"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 30 de junio de 2015

La tarea de la vida

Es justificarse, hallar un para qué y no sólo un por quien: darse un sentido, no sólo sentir. Nada más, sólo éso: desear tu deseo, la voluntad de ser que, por siempre enterrada, en tu propia alma vive. 

El artista, ese gran indiscreto

Es una tendencia se diría que natural en quienes se dedican al Arte el desnudarse o desnudar a otros en público, y esta actividad feliz e impúdica de encuerar las almas convierte a nuestro indiscreto en un peligro de la misma naturaleza cuando, totalmente absorto en su juego, no repara en la fragilidad del objeto que le sirve de inspiración y modelo. Como un niño armado, también él es un terrorista inconsciente manejando sus dones y talentos, y, a veces, ni siquiera se da cuenta del daño que es capaz de hacer precisamente a sus seres más queridos, a los que tiene más cerca, a quienes viven a su lado ofreciéndole la materia prima de sus creaciones. Es urgente que estas personas comprendan lo más rápido que les sea posible que, en realidad, conviven en la escalofriante inmediatez de un destripador, de alguien que, en el fondo, no sólo quiere verles desnudos sino con las tripas al aire, expuestos como los cadáveres en una mesa de disección, con sus vísceras y órganos internos (sus secretos más íntimos) a la vista de cuantos asisten a la autopsia; sería de mucha urgencia, ya digo, que reconocieran cuanto antes que conviven con "un peligro público" al que, para colmo, aman por ser una criatura inocente y encantadora capaz de abrirles en canal mientras no deja de sonreirles. Pero, sobre todo, deberían entender que nuestro hombre es, en el fondo, un forense, y que también él les quiere con pasión, sólo que con la pasión y el respeto que merecen los cuerpos indefensos de los muertos en las desangeladas salas de una morgue. Ahora bien, no hay que alarmarse demasiado porque no estamos ante un asesino o un psicópata: ese hombre tan indiscreto es, sencilla y simplemente, un esteta, nada más. Y no olvidemos que es ante la indefensión de un cuerpo ajeno donde un hombre así se vuelve humano, donde se conmueve y llora como ningún otro hombre. Él siente como nadie la enternecedora soledad de ese cuerpo abandonado a las miradas de la humanidad espectadora y expectante: si pudiera lo taparía ocultándolo de todas ellas, incluida la suya. Pero no puede, y esa es a un tiempo su condena y su salvación...

lunes, 29 de junio de 2015

Tratado sobre el desfallecimiento

Dícese del estado en que uno, sin ser necesariamente un fingidor, parece o semeja fallecer. Y nunca se dirá, en cambio, de un estado no fingido en que uno, habiendo fallecido, se desdice, revierte la situación y  se va tan campante, como Lázaro por su casa. Por norma, se admite el participio (desfallecido), pero no el gerundio (desfalleciendo), siendo este un convencionalismo de aplicación universal: el que desfallece lo hace, normalmente, porque "sufre un desfallecimiento", no porque "esté desfalleciendo", cosa que está mal vista y suena todavía peor. Como es natural, esto no quiere decir que, si se desfallece, haya que hacerlo siempre con elegancia, pero se recomienda encarecidamente porque no está nada bien que al desfallecer se pierdan las formas. El desfallecimiento no tiene por qué ser patético, y yo aún diría más: no debería serlo en ningún caso. La obligación moral del desfallecido es contenerse, reprimirse, y no sólo porque así se evita en gran parte la tentación de dar el siguiente paso (fallecer realmente), sino porque de ese modo se revierte más rápido el desfallecimiento mismo. Por sistema, quien lo sufre se siente morir, sensación que puede o no ser cierta pero que casi nunca conduce a tal desenlace, y, por tanto, de ello se infiere que es falsa de todo punto, falsa de radical falsedad. Tal como hemos visto, pues, estéticamente hablando el desfallecido deja mucho que desear; pero como persona  (o sea, desde el punto de vista ético) sencillamente no hay por dónde cogerle puesto que miente como cualquier otro mentiroso. De acuerdo: no es que lo haga aposta, como el caradura, puesto que él, pobrecito, de veras se siente morir. Pero, con todo, está mintiendo y eso no se puede disculpar por más que queramos hacerlo. De hecho es lo que quisiéramos (disculparle), pero no podremos si somos gente de principios: frente al mentiroso una persona cabal tiene el deber, primero, de intentar mostrarle su mentira, y luego de intentar corregirle de ella. Gran parte de las veces fracasará, desde luego, pero que el porcentaje de fracasos sea tan alto no ha de arredrarle de su deber, ya que el mentiroso sigue siendo nuestro prójimo, y nuestro prójimo se merece un respeto (un respeto, no miles, entiéndase bien). En este sentido es útil saber que el sujeto desfallecido, al igual que el individuo mentiroso, suele ser recalcitrante y obstinado como pocos a la hora de hacerse la víctima, por lo que no es extraño que acabe odiando, y ofendiendo incluso, al samaritano o al pedagogo que de manera altruista decidan prestarle su ayuda. De ahí que éstos hayan de prevenirse contra tales reacciones injustas vigilando de cerca sus buenos sentimientos hacia ellos, además de la simpatía que puedan inspirarles, porque, de no ser así, podrían verse contagiados y arrastrados, a su vez, al desfallecimiento propio, lo que, como es lógico, sería totalmente contraproducente, además de poco inteligente. Y, finalmente, esto nos lleva al quid de la cuestión: ¿cuándo se recomienda abandonar, desistir de todo esfuerzo reanimador?... Según nuestra experiencia, no hay un criterio fijo para encarar el problema, sólo nos atrevemos a afirmar que está indicada la paciencia y contraindicada la compasión, nada más. Así que es de suponer que cuando se comience a perder una, o a caer en la otra, sería el momento más adecuado, pero es imposible determinarlo con seguridad. En consecuencia: que cada cual decida y, después, que Dios se la bendiga. 

