"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 18 de noviembre de 2017

Lo que queda en el tintero

Lo que, de ordinario, se queda en el tintero de los escritores es casi siempre lo mejor de cuanto hay en nuestro modesto taller de orfebrería, lo más bello y valioso, como lo es también esa joya que, dada su rareza o la cifra de sus quilates, solo en muy contadas ocasiones se le permite admirar al público en general, o contemplar cuantas veces quiera (como hace el avaro) al propio conservador del museo en que se guarda. Las frases más agudas o conmovedoras, las ideas más fecundas y deslumbrantes, lo más granado de entre los frutos de nuestro arte, lo mejor que jamás seremos capaces de producir en cuanto artífices que trabajan la materia más sublime y menos dúctil, el mineral mismo de los sueños, eso es lo que se queda y nunca emerge del tintero, pues solo allí es donde su maravilla y pureza no sufren apenas deterioro, no degeneran perfeccionándose hasta una forma artística cualquiera, y continúan siendo para nosotros ese imán de luz que brilla a lo lejos en la oscuridad, atrayéndonos hacia él con la fuerza innata que posee el espejismo del oro a los ojos del esforzado minero...

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Seísmo de baja intensidad

Es otro día frío y hermoso de este otoño tan seco como irreal, pues ni siquiera corre el viento ahí afuera, la más ligera brisa que, con majestuosa dignidad, haga caer una hoja al suelo. Al otro lado del ventanal, bajo la tenue caricia de un sol que se diría enfermo de anemia, la muerte no parece un fenómeno biológico que entre dentro de lo posible esta mañana: naturalmente, sé que no hay nada que sea más engañoso, pero también sé que no existe ninguna otra mentira que yo esté dispuesto a creerme de mejor grado... Es hora de que todos lo sepáis: soy un solitario al que, en las afueras de su pensamiento, a la intemperie de la vida, le cuesta un mundo amar a los hombres puesto que, por ligero que sea, todo hombre es en el fondo un temblor continuo y... ¿Quién, en su sano juicio, podría amar un seísmo que no tuviera fin? 

viernes, 10 de noviembre de 2017

De nuestra gente

La gente como nosotros (lo sabéis tan bien como yo) no puede sostener otro oficio que no sea el de vivir en vilo, en el que no hay descansos periódicos ni esperanza de jubilación. La gente como nosotros no tiene derecho a nada, tampoco a unas cortas vacaciones pagadas de sí mismos.

Enésima justificación del estilo

Si no se redacta hermosa y correctamente nunca se podrá decir con propiedad aquello que se desea expresar desde una particular “incorrección humana”, también llamada personalidad.

Nosotros

Ese plural es, además de un pronombre, simplemente una exageración propia de sentimentales. Ese plural es, a lo sumo, una suma anárquica de átomos que también lo son, un giro alocado de protones en danza continua que, de cuando en cuando, parecen ordenarse en la música callejera de un engaño colectivo, pero que más a menudo compiten y se repelen entre sí. Ese plural es, en definitiva, un bando, una secta, un partido, y huele a odiosa solemnidad, a grandilocuencia asfixiante, a pretensión infumable, a no ser que a través de la voz del grupo se exprese el clan primitivo, la comunidad rural donde tal baile conserva la gracia armónica y espontánea de las vistosas coreografías de la Naturaleza.

El sastrecillo valiente

¿Qué es, a fin de cuentas, un escritor sino un sastre de sentimientos y emociones que confecciona en su pequeño taller de ingenio queriendo que a otros vistan y abriguen?

jueves, 9 de noviembre de 2017

En marcha

Un intelectual que se precie debe hacer un esfuerzo enorme para no dejar de ser nunca un aficionado y jamás profesionalizarse, para no ceder a la tentación de sentarse cuando ha de pensar a fondo, para no rendirse “a la comodidad que le ofrece su saber”, como decía Michaux, porque las buenas frases, los versos imperecederos, las mejores ideas y las personas que valen la pena nos cogen siempre estando en marcha, de la misma manera que los niños pobres cogen el autobús.

Buena estrella

Ser agresivo y veloz tomando decisiones es una ventaja solo para los que han nacido con buena estrella y, por tanto, nunca se estrellan. A todos los demás nos conviene ser mucho más lentos aún que Aquiles persiguiendo a la tortuga de Zenón.

En particular

En las relaciones humanas en general, y con el otro género en particular, es infinitamente más inteligente “poner oído” que “echar el ojo”.

La paradoja de la "media naranja"

Sentimentalmente hablando, el error más grave es también el más frecuente: pretender que la persona que nos está predestinada pueda ser aquella que el deseo trae a nuestra vida, cuando todo el mundo sabe que el deseo solo nos acerca al diferente y la lógica dice que, en el fondo, con el diferente nada tenemos en común.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El ocaso del artista

Al contrario que el sabio (quien nunca envejece), el artista se agota a medida que despliega y perfecciona su don, sea el que sea. Y al decir que se agota no me refiero tanto a lo cuantitativo de su producción como a que, tarde o temprano, él ya no será capaz de vibrar a la par que su obra, por lo que esta dejará de ser auténtica (si es que alguna vez lo fue) para volverse repetitiva y mediocre. En realidad, a ese especial tipo de hombre no le vence el agotamiento común que es propio de edades avanzadas, sino la cada vez más evidente ausencia de una cierta vibración o resonancia íntima entre su alma y sus postreras creaciones, ausencia que le desazona y disgusta profundamente, y para la que no halla remedio por más que quizás intente compensarla volcándose en el trabajo, volviéndose más prolífico de lo que jamás fue.  Poco a poco, cuando no repentinamente, el flujo de ingenio del que antes disponía casi a discreción disminuye o claudica, al tiempo que las fuentes de su talento natural se secan, todo lo cual hace que la gangrena de una retórica exangüe, desvitalizada, se adueñe sucesivamente de cada uno de sus recursos expresivos, sean los que sean. Es el fin y él lo sabe, pero eso no bastará para detenerle, para que deje de intentar lo que para él resulta ya imposible: unir en un solo gesto o acción el esfuerzo máximo de la inteligencia con la mínima genialidad personal necesaria para que la fugacidad de la vida humana adquiera sentido y justificación gracias a lo que de eterno hay en el arte.

domingo, 5 de noviembre de 2017

El puzle

Como ciertos moluscos incomestibles que se agarran a las rocas en una playa demasiado expuesta a la violencia del mar, del mismo modo se aferran a algún ser querido las malas personas que, como dijo Cernuda, si algo nos enseñan es a odiar el amor que no sabe arder anónimo, sin recompensa alguna. Así, como en una pesadilla interminable, viven en este mundo ciertos seres humanos de corazón tan duro que, retenido a su lado por la inseguridad, el miedo o el deber mal entendido, el nuestro se nos rompe a cada paso en mil pedazos víctima de la más íntima desesperanza, lo que, inevitablemente, nos obligará a dedicar el resto de la existencia a recomponer ese puzle, y eso para jamás verlo terminado en su totalidad de todas formas...

martes, 31 de octubre de 2017

In dubio pro reo

La, en apariencia, escandalosa afirmación de la defensa "Hay que perdonar al egoísta porque lo suyo no tiene cura" es, en cuanto a contundencia argumental, del mismo estilo que esta otra: "Quien desprecia al cobarde olvida que él, al menos, se mantiene fiel a sí mismo". Ustedes pueden pensar lo que quieran, señores del jurado, pero la ley establece que "in dubio pro reo",  y yo, como fiscal, he de reconocer que no he descubierto aún coartadas que sean a la vez más falsas y más sólidas que las que estos dos "indeseables" esgrimen intentando salir airosos del juicio de la vida...

