en vez de limitarme a hacer un cuento, me interesaba inflarlo hasta redondear una novela (policíaca o de terror, el género me daba igual). Pero de entre todas mis ideas saltarinas había una que saltaba más alto que el resto, una verdadera estrella del trapecio: era aquella que me había inspirado la última visión del letrero de marras junto al stand reservado a las biblias del Conocimiento Universal. A saber: ¿por qué resignarse a un cuento o a una novela cuando el tema era de una amplitud casi inabarcable y había material de sobra para compendiar una enciclopedia en varios volúmenes, además de para adjuntar a esa gran obra un diccionario terminológico aclaratorio? Un escritor que se precie está obligado a ser ambicioso, ¿y qué mayor ambición que intentar un compendio general de todas las "Indefinidas Menudencias" habidas y por haber?... Juro que lo pensé durante un buen rato, hasta que comencé a notar que las cosquillas dejaban paso al olor a chamusquina y advertí que mis sesos estaban a punto de arder por simple auto-combustión. Menos mal que me di cuenta a tiempo porque, de no ser así y a partir de este punto, estaríais leyendo ahora cualquiera de las ocurrencias automáticas al alcance de la escritura de un descerebrado, y no el final más o menos verosímil de un cuento al que nadie en su sano juicio se le ocurriría novelar. 
He aquí, pues, el desenlace: al día siguiente de renunciar a la redacción de la más estrambótica enciclopedia jamás imaginada, me dirigí por segunda vez a la librería recién inaugurada con la intención de arrinconar a su titular hasta conseguir, a base de sucesivas pujas, la propiedad del referido letrero. Tengo que deciros que no me fue difícil, y que abandoné al pobre librero con la boca abierta, igual de perplejo que estaba yo hace apenas unos párrafos. Eso fue ayer y ahora vengo de prender fuego al famoso anuncio en la chimenea del salón: se ha quemado en un santiamén a pesar de la película plástica que lo recubría por entero. Vosotros quizás os preguntéis cómo es posible que se queme tan rápido un cartel plastificado, y yo os contesto de mil amores. ¿Os acordáis de cómo empezó esta historia, de cuando el dependiente de la ferretería me enseñó su stock de "Menudencias"?... Pues bien: he de confesaros que, en el fragor del relato, olvidé anotar un dato muy importante: soy cleptómano y, como es natural, no pude resistirme a robar algo de entre aquel batiburrillo de objetos y enseres que, realmente, parecían "indefinidos" bajo la capa de suciedad que los cubría. ¡Vamos, os reto a que lo adivinéis!... ¡Sí, exacto!: una pastilla de encendido teóricamente caducada (aunque ya se sabe que las fechas de caducidad son sólo indicaciones aproximativas y que en África, por ejemplo, no se tienen en cuenta). Así que, mientras no me demuestren lo contrario, yo diría que este final es bastante verosímil, ¿no os parece?

jueves, 5 de noviembre de 2015

Desde el otro lado del abismo

A mis amigas aventureras, Helen y Ana.