Cara y cruz

Yo, que ni tan siquiera un hombre soy, también fui todos los hombres para la mujer que me amó. 
Y yo, que tantos hombres he sido... ¿por qué  nunca fui aquel que soñaba tu pensamiento mientras dormías conmigo?

viernes, 26 de junio de 2015

¡Oh, Señor, aparta de mí...!

Al hombre instruido que, como decía Michaux, "adquiere su saber como quien elige un ataúd en el que acomodarse de por vida"
Al que se considera a si mismo inteligente porque tiene la costumbre de sentarse para pensar y, sin sospecharlo él, nunca va más allá de lo que piensa su asiento
Al que pretende cultivar las frases más bellas, los versos imperecederos, las mejores ideas en el climatizado invernadero de su mente, y no en el descuidado huerto de su corazón dejado a barbecho durante años y años de sequía 
Al que siempre ama con el freno de mano puesto y nunca en su vida se salió de su camino por no atropellar a un Te Quiero que involuntariamente deslumbró con sus encantos de largo alcance, accionados por él sin darse cuenta
Al que no quiere ir demasiado lejos dentro de sí por temor a extraviar definitivamente su voluntad de autómata dichoso e integrado en un desierto de belleza tan inhóspita como auténtica
Al que no va ni viene, sube o baja, avanza o retrocede sin pensárselo mil veces y sin decir otras tantas que sólo necesita un poco más de tiempo para tomar la única decisión que, en realidad, le es posible tomar, a saber: quedarse donde está
Al cobarde que sólo es fiel a si mismo y que, por eso mismo, por ser capaz de ser leal a alguien, también es digno de la vida como cualquier hijo de vecino, aunque nosotros prefiramos no verle por nuestra vecindad, y menos llamando a nuestra puerta
Y, sobre todo, aleja de mi al que, por norma, se arrima al sol que más calienta y más tarde se extraña del repentino frío que padece al descubrirse al fin, cuando toda calurosa irradiación ya se extinguió, únicamente acompañado por la mala sombra de su mala conciencia...

jueves, 25 de junio de 2015

De los batracios en general

No hay nada que frustre más a un nadador que descubrirse braceando con gran estilo sobre un banco de arena. Cuando de lo que se trata es de no irse al fondo el estilo importa una mierda, lo que importa es tener un mínimo de agua que permita sobrenadar y no hundirse: las ranas que croan en un estanque lleno, y no las que lo hacen en medio de la calzada, son las únicas que suenan bien a mis oídos.

domingo, 21 de junio de 2015

El recordman, II

El hombre que, sin siquiera buscarlo, se apresura hacia el triunfo social, es el nuevo mesías del laicismo democrático, que siempre aguardará su llegada con fe milenarista. Y no solamente lo es en el campo del deporte, como piensa la mayoría, sino en cualquier otro campo: en el Arte, en la Política, en la Literatura, en la Ciencia, etc. Hoy, en todos los campos de la actividad laica y democrática, el "elegido" lo es porque ha vuelto a superar una marca que llevaba algún tiempo sin batir: el precio de un cuadro, el techo electoral, el número de ediciones de un betseller, el grado de aceptación de una teoría, etc, etc. Pero la tragedia del recordman es su vertiginosa caducidad: no bien acaba de entrar en la historia cuando ya le muestran cortésmente  la salida porque otro como él ha ido más lejos, más allá. Desde el mismo instante de su éxito las orestianas Erinnias le persiguen, el destino de Edipo le pesa y aplasta: por ser ejemplar, está maldito y condenado como cualquier héroe trágico. En un breve espacio de tiempo (aquel en que continúa vigente su récord), la suya, su experiencia, comprime y resume la global de la humanidad: como toda vida humana la suya es ilusoria y pasajera, sólo que más caduca si cabe por ilustrar el ocaso del hombre como ninguna otra.