lunes, 30 de octubre de 2017

La tarea

Un ser humano se auto-impone una tarea que llevar a cabo y puede que la cumpla o no, según sea su fuerza de voluntad, su carácter, las compañías, la suerte o las circunstancias. Pero una tarea cualquiera se procura alguien con el que poder cumplirse, y ya no hay lugar para el dilema inicial: se completa siempre, por encima de toda voluntad opositora o carácter traidor, y con independencia de si las compañías son o no las adecuadas, de la buena o mala suerte, y de las favorables o desfavorables circunstancias. La tarea jamás se apresura, no se adelanta a su tiempo porque el tiempo y ella forman un solo cuerpo llamado "historia", y este cuerpo espera con la mayor de las paciencias a que el individuo elegido se presente a su hora, ni antes ni después. En cambio un ser humano cualquiera, por sí solo, nunca es oportuno sino que siempre está ligeramente desfasado respecto a su tiempo, o adelantado o retrasado a él, pero no sincrónico, acoplado y en punto, cual reloj incapaz de traicionar su puntualidad en un solo segundo... (Si me habéis seguido hasta aquí, imaginaos ahora que la tarea sea amar, por ejemplo, y veréis cómo el oscuro párrafo anterior que acabáis de leer se ilumina en toda su extensión, de principio a fin).

miércoles, 25 de octubre de 2017

Noches blancas

De todos es sabido que la muerte se disfraza de mujer cuando pretende enamorar el alma de un obseso para el que la noche y el día se funden en un mismo resplandor mortecino, como pasa en los países boreales. En el norte de Rusia, por ejemplo, es común que la aurora y el ocaso se unan orgánicamente, como siameses, mezclando la pálida sangre de sus respectivas luces, lo que obliga a los hombres solitarios a hablar consigo mismos como si leyeran un libro en voz alta. Estoy casi seguro de que fue de esta forma cómo Dostoyevski redactó "Noches Blancas" persiguiendo la sombra negra de la pobre Nástenka por las calles nevadas de San Petersburgo, y también cómo Irina Smirnova, memorable prostituta oriunda del mar Báltico, engatusó a mi amigo Anton Kiselev, marino en paro y alcohólico en activo, hasta dar con sus huesos, primero en el puerto de Helsinki, capital de Finlandia, y más tarde en el de Barcelona, capital de Cataluña. Según Anton, la muerte que visitaba su país era coja y de ahí que las huellas de sus pasos en la nieve se reconocieran fácilmente al ser ambas disparejas en profundidad. Quizás Nástenka caminara igualmente de ese modo (dejando una huella más profunda con su pie izquierdo, por ejemplo), y tal vez por eso Dostoyevski no supo cómo resistir aquel día interminable la tentación de seguirla hasta su casa, donde ella le comunicaría su sentencia, a saber: que solo podía ser su amiga por más que alguna que otra vez, y por culpa de una debilidad más que comprensible, le diera esperanzas de ir a corresponder a su loco amor de hombre que siempre habla como escribe... (No sé que fue de Irina pero, a juzgar por las noticias que de vez en cuando me dan nuestros amigos comunes, Anton continua arrastrándose por los bares del Raval con la loca esperanza de recibir una postrera invitación a beber en una ciudad donde, que yo sepa, las noches nunca son blancas, salvo en la medida en que uno no tenga un puto céntimo en los bolsillos).

lunes, 16 de octubre de 2017

Programa político de salvación para todo tipo de héroes que anden a la deriva

A conciencia elige solo lo que te traiga el azar, lo que, en apariencia, no tiene más causa que la pura casualidad y, en principio, parece ajeno a tus deseos, algo no reclamado por tu voluntad. Haz un esfuerzo y entrega tu corazón solamente a quien no lo enamora, a quien no lo violenta mediante la pasión y, por tanto, jamás ha de hacerlo su rehén. Haz un tremendo esfuerzo y no ames sino a quien no despierta en ti ningún loco impulso, ningún afán de posesión, ningún atractivo irresistible: tú sabes que, con el paso del tiempo, solo así seguirás siendo libre y sobre tu alma no se depositará la ceniza cana que resulte de la combustión no controlada de todos tus sueños. ¿A qué esperas, pues, para traicionar lo que sientes y negar aquello que tus cinco sentidos afirman...?  No seas débil y no te dejes guiar por tus sentimientos, cuya vida es tan breve como la mayoría de los insectos, y su veneno tan irritante e inoportuno como el de muchos de ellos. No des un paso para reunirte con tu auténtico yo reflejado en ese ser maravillosamente diferente que te hace temblar como si tuvieras fiebre: recuerda que no solo es peligroso para ti ese temblor, sino que también será mentira muy pronto, tan pronto como recuerdes que no estás enfermo. Sé valiente entonces, y retrocede tan deprisa como lo haría cualquier cobarde. Porque créeme: no hay nada que se nos pierda en el amor salvo, a la larga, nuestra cordura y nuestra alegría. Hazte un favor a ti mismo y abomina del Deseo, con mayúsculas, ya que abominable es el engaño per se y en todo caso. Si respetas las verdades de la Ciencia en general, y en particular de la Estadística,  reconocerás conmigo que lo más probable es que tu sincero deseo te saque de tu camino, no que te conduzca a tu verdadero destino. Porque, si estamos de acuerdo en que el corazón humano es ciego de nacimiento, ¿cómo podemos pensar que dejarnos guiar por un lazarillo que también lo es no nos llevará de cabeza al abismo? Haz, pues, un esfuerzo heroico y resiste esos cantos de sirena que son la antesala del Infierno: aprieta los dientes y maldice, si quieres, a los dioses pero... ¡Por lo que más quieras: no caigas en su hechizo!

lunes, 9 de octubre de 2017

Confesión de confesiones

Si ya no soy misógino (suponiendo que alguna vez lo fuera) es porque, a estas alturas de mi vida, no me cuesta ningún trabajo entender a las mujeres: ahora, por ejemplo, entiendo perfectamente a cuantas me rechazaron porque, conociéndome al fin como me conozco, he podido llegar a concluir que esa era la opción más sensata para ellas, la única realmente "realista". Sin embargo, durante mi juventud y buena parte de mi edad adulta, he vivido convencido de todo lo contrario, es decir, de que yo podía ser un buen compañero para una mujer cuando, en realidad, vivía solamente para mí mismo, pensando solo en mi propia realización y sin la intención última de hacer feliz a nadie más. Ahora veo con toda claridad que, en el fondo de mi corazón, no existía el deseo cierto de compartir, sino el de poseer y recibir los regalos que de continuo nos hace la generosidad de quien nos ama. Ahora ya no me cuesta reconocer que, siendo justos, nunca dí ni la décima parte de lo que me dieron (y eso siendo, a mi vez, generoso conmigo mismo). No obstante yo pensaba que daba tanto o más que la otra persona por el simple hecho de concederle la gracia de quedarme en su vida, de no irme de su lado: así era de grande mi ego, así de ciego y estúpido. Realmente se puede decir que nunca amé de veras, que nunca supe cómo amar y respetar al máximo a otro ser humano, lo cual no me impedía creer en serio que tenía una profunda voluntad de hacerlo, cuando tal cosa no era más que el fiero deseo de ser querido incondicionalmente, como los niños se imaginan en que consiste el amor. O peor aún: como se lo imaginaba Narciso. Porque esa fue, al fin y al cabo, mi "innegable" manera de querer: quise, sobre todo, mi reflejo en quien dije amar, el conjunto de rasgos y valores fabricados por mí en base a un modelo inventado, el traje ideal que mi poderosa imaginación le confeccionaba, pero sin tomarle previamente las medidas personales ya que, sencillamente, no era su persona lo que a mí me interesaba. ¿Qué me interesaba, entonces? Lo único realmente interesante para mí: yo mismo, mis grandilocuentes sueños y deseos, mi realidad de soñador impenitente... Mi irrealidad, en suma, pues irreal es todo aquel que, a la hora de soñar, solamente sueña en ser distinto a los demás cueste lo que cueste, incluso si de remate le cuesta la felicidad. Como fue el caso.