Alguna vez lo hablamos: en el corazón humano no hay lugar para el descanso porque lo atraviesa una cuerda de deseos trenzados y antagónicos a la que se agarran dos contendientes enfrentados desde tiempo inmemorial, dos oponentes que clavan sus pies en un barro resbaladizo mientras pujan por llevarse el gato al agua o el agua a su molino. Pero la suya es una lucha a muerte y no un inofensivo deporte de barrio. De un extremo de la cuerda tira el deseo de vivir intensamente una vida que en realidad valga la pena; del otro la necesidad que esa misma vida tiene de sentirse segura en un medio social exigente y muchas veces hostil. Ambos bandos se sienten cargados de razón para no cejar en su esfuerzo, pues ambos poseen motivos de sobra para no desistir de su objetivo: el uno, de la intensidad máxima; el otro, de la seguridad plena. Uno está empeñado en incrementar la sensación de vivir a cualquier precio, para lo cual nunca pondrá reparos a salir al paso de la incomodidad y el malestar, que le llevarán incluso hasta los límites del desfallecimiento, pues sabe que no se consigue dar valor a los actos si no se acepta el riesgo de morir en el intento. Y el otro persigue en todo instante la intención contraria, la preservación de la propia vida a toda costa, la duración por el simple hecho de durar, para lo cual debe limitar en su interior todo impulso sospechoso de temerario y desechar toda idea que nos proponga llegar como individuos lo más lejos posible, a ser posible hasta el borde mismo del abismo.
Vosotras sabéis tan bien como yo que hay diferentes clases de aventura, pero que los distintos tipos de aventureros se parecen mucho entre sí: todos quieren abrir una ventana, un respiradero en el uniforme muro de la Cotidianidad, cuando no, simplemente, derribarlo. Para ellos siempre existen horizontes que sortear, retos a conseguir, obras por hacer, nuevos mundos por descubrir u otras gentes que conocer. E independientemente de la niñez particular de cada cual, de adultos comparten todos un común denominador: son personas de alma intrépida que nunca olvidaron "las hermosas manzanas de la infancia", las de mejor sabor en la medida que más costaba saborearlas, aquellas para cuya recolección era preciso desafiar algún obstáculo imposible o bien una señal de prohibición: encaramarse, por ejemplo, a una altura de vértigo que daba miedo al más valiente, o saltar una tapia erizada de cristales con los que disuadir, entre otros, a estos pequeños ladrones de su primera gran aventura que, sin saberlo ellos aún, les iba a servir de entrenamiento para sus expediciones futuras, para cuando se dispusieran a saltar otras tapias todavía más altas y peligrosas: los mares, los continentes, las fronteras y las abigarradas culturas que cohabitan en este planeta. La misma intrepidez alegre que, de niños, les facilitaba el asalto a un huerto vecino repleto de manzanos, hizo luego que les fuera más fácil vadear ríos, atravesar desiertos y trepar a las más elevadas cumbres solamente habitadas por la paradisíaca pareja del Silencio y la Nieve, su novia de siempre...
Sí: alguna vez lo hablamos, si mal no recuerdo. La aventura no es un fin propuesto a la virtud del hombre en tanto en cuanto el único objetivo de éste sea el mero sobrevivir: un fin conservador, sin verdadera vitalidad y, por tanto, negativo. Vosotras lo sabéis igual que yo: quien, viviendo, persigue siempre la máxima intensidad busca, aunque sea indirectamente, la muerte, pues sólo un peligro cierto la aumenta. Abrid, pues, los ojos en esa África ancestral, cuna de la Humanidad, que a no tardar querrá daros el abrazo bestial de sus selvas y sabanas, el beso ardiente de sus desoladas mesetas y la caricia fustigadora de sus tormentas de arena. Abridlos a sus coloristas multitudes y a sus vacíos inmensos donde el hombre ni siquiera existe como memoria, donde nunca será un simple número. Abridlos a la luz que ruge sobre sus llanuras y montes en pie de igualdad con cualquier otra fiera poderosa. Abridlos, en fin, a la más intensa vida jamás soñada, y, mientras lo hacéis, recordad al amigo cobardica que se ha quedado en casa porque su aventura es otra y no le exige sino la imaginación contenida en las palabras para viajar lo más lejos posible, no ya al otro lado del mundo, sino más allá incluso: al otro lado del abismo.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El defecador de estrellas