El recordman, I

¿A qué estamos obligados los modernos? En general, a llegar antes que nadie. Es ésta una época que no sólo reclama competencia sino también, y sobre todo, precocidad. A ser posible debemos ser precoces en todo, menos en una cosa: haciendo el amor. Lo que supone, por cierto, un contrasentido, y de ahí que la eyaculación precoz se incluya, oficial o extraoficialmente, en la devaluada categoría de las plagas bíblicas, al nivel de la lepra en la Primera Edad Media o del Sida en los comienzos de la última, de la que ahora parece estar empezando gracias a la Tecnología. En buena lógica el eyaculador precoz debería ser el paradigma de lo moderno, su estereotipo, su héroe más representativo, y, sin embargo, es su hazmereir, el bufón al que la corte en pleno hace objeto de escarnio. Su ejemplo demuestra nuestra incoherencia cultural porque, en cualquier otro campo de actividad que no fuera el que es, este habilidoso mártir sería el individuo más admirado, el gran seductor omnipresente en nuestros sueños por su mayúsculo atractivo. Pues la increíble precocidad en los logros personales, sean los que sean, es lo que se alaba y se glorifica hoy en los medios de comunicación de masas: véase al deportista profesional, al artista plástico, al director de orquesta o al empresario cibernético, entre otros ilustres representantes de la seducción masiva que ejerce sobre nosotros la Precocidad, esa joven dama que excita al máximo nuestra líbido decadente con su sola aparición. En general, lo que importa hoy es batir un récord eyaculando los dones que la Naturaleza nos ha dado, o que hemos adquirido sin su ayuda directa, y hacerlo más pronto y más rápido que nadie para así alcanzar, si es posible, el orgasmo más codiciado, el clímax moderno: la celebridad. Y, como para alcanzar tal fin siempre se precisará de la intervención de un cuerpo. éste lo pone el Público, que es el objeto de placer más plenamente erotizado de nuestra época: son legión los que ya han perdido el sueño y la razón persiguiéndole, los que se arruinaron por su culpa; y poquísimos, naturalmente, los que consiguen su disfrute, los que resultan elegidos por su apasionado apetito de amante voluble. Pues ella, el alma del Gran Público, también es una "donna liviana", también "é movile cual pluma al vento", y, repentina y alevosamente, puede cambiar de interés impresionada por un nuevo récord, por alguien que ha sido otra vez más rápido que nadie, y al que ella, en justa correspondencia, habrá de entregar a toda prisa su amor efímero, su admiración embobada y estrábica: la propia de un ave de corral.

viernes, 19 de junio de 2015

Mis hijas, mis reinas.

Ellas son nuestra única descendencia viva. El traficante Rimbaud se despidió de la Poesía y de la Literatura en general con esta declaración testamentaria, en la que reconocía públicamente a sus herederas legales: sus frases, las que le harían inmortal. La costumbre, el hábito de escribir es insano porque nos aleja del simple vivir: es humano querer desistir, es un error fatal hacerlo. Todos los escritores sufrimos la tentación con más o menos frecuencia, y muchos caemos en ella cada cierto tiempo aún sabiendo que, al instante, comenzará para nosotros el secreto arrepentimiento propio del traidor. Durante esas crisis buscamos con verdadera desesperación un alma acogedora que, por supuesto, también acabaremos traicionando en caso de que nos acepte. Está en nuestra naturaleza, y es a esta naturaleza a la único que nosotros somos leales mas allá de nuestras continuas infidelidades o, quizás, gracias a ellas. Somos así, abandonamos aquello que más nos importa precisamente por eso: porque nada nos importa más, y nos mortifica no ser libres incluso de aquello que nos resulta imprescindible para sentirnos vivos. El traidor Rimbaud quería más que nada esta libertad extrema que pocos imaginan, y por eso cambió un alijo por otro: uno de frases nacidas de su propia sangre por otro de armas que la derramaban a discreción. Es difícil comprenderlo, no lo niego. Lo que niego es que lo que a la mayoría le parece incomprensible no sea, después de todo, perfectamente natural.

La cifra de la vida

La cifra de la vida es pequeña, un código muy corto y fácil de recordar: por momentos son sólo dos ojos tristes perdidos en el fondo del tiempo y poco más.