jueves, 5 de octubre de 2017

De las falsas amistades

Nadie está libre de entablarlas de un día para otro y se caracterizan por un oculto reproche, por una reserva de la confianza que siempre está como latente en la relación y que no es otra cosa que la constante percepción de una indefinida distancia o diferencia con el otro que hace que, a pesar de la aparente sintonía mutua, persista cierta agresividad contenida, una especie de cuenta pendiente, una "deuda de afinidad", si se puede llamar así, que en el momento menos pensado puede estallar (de hecho suele hacerlo) provocando una aparatosa ruptura o quiebra de los vínculos que, ordinariamente, sorprende a los propios implicados por su imprevista violencia. De esta forma rompí yo con algunos "amigos" o "amigas" que, en el fondo, no lo eran, pero que entonces consideraba como tales, o sea: lo hice sin saber exactamente por qué estaba ocurriendo lo que estaba ocurriendo, y, a despecho de su inconsistencia, con una persistente sensación de culpa que se prolongaba durante semanas, incluso meses, dejando mi espíritu molido por los golpes tras ser baqueteado por un ejército de diablillos de la Auto-tortura que se entrometían en mi conciencia sin cesar, y que no se cansaban de echarme en cara mi desaforado orgullo y mi incomprensión, defectos morales a los que acusaban de ser los responsables últimos de lo ocurrido. Sin embargo, este espectáculo de auto-reprimenda que yo representaba solo para mí mismo en funciones de mañana, tarde y noche, era mentira porque yo, en realidad, no me tenía por culpable en absoluto, sino por víctima de una situación que se había prolongado en exceso y artificialmente. Para entendernos: meramente por no haberle puesto fin mucho antes, al poco de su inicio y nada más establecerse como una parte más o menos importante de mi vida social.

martes, 26 de septiembre de 2017

...Y más y más preguntas

¿Por qué tenemos por un hecho indiscutible aquello que, en definitiva, y como denunció Panero, "no es, ni fue, ni será" aunque, sin embargo, conserve para siempre el nombre real con que, en su día, designamos el hueco abierto por él en nosotros, esa eterna carencia de nuestro corazón que no es sino la ternura que nadie supo (ni sabe ni sabrá) cómo darnos? ¿Será que es muy difícil amar algo o a alguien que no esté envuelto en un velo de sueños que emborrona y desfigura sus verdaderos rasgos? ¿Somos mixtificadores natos los hombres, en general, y, por haches o por bes, no podemos conmovernos sino ante lo que imaginamos o inventamos directamente en los demás? ¿Siempre y en todo caso, de forma explícita o no, es el amor una ficción de doble filo que, sea cual sea al que uno se aferra, consigue que sangremos de veras, a chorro y sin posibilidad de una rápida hemostasia? ¿Qué ama una persona apasionada en su amado/a si no es la exaltación de sí misma al imaginarse objeto de otra pasión parecida y recíproca? Y si no conoce, en realidad, a quien ama, ¿qué puede explicar su entrega incondicional sino su valor delirante y temerario, su desorbitada fantasía? ¿Depende el poder del amor de la inmensa fuerza creadora que, en origen, le proporciona su irrealidad? ¿Es solo gracias a ello, y aunque se pierda enseguida de hallado, que al fin y al cabo logra realizarse quien lo siente? ¿Lo queramos o no, somos hijos legítimos del engaño masivo que, eufemisticamente, la humanidad entera prefiere calificar de "ilusión" a la que confiar a ciegas su felicidad? ¿Y cómo es posible que sigamos llamando a eso "amor" y no "locura", a secas? ¿Acaso creemos en serio que _dada su extensión universal, como la de cualquier pandemia_ esa pasajera demencia es la condición sine qua non para ser feliz indefinidamente? ¿Pero cómo...? ¿Es que solamente estando locos seremos felices? ¿Por qué no se procesa, entonces, a los psiquiatras por estafadores, y se amonesta severamente a los psicólogos por ser cómplices necesarios de un timo: el de que la salud mental es algo valioso y deseable? Más aún: ¿por qué, simplemente, no se los fusila ya que, si estamos de acuerdo en que muerto el perro se acaba la rabia, es de suponer que matando antes a sus cuidadores tarde o temprano dejará de propagarse la enfermedad?

jueves, 21 de septiembre de 2017

Preguntas y más preguntas

¿Por qué muere siempre el amor? ¿Por qué aquellos que una vez amamos, con el tiempo, en breve tiempo, nos cansan, duelen, irritan, aburren o desesperan? ¿Por qué la vida es tan absurda que, sin casi darnos cuenta, nos muda de tal forma el corazón haciendo que este se desprenda de aquello que hasta ayer mismo era su piel, como si su ley no fuera distinta a la de cualquier ofidio? ¿Cómo es que se ha de seguir vivo estando definitivamente, no ya muerto, sino en carne viva? ¿Por qué no nos morimos realmente, de verdad, cuando muere nuestra alma? ¿Y por qué esa misma alma, sin apenas darse tregua, se lanza a sustituir lo que, por definición, no tiene un sustituto? ¿Existe algo que sea más estúpido y que, a la vez, merezca más el calificativo de "humano"? ¿De dónde vino, y a dónde se irá ahora aquella pasión mortal que, en el fondo, jamás nos abandona? ¿De dónde la ilusión y de dónde la amargura? ¿En qué se diferencia este dolor de cualquier otro, esta tortura íntima que no queremos agotar hasta el punto de que, poco a poco, se vuelve, se insinúa como nuestra mejor amiga, como la única amistad que nos comprende al igual que lo hacen nuestras rodillas: plegándose como el feto sobre un pecho enmudecido? ¿Por qué hablar no tiene ya objeto, ni el sujeto una condición objetiva más allá del silencio, más cercana que el olvido? ¿Por qué el amor al fin y al cabo, si al fin es nada y, al cabo, todo?

sábado, 16 de septiembre de 2017

La tontería del Arte

El que dijo que el arte era una tontería decía la verdad, aunque a medias, pues debería haber añadido que es la única tontería que no pueden cometer los simples tontos, los tontos de base. Para que esté a nuestro alcance se requiere que antes alcancemos la cima de esa categoría humana y seamos ya tontos ilusorios, tontos soñadores que son muy capaces de dejarse morir de hambre por darse el lujo de hacer el tonto de esa forma: cultivando con humildad su arte cada día, perseverando en él hasta que no se sepa hacer otra cosa, hasta conseguir la categoría social de "tonto de base" en cualquier otra actividad o disciplina, y corriendo, por ello, el riesgo de no sacar para comer, de perderlo todo o casi todo por principio, desde el trabajo a la salud pasando por el buen nombre y la mujer. 
Así, pues, es cierto: es una tontería. Pero esa tontería hay que intentarla, emprenderla a fondo, sin medias tintas. Y, si no, mejor que seas inteligente y ni empieces siquiera a hacer el tonto porque la prueba será demasiado dura para todo aquel que solo tenga inteligencia. La prueba la describió Buhowski (otro tonto de altura) hace algún tiempo y consiste en soportar el rechazo general y la incertidumbre sin fin, en sentirse desolado estando a solas con los dioses, en ver arder las noches en llamas mientras, atrapado en la habitación de tu conciencia, luchas inútilmente por cerrar los ojos. La prueba, en definitiva, es una batalla sin tregua contra la tentación de la renuncia que nos incita, sin pudor alguno, a huir hacia la vida, y uno debe aceptar que, a pesar de que esa batalla la tengamos perdida de antemano, es para nosotros, los tontos artistas, la única que cuenta...

viernes, 15 de septiembre de 2017

El limosnero

¡Oh, sí, aquí donde me veis, en la piel de este patético escombro que limosnea caricias en cada esquina de la noche, que pide la absolución de cada alma juvenil que hace rodar su mirada sobre los bebedores desconocidos que apasionadamente se abrazan a su copa, aquí mismo, en este cuerpo que se cae a pedazos como un palacio abandonado, yo también conocí el amor un día, un día tan lejano que se necesitaría la memoria de un paleontólogo para poder datarlo y recordarlo, y os juro que amé como los buenos que nada se reservan y todo lo entregan, incluso la conciencia de la amada, pues no se ama suficiente mientras no se pierde de vista el ser real de quien se ama; sí, yo fui tan feliz como puede y no debería serlo cualquier mortal, ya que la felicidad nos vuelve inconscientes, y esa inconsciencia acaso haga demasiado infelices a quienes, sin haber experimentado jamás tal dicha, por casualidad la contemplen con expresión entre envidiosa y reprobadora; y sí, lo malo fue que, a pesar de que nuestra relación era estrictamente monogámica, ambos, aunque leales, éramos infieles,  y siempre que podíamos nos traicionábamos lanzándonos a nuevas aventuras destructivas, ella entre los acogedores brazos del alcohol, su segundo y más comprensivo compañero, y yo bajo las absorbentes faldas de mi amante secreta, de mi verdadera novia y puta preferida: la literatura, cómo no!