Los escritores de mi tipo no conocen la realidad y, por eso, apenas hablamos de ella, No es falsa modestia ni humildad, es peor: es la pura verdad. En lo que a mi respecta, y aunque me tacharan de déspota, la expulsaría al extranjero para que no diera tanto la lata. En este país, sin embargo, no se puede vivir al margen de tan totalitaria dama, so pena de no tener de qué hablar con los amigos. Aquí, incluso los que podrían hablar con solvencia y brillantez de cualquier otro tema, se inclinan en seguida por citarla y comentarla a cada rato, como si la conversación no tuviera otro recurso vital del que mantenerse. Actualmente, entre los conversadores (incluso entre los buenos), ese recurso se concentra en la "situación política", a la que se califica unánimemente de "más problemática que nunca", como si la realidad de España a lo largo de su historia hubiera sido otra cosa distinta a un problema. Todos ellos olvidan, o parecen olvidar, que la realidad no sólo es obvia (lo que todavía tendría un pase), sino que, además, es redundante, y que  la redundancia, al ser redonda, no hay por donde cogerla. Sin embargo, todo el mundo quiere hacerlo justo por donde más le duele, es decir, por sus órganos reproductores: el gobierno, los partidos, los bancos, la monarquía, Cataluña, el Camino de Santiago, el Toro de la Vega  y esa entelequia tan hispana que se resume en la fórmula La Madre Que Los Parió, que, en cuanto órgano reproductor, engendra todo tipo de realidades, pero ninguna que tenga de su parte a la prensa. La situación, como se ve, no es que sea problemática sino que es justo al revés: es el Problema el que  no deja de estar en la misma  "situación" de siempre y, en un caso así, los únicos que tendrían algo que decir serían los matemáticos, no los profetas. No obstante, en la actualidad española, todos los profetas se han metido a matemáticos, con lo que cualquier ley matemática que se pretenda aplicar para resolver el problema del Problema será una nueva quimera, visto que los simples aficionados nunca resuelven nada que no sea, en sí, una chapuza, y, si lo hacen, es con otra chapuza y por la tremenda. ¿He dicho "tremenda"?... ¡Ay! Temo que me haya corneado otro toro (el del Subconsciente) porque en este país el tremendismo ha sido siempre bienvenido y reverenciado, y no me extrañaría que "esa acabe siendo la solución, después de todo", como (inmersos también en su propio problema) llegaron a pensar los romanos de los bárbaros...
Pero, como decía al principio, no pienso hablar de la Realidad con mayúsculas porque la ignoro, y yo soy un discreto Don Nadie que nunca escribe de lo que desconoce. Hablaré, en cambio de "la otra realidad", de la barriobajera, de la que suele liarse a puñetazos con el realismo ya que es, en el fondo, la más realista y sabe que nada de lo que parece real es lo que parece. Esta es la que me incumbe y la que yo exploro, pues sucede puertas adentro, donde me siento como pez en el agua de su pecera, Soy (si algo soy) escritor de interiores en los dos sentidos: el de espacios cerrados y el de pechos abiertos. Realmente no sé qué decir de lo que pasa ahí fuera, ya que afuera es arduo y muy raro encontrar las aguas contradictorias en que yo nado: aquellas en las que a mayor profundidad es donde hay más oxígeno. No respiro fácilmente sino en la soledad saturada de si misma y, por eso, mi medio natural es la burbuja acorazada de un cuarto sin ventanas donde resuena la música atonal y descompasada del silencio. Diré más y mejor: soy como una polilla de carcoma refugiada en la madera de la que está hecha el universo y que, si aún no lo sabéis, es la misma de los sueños humanos: me alimento, pues, devorando lentamente las vigas de una compleja y antiquísima arquitectura forjada en el big-bang, por lo que (disculpando la metáfora) también  se podría decir que soy quien defeca las estrellas. Así que, para mí, la disyuntiva está entre ser devorador o ser devorado y, como podéis comprender, no hay color. Naturalmente, prefiero comer que ser comido por el simple motivo de que, como destino individual, es más sano cagar de vez en cuando que ser excretado a todas horas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Letanías del perfecto incomprendido

Si triste, te acusarán de deprimido
Si demasiado alegre, de informal
Si gritas, de no saber estar
Si callas, de ser un insociable
Si lloras, de querer aguar la fiesta
Si protestas, de no tener educación
Si te enfadas, de poco menos que amargado
Si te hartas, de escaso o nulo aguante
Si te aburres, de inflexible o estirado
Si te cansas, (por supuesto) de cansino
Si te mueves mucho, de culo inquieto
Si a veces  te sientas, de vago o de pasmado
Si obedeces por costumbre, de enculado y conformista
Si siempre disidente, de mal follado
Si divertido, de no tener seriedad
Si profundo y serio, de insulso
Si te rebelas, de pendenciero
Si te acomodas, de hipotensión
Si te vas, de miedo al compromiso
Si te quedas, de campeón de los cobardes
Si sensible y discreto, de señorita
Si lo tienes claro, de incorregible
Si titubeas, de habitar en mitad de la escalera
Si decidido, de bajarla a tumbos
Si bueno, de tonto y medio
Si pobre ingenuo, de medio bobo
Si adulto confiado, de loco de atar
Si muy prudente, de maniatado
Si te va la gente, de pandillero
Si solitario, de raro o pervertido
Si borde, de carecer por completo de empatía
Si complaciente, de subnormal
Si te trasladas, de inconstante
Si te equivocas, de dar palos a ciegas
Si estás jodido, de fracasado
Si fracasas, de desgraciado
Si en exceso sincero, de chico malo
Si te contienes, de futuro traidor
Si no deseas nada, de quererlo todo
Si no te enteras, de jugar al despiste
Si no pudiste, de desganado
Si sueñas, de hacerlo despierto
Si sólo vives, de espabilado
Y si estás muerto, de haberte matado...