jueves, 18 de junio de 2015

La poca magia del genio

Se ha dicho que a los maestros griegos nunca se les habría ocurrido juntar en una frase estas dos palabras: genio y precocidad; pero eso debió ser con anterioridad a la aparición del macedonio Alejandro. Después de Alejandro supongo yo que se verían obligados a revisar sus convicciones sobre el genio y, a partir de él, a admitir que la aleatoriedad de ese azar humano bien podía manifestarse en plena juventud y aún antes, entre esta etapa de la vida y la adolescencia. Fuera como fuese, lo cierto es que en la cultura occidental el genio juvenil dejó de ser pronto un supuesto improbable para convertirse en un hecho demostrado, cosa de la que nadie duda ya en nuestros días, después de que el Romanticismo y los distintos movimientos rebeldes del siglo pasado elevaran esa verdad a los altares mediáticos. Hoy es prácticamente universal la creencia de que esa planta exótica, la genialidad, prende y medra, sobre todo, en los individuos jóvenes; y en todas partes se entiende que la juventud es el terreno ideal para su florecimiento espontáneo, incluso en el caso de que el terreno no haya sido abonado durante generaciones.  
Pues es cierto que ese talento innato, a veces, parece surgir de la nada, como el conejo o la paloma que el mago extrae de su chistera vacía. Sin embargo, nada brota de la nada salvo la nada misma. De modo breve y pasajero, la magia es capaz de crear ese efecto óptico gracias a un truco que no nos revela, pero el truco esta detrás sosteniendo la ilusión, creando, a su vez, al propio mago que, sin él, sería un hombre sin misterio, indistinto a cualquiera.  El genio, en cambio, no sale de una chistera, ni es el aparatoso efecto de un truco inventado por un ilusionista. Al contrario: es un fenómeno real que produce un grado semejante de asombro placentero pero que -al revés de lo que ocurre en el espectáculo puesto en escena por el mago- no desaparece, ni siquiera disminuye porque lleguemos a conocer el truco que lo hizo posible.
Por supuesto, el truco consiste en el azar de una inteligencia o habilidad extraordinaria encarnada misteriosamente en un hombre como nosotros, y que, desde luego, nada tiene de fantasmagoría nigromántica pues no se limita a hacer aparecer un conejo preexistente al espectáculo en sí. Esta otra magia no es tan simple,  no traslada un objeto desde un lugar invisible a otro visible, sino que nos traslada a nosotros y a nuestra circunstancia a un espacio nuevo que ni siquiera sabíamos que existía, con el que nunca habíamos soñado y que, a partir de ese instante, se nos hará tan habitable como nuestra propia casa. Esta otra magia consigue incluso transformarnos a nosotros mismos, convertirnos en seres nuevos y mejores, metamorfosearnos en otros y hacerlo sin necesidad de dejar de ser quienes somos. E, insisto, en realidad esta otra magia es poca o ninguna porque, en el fondo,  se trata sólo de trabajo felizmente inspirado, de la obra original de un hombre que, como toda obra, se realiza gracias a la oportuna conjunción de determinadas condiciones (una de las cuales es la genialidad, naturalmente, pero sólo una entre muchas).

Los genios estúpidos

¿Qué es el Espíritu Antiguo? En general, los antiguos o clásicos valoraban la lentitud en la elaboración de afectos y obras, empeños en los que solían invertir toda la vida y que, comúnmente, dejaban inacabados por agotarse el tiempo de la suya. De vivir hoy entre nosotros alguno de ellos, le tendríamos casi con toda seguridad por un estúpido al no condicionar su actividad a la búsqueda de resultados más o menos inmediatos. No digo que no pudiéramos reconocerles la genialidad, sino que para nosotros sería la suya una genialidad estúpida, parecida a la del perfecto nihilista que consigue pasar por el mundo sin hacer nada, puesto que para nosotros, los modernos, no hay apenas diferencia entre una cosa y otra, entre lo que permanece para siempre inconcluso y lo que ni siquiera empezó jamás. Sin embargo, casi existe hoy una unanimidad absoluta en que los antiguos eran geniales, de lo que se deduce que pocos coetáneos se han parado a pensar por qué lo eran. Lo eran por ser lentos y estultos como pocos, por eso. Eran grandes genios porque sabían perder el tiempo como nadie haciendo lo que tenían que hacer porque sólo ellos podían hacerlo, ya que ni se les pasaba por la cabeza hacer lo que los demás querían que hicieran. Y por ello daban siempre lo mejor de si mismos: porque querían lo que hacían, y lo querían hasta tal extremo que con mucha frecuencia lo dejaban inacabado, pues acabar algo es de algún modo matarlo y quien ama tiene un solo deber para con lo amado: dejarle con vida.

miércoles, 17 de junio de 2015

De la retórica y la infelicidad

El amor no se mendiga y, sin embargo, los verdaderamente necesitados no pueden hacer otra cosa, cuando no hay nada que más incomode e irrite a los demás que la desbordante exhibición de una carencia que ellos no pueden satisfacer: la implorante, dramática retórica del hambriento (cualquiera sea su tipo de hambre), nos vuelve impotentes, y esto es algo que ni perdonamos ni se nos perdona. Como recurso de seducción, la retórica es siempre un exceso contraproducente, pero más aún cuando con ella se subraya un déficit personal. Ese nuestro prójimo al que, según sus propias declaraciones, "ya nada le queda", ¿cómo pretende que le creamos cuando afirma conservar amor para dar y tomar?... Como el mendigo ha de aprender a su pesar a sobrellevar su miseria, el infeliz debería solicitar la gracia máxima del amor dando previamente las gracias, y de manera concisa y sobria, jamás con el ebrio desequilibrio con que nos abordan los borrachos. Pero eso precisamente es lo que le resulta imposible al hambriento de amor: a él la necesidad le ha desbordado, y, como es lógico, quien se ahoga no repara en las incorrecciones sintácticas de su estilo expresivo; como en general no repara en lo que dice sino en lo que necesita por encima de todo, o sea: salvarse.  La infelicidad desgraciada es retórica quiera o no quiera porque el que busca desesperadamente la salvación cae inevitablemente en la redundancia: la fatalidad de su destino le arrojará una y otra vez en los barrocos brazos del pleonasmo.

martes, 16 de junio de 2015

El valor de la primera persona

Una vez expulsados del clan y de la  aldea, siempre será preferible la sencillez valiente de la primera persona del singular. ¿Por qué? Porque la intensidad es proporcional al valor, es su equivalente, y hoy en día la intensidad reside en el individuo: en el yo, no en el nosotros. 

lunes, 15 de junio de 2015

Pide, que no se te dará.