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El ahorcado

De haber renunciado cuando te lo pidieron los que amabas ahora tendrías una vida a tus espaldas, pero tú no tenías carácter para poder hacer una vida y solo eras constante pensando, intentando profundizar en tu obra. No eras un artista, eras solo un escritor y, puesto que ni siquiera escribías, no eras nadie. A ellos se les agotó la paciencia y tú eras demasiado débil como para no reaccionar, pues se precisa mucha fortaleza para no entrar en pánico cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies. Creíste que el amor de otro preservaría para ti la corona por la que tú no podías luchar y que no sabías defender, y, naturalmente, la cosa acabó como el rosario de la aurora. Ahora el guardián ya no está contigo, y tú no eres más que la sombra de un espantapájaros en medio del centeno. El silencio ha caído sobre el yermo y nevado paraje que finalmente has llegado a ser, pero no ha caído como una losa sino como una lluvia de tópicos amargos que te sepultaron igualmente. Con cada nuevo amanecer, el día se aprieta hoy a tu alrededor como el nudo de una horca, y tu cadáver ya no tiene otra actividad que tragar saliva mientras se empeña en no sacar la lengua todavía...

martes, 12 de septiembre de 2017

En fin

Da lo mismo tener un nombre o no tenerlo porque todo lo que se piensa, habla y escribe,  o pertenece a, o no es sino un comentario apócrifo de un interminable texto anónimo que, por el hecho de llevar al pie nuestra inconfundible firma o de haber sido expuesto con nuestra especial retórica, confirma solo la universal impostura que reina en el mundo y no nuestra personal manera de apropiárnoslo. Pensar, hablar, escribir... En fin: excesos de toda esa gente, entre la cual me incluyo, que aún no aprendió a ser ejemplarmente breve y concisa.  Sí: a resumir callando, pero mientras tanto sus ojos no paran de reírse también de su silencio.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Los comienzos imposibles

"¿Por dónde empezar?" era la frase con la que empezaba esta nota o entrada cuya primera redacción borré accidentalmente: una torpeza feliz gracias a la que ahora dispongo de una segunda oportunidad con la que demostrar lo bien que encaja mi ego estos estúpidos (por irritantes) golpes del azar que la Informática nos propina en el momento menos pensado. Intentaba exponer allí mis ideas sobre "los comienzos imposibles" o, mejor dicho, sobre lo imposible que resulta un comienzo cualquiera en un texto literario que se precie, razón de por qué la primera suele ser la frase definitiva, la más crucial y recordaba de muchos de ellos (no pondré ejemplos que son demasiado obvios y que vienen de inmediato  a la mente de la mayoría de nosotros). No son pocos los autores que afirman que, una vez pensada y destilada la frase inicial de un relato o de una novela, el resto es pan comido por más extensa y compleja que sea la obra en cuestión. Y entre ellos hay quien dice, además, que si esa frase no contiene el entero espíritu de lo que allí se va a contar, el alma misma del libro que ella abre, entonces sería preferible que este no viese la luz de la publicación porque su calidad no podrá ser mucha y sus lectores perderán el tiempo con su lectura. Por mi parte, yo respeto esa opinión aunque me parece algo radical, si bien no demasiado (yo concedería un margen un poco más amplio, el de una o dos páginas iniciales, para saber si valdrá o no la pena que sigamos leyendo). Si el tiempo es oro en la vida real, más aún lo es, o debería serlo, en el mundo de la ficción, y no deberíamos derrochar nuestra inteligencia e imaginación leyendo literatura convencional, productos fabricados en serie por falsos escritores, por impostores que se ocultan bajo una fórmula de éxito comprobado. Y, del mismo modo, tampoco un escritor que no escriba solo imposturas nos hará perder el tiempo escribiendo frases previsibles que semejan productos salidos de una cadena de producción industrial. Por eso son tan sintomáticos, cara al rápido reconocimiento de la Literatura realmente importante, ciertos comienzos que introducen y resumen de forma modélica la esencia de lo narrado, de lo que se va a narrar a continuación, pero sin proporcionar apenas pistas de la historia que sigue, más aún: confundiéndola adrede, o desfigurándola incluso, para que su descubrimiento posterior nos la haga todavía más sabrosa e inolvidable (no quería dar ejemplos, repito, pero quizás bastaría con que recordarais el comienzo de La Metamorfosis o de La Odisea para haceros una idea aproximada de por dónde voy). Son esos comienzos los que yo llamo "imposibles" porque no es posible leerlos sin sentir, ya de entrada, que hemos sido arrojados a un escenario absurdo, a un paisaje por completo desconocido que, misteriosamente, nos parece no solo familiar sino íntimo, el marco natural de nuestra identidad perdida que, entonces y de pronto, recuperamos por obra y gracias del lenguaje, igual que sucede siempre que nos enamoramos. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Un manojillo de ideas para la siempre urgente reforma de la Enseñanza Básica Obligatoria en nuestro país