En amor, como en todas las cosas, la necesidad obliga. Pero hay una diferencia entre necesitar y buscar, como la hay entre ser pobre y echarse a pedir. Quien más lo necesite ha de hacer un esfuerzo y recordar que lo importante es contentarse con lo básico: el amor por uno mismo.
"Pide y se te dará", dice la Biblia contrariando con esta máxima todas las enseñanzas del mundo. Naturalmente, no es cierta: al que exhibe su miseria se le rehúye en todas partes porque en todas partes al mundano le ofende ver alterada su tranquilidad de conciencia. La persona, el hombre de mundo, es en todas partes un sentimental que no siente nada a fondo: cree que lo peor es "perder la dignidad" y, por interés, finge no percibir que lo que verdaderamente mata es carecer de pan o de cariño.

De los contables

Si el deseo no prescindiera del cálculo nunca le saldrían las cuentas. ¿No basta ésto para explicar el porqué es tan raro que los simples contables se enamoren perdidamente? Si no desea la quiebra de su empresa, un contable siempre ha de tener en cuenta los decimales... ¡Pero he aquí que los amantes sólo operan con números enteros que, aunque se llamen racionales, no lo son!

Las negociaciones de paz, IV

¡Atención: nunca hay que olvidar que ese puer inmortal, ese niño eterno por inderrocable, pervive en todos nosotros como un adormilado parásito de naturaleza caprichosa que, en último extremo, es el responsable de la anemia de sentido que, recurrentemente, su huésped ve por todas partes: en cada uno de sus impulsos y proyectos, en cada una de sus emociones y devociones. Nunca se debería olvidar que ese monstruo es un ser dominante y manipulador que sobrevive en simbiosis con el deseo y los pensamientos obsesivos de un corazón momentáneamente enfermo en el que, de pronto, en el momento menos pensado, se reactivará despertando conjuntamente en su víctima tanto el apego más conmovedor como el miedo más invencible..! 

Las negociaciones de paz, III

Dentro de cada uno de nosotros la "rendición del Niño" se hace necesaria tarde o temprano para que la persona  que somos pueda crecer y madurar: por tanto, a todos nos convendría no demorarla demasiado. No obstante, todos sabemos igualmente que algunos no parecen saber lo que más les conviene y, por ello, nunca se rinden. ¿A qué se debe tal resistencia o cabezonería autodestructiva?... Supongo que a diferentes causas en cada caso, aunque en todos los casos el efecto sea el mismo: la lamentable incapacidad para negociar una tregua con la propia vida, la imposibilidad de hacer negocios razonables -de mutuo beneficio- con ese soberano absolutista que se lleva dentro de manera vitalicia y, casi siempre, contra nuestra voluntad. 

Las negociaciones de paz, II

El que admite por anticipado la derrota tiene ya mucho recorrido en el camino hacia la paz de espíritu porque, a fin de cuentas, todo hombre se hace adulto cuando (y sólo cuándo) capitula y depone sus sueños de infancia ante los pies de ese césar implacable llamado Necesidad.

Las negociaciones de paz, I

La pasión no sabe negociar consigo misma y de ahí que conduzca tantas veces a la tragedia: la vida sólo no da tregua a los que no consienten en firmar con ella un armisticio. 

Las jodidas paradojas

Es precisamente con los seres en quienes la vida muestra su mayor triunfo que ésta es más cruel e irónica. ¿Cuántas veces no hemos visto al fuerte perseguir sin descanso un propósito, un sentido que darse a si mismo, sólo para acabar destruyéndose más deprisa?... No se elige la intensidad sin acortar, acto seguido, la existencia.

sábado, 13 de junio de 2015

Las matemáticas fatales

El siguiente es un ejemplo de lo más corriente del que se aprovecha con harta frecuencia el melodrama cinematográfico: A desea a B que, realmente, también corresponde a sus sentimientos. El problema es que B (un matemático/a de profesión) desconfía de las leyes matemáticas simples por ser obvias en exceso, y, en atención a esa otra ley matemática expuesta en el refranero universal (a saber: "en casa del herrero, cuchillo de palo"), no termina de convencerse de que dos y dos sean cuatro. En consecuencia, cuando A le pregunta, miente: responde en seguida que sigue deseando a C (su marido/su esposa), por quien, en realidad, hace tiempo que no siente nada o casi nada, lo que provoca la desesperación de A que desde niño/a nunca tuvo la menor idea de matemáticas.
Por su parte C,  que a esas alturas está más que convencido/a de la indiferencia de B hacia él/ella, y que, a su vez, lleva algún tiempo echando cuentas sobre si será o no un cornudo/a, decide de repente ir en busca de D (un amigo/a del matrimonio) para consultarle sobre esta terrible duda que le/la corroe, descubriendo entonces que es recibido/a con gran receptividad y comprensión, cosa que le causa una grata y emocionante sorpresa. De inmediato C y D experimentan la mutua seguridad de que hay entre ellos muchas cosas en común, de forma que otra ley matemática simple (la del sexo que atrae con fuerza entre sí a los que se sienten maltratados por la vida) hace que terminen en la cama.
Por supuesto, al enterarse B de esta inaudita traición asimétrica de la que jamás había sospechado, se tira de los pelos, y, en un ataque de histeria rigurosamente académico, inicia la quema de las naves (verbi gracia: los tratados de Aritmética y Trigonometría, la Teoría General de Conjuntos, las Fórmulas Ampliadas de Senos y Cosenos y hasta las infantiles tablas de sumar y multiplicar) puesto que se ha determinado ya a mandarlo todo al diablo y a comenzar de cero sin las matemáticas...
Para lo cual comienza por dirigirse a la peluquería donde exige que se lo corten a ese número que no es un número según todos los matemáticos del mundo.

El corredor de fondo

Es alguien que sigue una única consigna y tiene un solo método que no consiste exactamente en resistir, como cree la gente. A él no le preocupa ser sobrepasado por el resto de maratonianos: confía simplemente en cruzar la meta a su debido tiempo, ni antes ni después. Para él el verdadero triunfo se limita a cumplir escrupulosamente con esta puntualidad y, si no es así, es un mero impostor: no es llegar lo que le importa, lo que le importa es llegar del brazo de su mérito, ni por delante ni por detrás.Y, naturalmente, le da igual que los espectadores abandonen el graderío del estadio cansados de su tardanza, pues no corre por los aplausos ni para probar su resistencia, como ya dijimos, sino porque no sabe hacer otra cosa y tampoco querría hacer lo que sabe de otra manera. Quizás ni siquiera la meta sea su objetivo sino mantenerse fiel a su manera de correr, es decir: perfeccionarla hasta hacer de ella una manía, un modo de estar vivo, nada más. Y quizás para él divisar la línea de llegada sea algo más decepcionante que satisfactorio, y piense entonces que mejor habría sido no inscribirse en una carrera tan corta que bien podría realizarse al espríng...

Dicen, digo

Me dicen que existe el hambre, la soledad, el sufrimiento y la locura, y que no se puede negar porque son hechos reales
Les digo que no niego la realidad cuando digo que también existe el apetito de vivir, el solitario que resulta ser el hombre mejor acompañado, el dolor que ennoblece y purifica, las locuras sanas que nos protegen y redimen de tantos y tantos monstruos engendrados por la razón
Me dicen que existe el odio, el dolor y la muerte
Les digo que, al no poder odiar sin odiarse, el odio mismo reclama que nos liberemos de él, que el dolor tiene el poder de hacer grandes a bastantes enanos de alma, que la muerte es para muchos otra forma de comenzar de cero, simplemente
Me dicen que estoy profundamente equivocado, que soy un optimista con poca información y que debo corregirme cuanto antes
Les digo que me disculpen por la profundidad de mis errores, pero que prefiero dormir con ellos antes que con las certezas de otros
Me dicen que, por favor, no joda
Les digo que yo no aprendí sino a hacer el amor
Me dicen que así me va
Les digo que me voy...

Sobre los peligros del desierto, III

...Aquí la poesía lleva razón: "La soledad se llena de si misma o no se llena". Aunque sólo sea tácito, hay un acuerdo general en cuanto a que los poetas están locos y no se les puede confiar los asuntos del mundo. Pero no se me negará que, a veces, los locos son de lo más razonable y sensato. Si los hombres, la humanidad llevara a la práctica la propuesta contenida en esa frase o verso inicial, tal vez se pudiese arreglar el mundo, eso que para la mayor parte de nosotros, los cuerdos, no tiene arreglo. Quizás bastara con que cada cual se hiciese amigo íntimo de su soledad para que la armonía universal dejara de ser una utopía idealista de carácter poético. ¿Suena ésto a locura? ¡Oh, sí, por supuesto!: no estoy tan loco como para no darme cuenta. Lo que digo implica que, para salvar el mundo, habría que llenarlo primero de recalcitrantes egoístas cuyo máximo interés sería amistarse consigo mismos, despreocupándose amistosamente de todos los demás.  ¿No es ésta la clase de razonamiento que es propia de un loco o, lo que es lo mismo, de un poeta?... Desde luego que sí, naturalmente, pero... Pero si estamos de acuerdo en que la soledad solamente se llena con más soledad, entonces tal vez vaya siendo hora de irse mirando al espejo con otros ojos.

Sobre los peligros del desierto, II

Al que se extravía en un desierto sólo puede salvarle no intentar llenar su soledad oteando el horizonte sin descanso en la búsqueda desesperada de algún oasis: así sólo conseguirá hacerla más grande. A él le convendría, por el contrario, no apartar la mirada de las arenas ardientes en que se hunden sus pies y no dejar de pensar que el que tuvo retuvo: en otro tiempo, sobre esas arenas hubo mares, un paraíso inabarcable de vida. Tal vez sólo deba sentarse tranquilamente a esperar un cambio de Era para que le sea posible volver a nadar en ellos, y de nuevo sentirse pez sobre las dunas...

Sobre los peligros del desierto, I

En ciertos casos sentirse vacío es una prueba fragante de la falta de aprecio por uno mismo, íntima verdad de quien, encontrándose a sí mismo tan poco interesante, sólo quisiera ser vivido por la conciencia de otro, por otro que, a su vez, sienta la claustrofobia de vivir en una conciencia arrasada, vacía de todo interés. A veces (por no decir con frecuencia) se unen así dos alienados que se hacen cómplices sólo para poder duplicar la extensión del desierto que comparten.