¿Qué se puede esperar de un Sistema de Enseñanza Pública que se limita a evaluar periódicamente a sus alumnos, pero no a sus profesores? Cara a poder acabar algún día con el fracaso escolar, ¿no sería más inteligente examinar con estricta regularidad a estos últimos (digamos, por ejemplo, cada tres o cuatro meses) en justa reciprocidad con aquellos a los que, en uso de sus prerrogativas laborales, valoran y califican? ¿Por qué esta estrategia pedagógica se acepta con naturalidad en un sentido y no en el otro? ¿Solo porque sería muy "poco educativo" que un docente con plaza vitalicia suspendiese su propia asignatura, viéndose el Sistema obligado a declararle "no apto", pero sin la posibilidad administrativa de condenarle a repetir curso puesto que, en su caso, lo que le correspondería sería el despido libre y judicialmente procedente, nada más...? Y, en todo caso, ¿por que se considera que el educando es a todas luces un inepto absoluto en términos de desarrollo intelectual y, por tanto, que no tiene la capacidad de usar el sentido común a la hora de opinar sobre cómo reeducar a su educador (una vez este haya sido declarado incapaz, quiero decir)? ¿No sería infinitamente preferible que los educandos participaran activa y responsablemente en el Sistema permitiéndoles elegir, mediante plebiscito democrático, a los pedagogos que sean de su agrado y piensen como él al respecto de la Educación? Si al pedagogo, para ser verdaderamente eficaz, se le presupone el derecho a sentir un mínimo rencor hacia la libertad que es inherente a la Infancia (puesto que esta es la condición personal a corregir en el infante a su cargo), también se le debería conceder a esa Infancia, creo yo, el derecho a refutar la idoneidad de ciertos adultos que, por su propio bien, y con el consabido rigor y profesionalidad, aspiran a reprimirle lo mejor de sí misma, ya que, de otro modo, nunca conseguirían educarla. Si, por lógica y porque es su deber, el buen padagogo ha de odiar hasta cierto punto al sujeto sobre el que opera y actúa, ¿no resulta de una crueldad inaudita privar a ese individuo de todos los medios con los que poder defenderse de su "bienintencionado depredador"? Sería de justicia que la sociedad que pretende atraerle e incorporarle a su seno le consintiera, e incluso le proporcionara, algunos recursos con los que organizar y mantener su defensa, ¿no? A cualquier animal salvaje la Naturaleza le da la oportunidad de exhibir su fiereza cuando lo encierran, y la Sociedad admira, sobre todo, a aquellos que continúan indómitos incluso cuando los barrotes de su jaula ya se han oxidado por el paso del tiempo en cautividad. ¿Por qué, entonces, no hacer lo propio con quienes, por más años que lleven matriculados en un colegio o en un instituto, siguen rugiendo en las aulas y moviéndose de un lado a otro entre los pupitres, sin respeto por las normas y reventando las clases, o sea, cual fieras enjauladas, en efecto? Seamos serios: ¿de qué sirve intentar sedarlos con un castigo ejemplar o una expulsión temporal? ¿No procedería, en cambio, otorgarles en premio un aplauso, eso sí, arrojándolo desde lejos, como quien arroja una carnaza envenenada? Digo yo que se les podría arrojar un aprobado colectivo y, luego, una vez dormidos, extirparles la pelotudez rebelde como si se tratara de una glándula enferma (lo que, por otra parte, acaso sea así en esas edades, donde casi toda la fenomenología orgánica, incluida la típica rebeldía adolescente, está en relación con las concentraciones hormonales y sus repentinas crecidas en el torrente sanguíneo). No digo que esta sea la panacea contra la mayoría de los males de la Enseñanza Obligatoria en nuestro país, pero es posible que con esta medida de aprobar a diestro y siniestro se diera un paso de gigante en tal dirección y, por lo demás, no se perdería nada poniéndola en práctica puesto que, a día de hoy, a buena parte de los escolares españoles les daría igual aprobar que suspender siempre que sus padres no se enteraran. Así que tal vez lo único que precisaríamos hacer para mejorar nuestra posición en el ránking europeo sobre niveles de Calidad en  la Enseñanza Básica sería reservar el derecho de admisión en nuestros colegios solamente a los huérfanos, visto que solo de esa manera ascenderíamos rápidamente en esa lista hasta llegar a liderarla. Y si adjuntáramos a esto una decidida intervención en lo que atañe a los derechos y obligaciones del profesorado, entonces miel sobre hojuelas porque estoy seguro de que el estatuto y la figura del profesor se verían por fin respetados y revalorizados como es debido si a estos, a los profesores: 1º) se les prohibe terminantemente refugiarse en la sala que, de ordinario, el centro educativo les reserva durante los recreos y descansos, y se les insta, en cambio, a que salgan al patio a socializar con su alumnado en igualdad de condiciones o, simplemente, a tomar el aire; 2º) se les retira la obligación de acudir a los claustros en aras de no fomentar el elitismo propio del gremio y la mala imagen que, por lo general, ofrecen todas las reuniones sectarias en que, además de emitirse fatuas contra los disidentes, se toma escrupulosa nota de los ausentes con el reprobable fin de disciplinarlos y penalizarlos; 3º) se excluye de entre sus funciones toda actividad distinta a la de transmitir conocimientos o adiestrar en técnicas y habilidades diversas, quedando, en consecuencia, excluidos de integrarse en equipos directivos u otros órganos de poder administrativo, que estarán compuestos por profesionales ajenos a la Docencia; 4º) se les conmina a estudiar tanto o más que los educandos a los que tutelan teniendo en cuanta que habrán de pasar parecidos controles de evaluación en fechas parecidas, y que, de no superarlos, verán cómo se les descuenta en la próxima nómina un porcentaje equivalente de su salario, que habrá de ser destinado a reforzar el presupuesto de las excursiones anuales u otros eventos lúdicos organizados por sus alumnos; y 5º), en prevención de las depresiones clínicas que se abaten con sospechosa frecuencia sobre su colectivo profesional, cara al futuro se les promete reducir su vida laboral activa a un tercio de la vigente en la actualidad para otras profesiones de riesgo, como bomberos, policías, agentes de seguridad y domadores de circo, al objeto de disminuir el posible aumento de los suicidios entre sus miembros, y vista la enorme cifra de opositores que son candidatos a ocupar sus plazas una vez estas queden libres por causa de un nudo corredizo correctamente apretado.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Meditación a la sombra de un árbol

¡Que diferentes somos, amigo! El desarraigo es mi raíz en la tierra, y es solo gracias a ella que yo me alimento, crezco e, incluso, florezco.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La gran estafa

Sin amor el mundo es plano, solo él le da relieve, crédito, vitalidad. Y lo que digo no es idealismo o amaneramiento propio de sentimental, es una observación realista: solo el que ama existe realmente, pues, a partir de un determinado momento, los demás nos contentamos con ser nuestros propios simulacros, ya simulemos el éxito o el fracaso. Y en esto hay gente que alcanza una enorme maestría: simulan tan bien que hasta consiguen fingir exitosamente su armonía interna y su "indiscutible" felicidad, aunque en el fondo la suya no sea sino otra de las soluciones a medias con las que, andando el tiempo, el desamor humano se contenta y resigna en todas partes, a lo largo y ancho de la Tierra...

miércoles, 30 de agosto de 2017

En homenaje a los discretos

No sé por qué, cuando pienso en los ejemplos vitales de máxima discreción que he conocido, se me viene a la memoria el ocioso poeta Carlos Oroza caminando de puntillas por las calles inmediatas al puerto de Vigo (la imagen que de él conservo me evoca la de uno de esos despistados pajaritos playeros que parecen deslizarse solitarios sobre la arena para ir a suicidarse a toda prisa en el húmedo abrazo de la siguiente resaca),  y la anécdota que me contaron sobre la inspiración que dio origen al verso más atinado que se ha escrito a este lado del mundo: "Actividad... ¡qué pena!": una conclusión certera y radical que, al parecer, sacó un día en que, buscando desesperadamente un amigo con el que hablar, descubrió que todos estaban trabajando en sus respectivos empleos y ninguno podía atenderle... ¡Ay! A rebujo de su recuerdo me pregunto cuánto sufrimiento callado no habrá de soportar un hombre que no ha nacido para ser útil, y cuánta no será la incomprensión que, fingiendo compadecerle, le separa del necio continente humano que a su alrededor se conjura para aislarle... Carlitos se fue el mismo año en que mi querido J.L. me anunció su final con esta frase de humor negro que algunos (me temo) juzgarán poco menos que escandalosa: "Solo me queda ya uno de mis dos pulmones para seguir fumando". Naturalmente, de ambas agonías casi nadie se enteró porque los más grandes, para no molestar, se van siempre en silencio y sin salir de su rincón... 

domingo, 27 de agosto de 2017

Ecuación posesiva

Si no haces lo que te pido, si no me das esto que yo quiero, no existes para mí y, en consecuencia, no permitiré que sigas en mi vida, trastornándola, torturando mi orgullo con tu presencia que no cede a mis dictados, que no se pliega a mis deseos. A esto llamo yo "Amor", con mayúsculas, puesto que amar es para mí una consentida pertenencia mutua que jamás se desvía desobedeciendo, a la larga, las promesas hechas un día y los sentimientos declarados entonces, sentimientos que, por su misma naturaleza, eran o se creían inmutables, no debiendo cambiar con el tiempo salvo que uno de nosotros dos fuese un cobarde traidor, un alma que flaquea, cosa que todo el mundo sabe que yo no soy ni seré y, por tanto, por simple descarte, ya sabemos todos a quién define. No me pidas, pues, que sea tu amigo/a porque el único concepto que yo entiendo es el del amor-odio y, si bien puedo ser conjuntamente ambos términos de la ecuación, el amante que ama y odia a la vez, no puedo ser amigo solamente ya que eso sería imposible para alguien que no sabe simular ante nadie... como es mi caso. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