Oración del puer aeternus

Los niños viven en una constante vacación porque en ellos domina la primacía del instante presente. De ahí mi desarraigo, mi inadecuación a la sociedad de los adultos: vivo puerilmente, como casi todos los artistas que no triunfan. Sólo el éxito me haría madurar y pensar, sobre todo, en el mañana. Sólo entonces sería un adulto más y viviría también como ellos: envidiando en el fondo a los que no lo son, e indignándose seriamente de que no lo sean.

viernes, 12 de junio de 2015

La jirafa de Lord Byron

En Venecia, lord Byron asilaba una jirafa en el vestíbulo de su palacio alquilado. La jirafa sorprendía a las visitas engalanada con diademas y collares pertenecientes al tesoro de la familia, y éstas debían agasajarla con chucherías comestibles si deseaban ser recibidas por el joven y excéntrico aristócrata. Se decía que el poeta fomentaba así los celos de sus múltiples amantes, las cuales envidiaban el lugar de honor concedido al animal con el que mantenían una abierta rivalidad, poniéndose con frecuencia de puntillas para minimizar en lo posible la diferencia de altura (?), además de intentar ridiculizar con la suya la elegancia natural de la bestia al desplazar el cuello por toda la sala sin moverse del sitio (de una manera tan encantadora que hacía reír al señor como los sultanes ríen las gracias de sus favoritas). Se decía que el secreto odio de todas aquellas mujeres por la jirafa divertía mucho a su dueño, que lo estimulaba y exacerbaba de cuantas formas logró imaginar. Por ejemplo: se cuenta que mandó construir un andamio-cama para poder reunirse con su favorita en las alturas y pasarle el brazo por el cuello, como hacen los enamorados. Al tiempo de acariciar con sus dedos aquella garganta infinita (que no caía nunca en la ordinariez de pedir joyas a cambio de besos), lord Byron solía leerle en voz alta algún poema que acabase de componer pidiéndole seriamente su opinión al respecto del estilo y la métrica, y alabando ante sus invitados el oído que la bestia demostraba para la música de las rimas, como se ponía de manifiesto por su expresión de curiosidad atenta y el abrumador apetito hacia los versos que, al menor descuido, la empujaba a querer devorar los papeles que su falso enamorado sostenía en la mano mientras declamaba. 
El poeta y su extravagante  musa permanecerían juntos durante todo un verano en el que darían que hablar a media Italia gracias a la pasajera frivolidad de estas cómicas pantominas, para al cabo separarse de modo abrupto cuando el noble inglés decidió cambiar tales cumbres líricas por la Política y trasladarse a Génova. Y de allí, dos años más tarde, a Grecia, en donde le esperaba otra amante de altura, aquella con la que todo romántico que merezca el título sueña desde el comienzo mismo de su juventud. La muerte, sin embargo, ya le había visitado con antelación en las queridas personas de su hija Allegra y de su gran amigo Percy, lo cual no le serviría para reconocerla la tarde en que ambos se encontraron en Messolonghi bajo la lluvia: corría el mes de Abril, una época propicia a las fiebres neumónicas, y, en vez de una de laurel, los médicos se empeñaron en ceñirle a las sienes una corona de sanguijuelas que le adelantó la gloria eterna en unos cuantos días al menos. (Que cada cual juzgue en su corazón si hay que bendecirles o maldecirles por ello, aunque yo pienso que ni una cosa ni otra porque es humano equivocarse, si bien la ignorancia nos parezca algunas veces, muchas veces, especialmente inhumana). 

Mandamiento que no pretende mandar

Renuncia al entusiasmo, confórmate con la alegría.
O dicho de otro modo: no pretendas poseer la potencia, la mayor potencia; confórmate con no ser impotente. Lo primero admite el disimulo, puede ser insincero; lo segundo no, nunca.

Error vital, estrella distante...

Cuando me acuesto, bien pasada ya la medianoche, mis encapotados pensamientos del día se abren y despejan  en una miríada de brillantes absurdos. Entonces veo los errores cometidos a lo largo del tiempo como estrellas lejanas que me hacen guiños de afecto, amables y alentadores. En la oscuridad, esas luces débiles y pulsátiles sugieren a mi conciencia casi dormida su naturaleza de meros accidentes ocurridos durante un viaje: en tal cruce de nuestro destino perdimos un ojo, en tal curva las dos piernas, sobre aquella acera atropellamos a alguien. Vivíamos deprisa, hay que reconocerlo, y el corazón se pasaba de frenada a menudo. Nadie tuvo la culpa, tampoco la vida, porque la vida es una recta pedagoga que todo lo hace por mejorar nuestra educación, aunque algunos de sus alumnos, los más tontos, tardemos una vida entera en comprenderlo... 