El gran suceso de cada día

Para la juventud los otros, los demás son el verdadero acontecimiento. En este sentido, yo me esfuerzo en mantenerme joven, aunque las más de las veces haya de exagerar un tanto mi sorpresa para lograr que alguien me sorprenda de veras. Con el paso del tiempo, la maravilla del otro se vuelve un fenómeno óptico cada vez más extraño y escaso, y muy pocos de nosotros, los así llamados "viejos", somos capaces de percibir ya la vivaz y exótica ráfaga de color que atraviesa sobrevolando la espesura mientras, a nuestro alrededor, el sol de la vida se pone poco a poco. Para nosotros, el único suceso realmente sorprendente es nuestro propio pensamiento y solo frente a él no tenemos que esforzarnos en fingir la sorpresa que despierta en quien ya casi no lo está toda aquello que vive todavía en su máximo esplendor y plenitud. Solo la belleza esquiva del propio pensamiento conserva hoy, para nosotros, aquel rango de acontecimiento supremo que tenía antaño un cuerpo joven o la felina aparición de una mirada inolvidable en la mediocre espesura cotidiana, y solo él es hoy capaz de excitarnos del mismo modo, de suspendernos en el aire como plumas elevándonos al infinito, de, por un momento, hacernos volar como pájaros y pensar que, a pesar de los pesares, no somos mortales, no señor...

jueves, 10 de agosto de 2017

La escasamente cómica tragedia del "borracho de amor"

   ...Es como en aquel chiste del borracho que ha perdido la llave de su casa en una calle oscura y, en vez de ponerse a buscarla allí mismo, en el preciso lugar en que la perdió, no lo hace hasta que, tras dar la vuelta a la esquina, se disipa de pronto la cerrada oscuridad que reina a su alrededor, y él se descubre bajo el haz de luz proyectado por una farola: solo entonces se agacha y arrodilla para examinar cada centímetro de acera iluminado con la absurda esperanza de que la llave perdida aparezca donde, en realidad, nunca se perdió, convencido de que ese objeto tendrá tal gentileza en consideración al confuso estado mental en que se halla su propietario y a la extrema dificultad que él tiene para buscarlo a tientas en donde nada se puede ver....
   Así, de esa misma manera desesperada, mágica y absurda, suelen buscar los ciegos hombres el amor que perdieron en algún punto tenebroso de sus vidas: como si siempre pudieran recuperar la llave de su hogareña felicidad bajo el foco de otro corazón, en ese bello círculo de luz que, cuando menos se piensa, aparece a la vuelta de cualquier esquina, y no exactamente donde la perdieron, es decir: allí donde el suyo se quedó por completo a oscuras.

sábado, 29 de julio de 2017

Tras la tempestad

Buscando sin desmayo el amor, ofrecí y, en correspondencia, exigí, la mutua consagración, la más fuerte voluntad de mantenerse fiel, y la rústica dureza de criterio en relación a los sentimientos que es propia de los caracteres obsesivos o intransigentes. Pero al cabo, cuando el viento comenzó a soplar como nunca antes lo había hecho, la vida me enseñó que allí donde el acero se quiebra siempre aguanta impertérrito el flexible junco... 

viernes, 28 de julio de 2017

De la paciencia y otros hurtos menores

Llevo esperando desde primeras horas de la mañana ante esta ventanilla virtual que es la pantalla de un ordenador, más, hasta ahora que se acerca el mediodía, he sido incapaz de robarme a mí mismo un solo pensamiento, y menos uno que valga su peso en oro: como en ciertas oficinas de atención al público, últimamente sospecho que mi corazón y mi cerebro cuentan, ya sea en común o por separado, con un sistema de apertura retardada que los protege de ladrones como yo, y de ahí que me vea obligado a armarme de paciencia para dar el golpe con el que, de una vez por todas, ganarme el respeto dentro de mi profesión. ¡Y qué se le va a hacer! ¡La vida no es fácil para alguien que vive gracias al saqueo constante de sus propias "cámaras acorazadas", sobre todo cuando estas empiezan a estar demasiado a menudo vacías y él no es precisamente un artista organizando esta clase de latrocinios que no hacen famoso a nadie o casi nadie, y que, para más escarnio todavía, ni siquiera le dan otra satisfacción que la derivada de su mayor o menor habilidad para hallar la clave con la que abrirlas!

jueves, 20 de julio de 2017

Antes cualquier cosa que contigo

Hay algo peor que no encontrar nunca a tu alma gemela, y es que al fin la encuentres tan susceptible y desconfiada por culpa de las falsas promesas de otros canallas como tú, que de largo prefiera venderse al diablo en las rebajas antes que tener que ver contigo en lo más mínimo...

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuento un poco menos augusto pero mucho más probable

Me desperté y vi que, efectivamente, seguía estando allí. Entonces comprendí que, en realidad, nunca lo había soñado sino que todo había sido un cuento: el hecho demostrado de que yo no fuese, en el fondo, un dinosaurio, la fantástica teoría, sufragada y fomentada por el gobierno mejicano con fines de promoción turística, de que en alguna parte de su territorio había caído un meteorito gigante, y, por supuesto, el extendido rumor de que, a este, los científicos mundiales querían ponerle de nombre "Monterroso"...

lunes, 10 de julio de 2017

El octavo pasajero

En el fondo de casi toda voluntad creadora existe un instinto de muerte o sustrato neurótico que, siempre o periódicamente, quiere huir de sí mismo como de la peste: es durante esa huida imposible que el individuo afectado crea, hace surgir del abismo caótico de su concreta humanidad aquello que le engrandece y le arruina a la vez, en la medida que solo asomará desde esos fondos si se encarama sobre sus hombros, en consecuencia, solamente y en tanto en cuanto le hunda a él en ese caos un poco más de lo que ya está. Así emerge, saca la cabeza, el "artista" que hay en nosotros, es decir, como el invencible alien que nos parasita, siempre en perjuicio del hombre o la mujer que somos, de la vida que podríamos, y hasta deberíamos, haber vivido de no ser por esa fatalidad tan bella como feroz, tan agresiva como deslumbrante y extraordinaria...  

sábado, 8 de julio de 2017

Opositando a la santidad

Va siendo hora de que lo confiese: ni puedo mantener un trabajo cuyo único sentido para mí está en el salario, ni jamás supe cómo ganar dinero de otro modo... Es evidente que, si la inutilidad fuese una de las virtudes cardinales, tendrían que canonizarme.

viernes, 7 de julio de 2017

Ateísmo crónico

Si mi ego no comprende ni, en el fondo, acepta el por qué de su fin, ¿qué Dios podrá salvarme de mi desconsuelo y en que Cielo descansará mi orgullo de su inmortal soberbia humana...? No creo, Señor, en tu extendida fama de Todopoderoso, y más bien pienso que eres un vendedor de "crecepelos" que, después de estafar con su variada gama de elixires a una inmensa clientela de calvos y alopécicos, no tendrá tampoco escrúpulo alguno en intentar venderles un peine cuando se echen las manos a la lironda cabeza.

jueves, 15 de junio de 2017

La épica como destino

Uno no entiende realmente el verdadero significado de la libertad hasta el momento en que, casi sin saber cómo, por el simple hecho de ser quien es, concita a su alrededor la incomprensión general. A partir de ahí da comienzo la batalla más crucial de nuestra vida, la única que cuenta y hay que ganar como sea, incluso al precio de antes tener que morir masacrados...

martes, 13 de junio de 2017

Luego hablamos

Si te digo la verdad mentiría porque solamente será mi verdad. Así que no hay escapatoria: siempre es mejor callarse. Y sobre todo lo es cuando uno no puede ser sino sincero. De ahí la respuesta del sabio a su discípulo: "aprende a tragarte la lengua y luego hablamos".