Homenaje a mi "ex"

La crítica algo ácida y apasionada de los poetas no significa resentimiento, deseo de venganza de quién se siente abandonado por la Poesía. En mi caso, al menos, fue al revés. Ella, la Poesía, era una buena persona, sólo que demasiado exigente para que mi carácter (más que mi corazón) se le doblegara. Yo, en realidad, amo a esos calzonazos porque he sido uno de ellos y les conozco bien. El conocimiento amoroso, sin embargo, nunca es idóneo: tarde o temprano descubre los defectos del ser amado y, a partir de ahí, su honestidad le impide callarse. Por eso abandoné yo a la Dominante Señora a la que servía y quería. Sé que ella jamás me lo perdonará porque su grado de exigencia ética no se lo permite. Ella siente que la he traicionado, y yo que la traición es el único recurso que le queda al que, siendo fiel por naturaleza, no desea engañarse. (Por supuesto, no hace falta decir que yo no era un "verdadero poeta", como tampoco soy ni seré nunca el compañero ideal de ninguna "señora").

De conejos y elefantes

"La palabra de largo recorrido prefiere el discurso corto", escucho decir a los que están convencidos de la superioridad de la Poesía sobre el resto de los géneros literarios. Pero, ¿tiene la Literatura en el poema un arma de pequeño calibre que se torna más precisa cuánto mayor sea la distancia al blanco? ¿Representa la Poesía una paradoja de la Balística?... Juraría que los poetas y sus palmeros es lo que piensan: "apunta alto si quieres acertarle al conejo entre los ojos". No sé, no sé... ¿Acaso vuelan los conejos? ¿Acaso crecen hasta el tamaño de montañas, al igual que ocurre con los granos de arena a ojos de un paranoico?... Y, en todo caso, ¿significa éso que todos los demás escritores debemos resignarnos a tener que matar elefantes con misiles intercontinentales de cabeza atómica?...

Otra vuelta de tuerca al tema de siempre

En hombres y mujeres se diría que hay actitudes inversas a la hora de amar: parece ser que el hombre aprende a amar a las mujeres que le atraen, mientras que a ellas les atraigan cada vez más los hombres que aman. Yo no soy un entendido en la materia, pero quizás esto explica por qué tantos hombres han encontrado alguna vez a su "mujer fatal" (la que impidió hacer ese aprendizaje), y por qué, en cambio, para tan pocas mujeres existe esa figura en el otro bando: se diría que ellas nunca se tropiezan con "hombres fatales" sino con canallas, a secas.

Modesta contribución en defensa de los inútiles

Ser sólo útil es una incapacidad como otra cualquiera: su única ventaja es que suele estar mejor pagada.
Pero tampoco es cuestión de admirar sistemáticamente a los inútiles, salvo que la suya sea una inutilidad ejemplar. Por ejemplo: la del paria lleno de delicadeza que, sabiéndose capaz de ser un gran científico o un gran artista, desdeña sus dones naturales por amor a la humanidad, para no fatigarla durante generaciones empujándola a una admiración incondicional de su persona que la condicionaría sin remedio.

Marchando otra de amantes

La verdad nunca es un soliloquio y, sin embargo, nunca habrá nada más verdadero que el obsesivo soliloquio del amante abandonado: "Eres mi celda, vivo contigo en mi mente cual fraile alejado del mundo. Como una fea herida, mi idea de ti se infectó y hoy mi vida es este presente gangrenado".
A estas dolientes palabras contesta mi psicólogo interior  diciendo que "hay que cortar por lo sano", pues los malos psicólogos son incluso más agresivos que los mejores cirujanos, y su pena más honda e inconfesable es que el pensamiento humano no se pueda extirpar con bisturí.
"...Pero, en mi caso, ¿por dónde habría de hacerlo (cortar) si nada sano dejaste tras tu fuga? Para mi no hay terapia que valga sino volver a verte y, entonces, darme cuenta de que tampoco tú eres mi amor, un amor que vive más allá de toda forma y materia y que es sólo un concepto mío que yo amo más que a mi mismo. ¡Ay! No acogió el mundo mi deseo y, por eso, no pude olvidarte estando a tu lado día tras día, que es el modo sano (aunque acaso más terrible) de olvidar...".

De alfileres e imanes

Como el alfiler es atraído por el imán, el que es auténtico se dirigirá suplicante al deshonesto, y el valiente se abrazará al cobarde en desesperada demanda de futuro.
La fuerza del deseo participa del poder ilimitado de la Naturaleza: la necesidad reclama la riada y el terremoto, igual que reclama la pasión. Cogido en medio, el hombre es como ese juguete nuevo tragado por el remolino. Tal es también la física del amor y su vector de energía apunta siempre hacia un naufragio, del mismo modo que la brújula se vuelve sin desmayo hacia el norte polar...

Nueva parábola de la aguja y el pajar

En el pajar de la humanidad son muchos los que buscan con frenesí una aguja especial y única: su alma gemela. Casi todos olvidan que la paja también pincha y, por eso, la encuentran a cada rato. Sin embargo, en tales circunstancias una aguja no se encuentra tan fácilmente salvo que, creyendo ya que no existe, nos tumbemos a dormir la siesta y la suerte quiera que se nos clave en el culo...
Pero entonces, y conociendo a los hombres, es muy posible que el afortunado se incorpore de un brinco maldiciendo su suerte por ese aguijonazo inesperado (que, a su juicio, ha recibido a destiempo) y, de puro despecho, en un arrebato comprensible aunque no justificado, prenda fuego al pajar.