sábado, 10 de junio de 2017

Mi "padre", Haruki Murakami

Lo primero que debo expresar en su honor es mi profunda convicción de que entre un padre y un hijo no tiene por qué haber una genética en común (más todavía: que no debería haberla si el padre desea de veras que su hijo le honre como tal). Y después me urge aclarar, asimismo, que yo no soy japonés y que, por tanto, jamás podré entender algunas peculiaridades culturales de los que sí lo son (por ejemplo: su estrategia sindical de "castigar" al empresario que los emplea trabajando gratuitamente y a destajo a la hora de reivindicar derechos de cualquier especie, incluso el derecho a la pereza que, dicho sea de paso, si no se halla todavía en lo más alto de la lista de los Derechos Humanos, no sé a qué espera la ONU para elevarlo a ese privilegiado lugar). Cuando digo "genética común" digo que yo no tengo ni su sangre ni sus genes literarios, y que él quizás no sea realmente japonés a pesar de que se llame Haruki Murakami (sí, como el famoso escritor, habéis leído bien). Naturalmente, yo no sé quién le puso a él este nombre, lo único que sé es que no fue mi abuela: una mujer que (doy fe) tampoco era en absoluto sospechosa de ser japonesa. En realidad, ni siquiera sé si el nombre de Haruki Murakami es originario del país del sol naciente, y no oriundo de Galicia, por ejemplo. Podría ser que Haruki fuese un diminutivo en desuso de Xurxo (o sea, de Jorge); ¿por qué no? O que Murakami fuera un gentilicio de cercanías que designa a los nativos que viven cerca de "Murakachi": una aldea nipona, completamente hipotética, que podría radicarse a la vez en dos hemisferios y, en consonancia con esta doblez, pertenecer a cualquiera de las cuatro provincias gallegas si Galicia misma resultara ser, a la postre, una emigrante provincia japonesa integrada en el Occidente Europeo.  Así que ese nombre, el nombre de mi predilecto padre literario, podría traducirse tal vez como  "Jorge, el de los alrededores de Muracachi" (ello si nos tomáramos la licencia de occidentalizar la letra "K" que, obviamente, denuncia la estirpe bárbara de las gramáticas orientales). En este contexto, y rizando el rizo, podríamos extender incluso este impulso civilizador inherente a la Filología y civilizar también su nombre dejándolo en Haruci Muracamí que es menos agresivo aunque, eso sí, mucho más ridículo. (Como es natural, yo no voy a hacer semejante cosa porque, por bárbaro que sea, el de Haruki me gusta más, infinitamente más).
Volviendo al inicio: yo no creo que un hijo deshonre a un padre por sistema (por el simple hecho de compartir parte de sus genes, quiero decir). Sin embargo, para no correr riesgos, siempre será preferible que entre ellos no haya nada en común y que ni tan siquiera se conozcan de vista. Haruki Murakami, por ejemplo, no sabe ni que existo y estoy seguro de que tal desconocimiento le honra más y mejor de lo que yo haría jamás si llegáramos a conocernos. Y a la recíproca: a mí su paternal protección a distancia me ha salvado la vida en, al menos, un par de ocasiones, con la ventaja añadida de que, en su día, no tuve que agradecérselo en persona al no saber de él ni cuál era su apariencia física. La primera vez fue cuando, inmerso en un angustioso problema de salud, cayó en mis manos su novela 1Q84, un libro de esos que se hacen nuestros amigos enseguida, desde la primera página, y que me ayudó a no obsesionarme con el mal que, de repente, había colonizado mi organismo de una manera tan amena e inverosímil como, a veces, lo era también el argumento de esa obra. A mí siempre me pareció que aquella (1Q84) era la obra de un obrero, de un artesano de la Literatura, sin que eso la hiciera menos valiosa, ni a su autor menos admirable, pues a mí, construyan lo que construyan, siempre me agradarán sobremanera los habilidosos artesanos, ya construyan muebles, vasijas, laúdes, e incluso novelas cuyo mecanismo interno es el de las cajas de música ya que, nada más abrirlas, emiten siempre la misma melodía pegadiza que canturreamos entre dientes casi sin darnos cuenta y sin saber cómo quitárnosla de encima. De esta forma fue cómo supe que la figura paterna que mi vocación de escritor siempre había estado buscando residía en el Japón, y que no se trataba de un genio (como en mi innata soberbia, y desde que era un niño, había supuesto) sino de un humilde artesano que trabajaba a la japonesa, es decir: sin dejar caer nunca la pluma, sin hacer un solo día de huelga, al menos no como nosotros, los occidentales, la entendíamos. Él, Haruki, era el espejo en el que yo debía mirarme, la imagen que debía copiar hasta conseguir reproducirla en sus mínimos detalles, hasta que todos pudieran concluir para sus adentros, demudados por la sorpresa: "¡Pero si es su vivo retrato...!". Ahora bien, yo no era su descendiente directo y, en consecuencia, mi aspiración a convertirme en su mímesis europea era absurda por imposible: jamás podría imitarle hasta ese punto, hasta alcanzar respecto a él un parecido de esa clase, el asombroso parecido que, sin apenas esfuerzo, nos devuelven los espejos. Fue en ese crítico momento, en medio de esta desesperación, que advertí y comprendí el clásico error filial que conduce a la ruina psíquica y moral de tantos y tantos hijos: no era necesario, ni conveniente, parecerse en grado alguno a un padre para honrarle como Dios manda. Al revés: era preferible diferenciarse de él hasta tal grado que nadie pudiera reconocer nuestro parentesco, el innegable vínculo de filiación que nos unía.
La segunda vez que "papá" Murakami me salvó la vida hacía ya algunos años que yo había imitado su valiente decisión de abandonar su trabajo de hostelero para dedicarse a escribir a tiempo completo. Por supuesto, y para no imitarle más que de un modo superficial, la mía, mi decisión, no había sido, ni por asomo, tan valiente como la suya, ya que yo (me avergüenza confesarlo) contaba con un respetable colchón de euros para amortiguar el golpe a la propia economía que tal decisión implicaba. No obstante, y como buen hijo que en nada se parece a su padre, instintivamente yo había querido honrarle haciendo lo mismo que él había hecho aunque fuese de una manera mucho más cobarde, poco menos que a la manera en que lo haría un señorito perezoso que se aburre de no tener nada que hacer en la vida salvo contarle al resto del mundo lo que le pasa por la cabeza. Repito, pues, la argumentación que he venido sosteniendo en los párrafos anteriores: en cuanto innegable hijo suyo, yo no me parecía en absoluto a él puesto que yo, al contrario que cualquier japonés, nunca me cansaría de reclamar a cada instante mi derecho a la pereza que, por otra parte, desde siempre sentía como algo consustancial a mi naturaleza (me explico: yo era un vago desde la cuna, un habitáculo que, según todos los testigos, tardaría en abandonar dos años y medio en una muestra temprana de mi posterior inmovilismo vital). No hay ni que decir que esta lamentable serie de antecedentes habían hecho mella en mi carácter, dotándolo de cierta tendencia a la culpabilidad, y eso redundaba en que yo no era capaz de tomar decisiones con total tranquilidad de conciencia: un defecto que a menudo me dejaba a expensas del más molesto de los arrepentimientos. Y he aquí donde la intervención de mi literario padre adoptivo iba a resultar de nuevo providencial...
Si es que existen las casualidades, que lo dudo, me atrevería a decir que ocurrió por casualidad: yo estaba de vacaciones (lo que en mi caso significa que estaba descansando solo un poco más de lo habitual) en casa de un amigo mío en Barcelona, y había ido a desayunar a un bar del Borg, como hacen por allá buena parte de los bohemios ociosos que lo son por una inocente inclinación anímica no del todo exenta de raíces pequeñoburguesas. Había comenzado a dar cuenta de la ensaimada cuando, en el periódico que estaba leyendo, me topé con una entrevista que acababan de hacerle a mi modélico padre japonés. En ella, Haruki Murakami hablaba de la incomprensión de la Crítica, en general, y en particular de la que le mostraban sus compatriotas, quienes le negaban sistemáticamente el mayor premio de las letras japonesas por su (supuesta) "falta de calidad", o sea: por no ser, lo que se dice, "un genio de la Literatura". Entonces, a continuación de interrogarle sobre las obligaciones a las que ha de plegarse el escritor en su profesión, el periodista le recordó una frase que él mismo ya había dicho a este propósito: "Más que un artista, el escritor tiene que ser un hombre libre". No recuerdo cuál fue la respuesta de Haruki al oportuno comentario hecho por su entrevistador, pero sí cuál fue mi reacción a la lectura de esta frase: de pronto sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima, luego de haber vivido aplastado por él durante décadas. Según el ilustre entrevistado no era necesario ser un artista para escribir, solo era necesario sentirse lo suficientemente libre como para otorgarse a sí mismo el derecho a hacerlo a pesar de las machaconas advertencias de los demás, incluidas las de aquellos que nos quieren tanto que no soportan ver cómo desperdiciamos nuestra vida apostando a ese caballo perdedor que es el Arte, en general, y la Literatura en particular. Así pues, para Haruki lo importante era tener la voluntad o la actitud que es propia del artista aunque, para escribir, no hubiese la menor necesidad de serlo realmente, puesto que bastaba con trabajar entregándose al placer que nos daba esa tarea en especial, exactamente igual que hace un humilde artesano. No había que ser un genio, solo había que insistir lo suficiente trabajando en una obra, en cualquier obra, hasta obtener un acabado inconfundible, "marca de la casa", que resultara equiparable a la genialidad. Ese era el secreto, un secreto de lo más sencillo para un japonés que, desde antiguo, estaba acostumbrado a redoblar el tiempo que dedicaba a trabajar cuando quería ir a la huelga... 
Pero tal vez no fuese tan sencillo para alguien que, por encima de todo, amaba la holganza sobre cualquier otra actividad, incluida la primaria de escribir. Yo ya sabía entonces que, en su mayor parte, su método para llegar a ser un gran escritor no iba a serme útil a mí porque, atendiendo a sus postulados, lo primero que uno tendría que hacer para lograrlo era renunciar definitivamente a las vacaciones (y no solo al preceptivo mes de veraneo, sino también a los puentes y a los fines de semana que jalonan el calendario laboral a lo largo del año). No obstante, sí que podía aprovecharme de aquella segunda renuncia aconsejada por su maestría (la de aceptar, sin falsa modestia, el hecho de no ser un artista) para intentar escribir algo que valiera la pena leer por más que no alcanzara la categoría de "arte" objetivamente hablando. Como ya dije, hasta ese momento yo había vivido aplastado por una culpa secreta al intuir que no era un artista y, en consecuencia, creer que no tenía derecho a actuar como tal, o sea: obedeciendo, con apasionada tozudez, a ese impulso heroico de ser quien se quiere ser, y ello en aras de un simple principio de placer y a riesgo de no ganar apenas para comer. Gracias a Haruki, sin embargo, esa pesada losa bajo la que yo vivía enterrado y alimentándome de mi propio cadáver (es decir: más o menos como vive el gusano bajo una lápida) había saltado por los aires para ser arrojada lejos, muy lejos, y, de golpe, mi alivio se había vuelto casi tan grande como mi renacida ambición literaria. De pronto y gracias a él, a mi padre predilecto, ya no me importaba saber si era o no un artista porque lo único importante para mí era escribir y, como escritor, no ponerme en huelga cada dos por tres en uso de mi derecho inalienable a la pereza... 

lunes, 5 de junio de 2017

Cosmología platónica

Igual que en el centro de muchas galaxias, se diría que algunos humanos tienen también algo parecido a un agujero negro en el corazón del ser (llámalo como quieras: un hambre, un vacío, una nada) que lo succiona todo y lo hace desaparecer en la infinitamente densa e infinitamente oscura anti-materia de que está hecho, y que, en el fondo, no es más que la forma más espiritual de la destrucción, de la auto-destrucción: un coágulo feliz de No-Tiempo, un microinfarto de eternidad en las ya ancianas arterias coronarias de Dios, la concreta apoplejía estelar que, según el sabio Platón, estuvo en el origen de cada alma inmortal que cayó de las alturas...

domingo, 14 de mayo de 2017

El buen neurótico

La de vivir es una acción ágrafa, y su sensación no digamos. No quiero decir con esto que el analfabeto "viva" más que nadie, sino que la sensación de vivir tiende a considerar inútil la escritura, a mirarla por encima del hombro, a no practicarla. Es una convicción común que, en cierto modo, el que escribe no actúa, puesto que el verdadero hombre de acción prefiere hacer lo que sea a ponerlo por escrito. Mientras que al escritor, en cambio, le pasa todo lo contrario: por lo general, él prefiere escribir de cualquier "tontería" antes que hacer cualquier cosa útil. No entraré en la cuestión moral de qué actitud es mejor porque cualquiera con dos dedos de frente no tiene la menor duda al respecto. ¿O es que cualquiera no piensa que, en realidad, solo un tonto amoral preferiría reflexionar por escrito sobre el acto físico de amar en vez de hacer el amor, simplemente?... El verdadero escritor, sin embargo, lo prefiere, y esto lo dice todo sobre él (al menos en cuestión de moralidad). Para el verdadero escritor es preferible escribir que vivir, por más que, como buen neurótico que es, no desee en el fondo otra cosa que huir de su escritura. Entre vivir y escribir, tampoco para él hay color y, sin embargo, él abraza el gris invasivo de su propia existencia en aras de la Literatura, despreciando, por ágrafa, la sensación de estar vivo que le proporcionaría hacer cualquier cosa distinta de la que hace. Ese individuo, repito, no quiere lo que desea, y viceversa, por lo que nunca podríamos saber a qué juega si solo se limitase a actuar; pero, por fortuna, y como ya dijimos, apenas actúa y gracias a eso sabemos quién es... O, mejor dicho, quién no es. No es, desde luego, un adulto sano que trabaja confiadamente por acercarse a la vida y participar de ella mediante acciones eficaces que redunden en beneficio de sí mismo y de los demás. Al revés: si algo es, es más bien un niño enfermo de los nervios, un inmaduro permanentemente angustiado cuya secreta actividad le convierte en alguien siniestro para todos sus amigos y parientes (la mayoría de los cuales, por otro lado, querrían librarse de él y, para su desgracia, nunca sabrán cómo).

viernes, 12 de mayo de 2017

Una advertencia básica

"Tener un proyecto que materializar sobre un papel no supone necesariamente tener un proyecto con el que realizarse en el mundo". La advertencia anterior puede parecer superflua por obvia pero la verdad es que, por muchas veces que se repita, nunca será bastante. Al igual que se reza una oración al acostarse, o que se recita de corrido una sura o un mantra, constantemente uno debería recordarse a sí mismo este principio elemental de la Literatura si, por encima de todo, desea ser escritor.

Cuestión de higiene

Uno de los amaneramientos más admirables que adopta la generosidad humana es el de provocar la risa, la vocación de hacer reír a los demás. Ahora bien: quien la tenga, quien tenga esa noble voluntad ha de recordar siempre que no hay nada más triste que pasarse la vida haciéndose el gracioso, explotando sin pudor alguno el propio ingenio. Por tanto, de vez en cuando le convendría sobremanera cambiar radicalmente de amaneramiento y mostrarse afectado por una profunda gravedad de carácter reflexivo, lo que se conoce vulgarmente como "ponerse serio". En definitiva: es una cuestión de higiene moral y mental.

jueves, 4 de mayo de 2017

Muérase usted, si quiere

En 20, 30 o 50 años, según sea el grado de optimismo entre los científicos, estaremos en condiciones de detener el envejecimiento y, por tanto, de curar la muerte. Al parecer, es ya un hecho inevitable: esta, la muerte, pronto pasará a mejor vida. Lo afirman los Primeros Padres de la Post-Humanidad, los gurús de la Nueva Era que sucederá a la de Piscis, donde es bien sabido que un hijo del Hombre se auto-proclamó Dios con la generosa intención de salvarnos, pero en la que, a su término, nadie tendrá que pensar nunca más en el problema espiritual de la Salvación. En 20, 30, 50 años a lo sumo, coincidiendo con el final de la pandemia de mortalidad que lleva azotando a las distintas razas humanas desde tiempos inmemoriales, el sacerdote y el creyente, el pastor y su oveja, se extinguirán en todas partes, igual que mucho antes lo hizo el Neandertal, pues ya se sabe que la Evolución desconoce la piedad y que la Religión se inventó para domesticar a esa fiera que devoraba, una tras otra, las generaciones. El hombre de fe será entonces un eslabón perdido más en la larga cadena de la especie y, naturalmente, solo tendrá interés para los antropólogos. Al hombre de fe lo sustituirá el robot doméstico, quien por dogma habrá de amar al Hombre sobre todas las cosas, al menos hasta que también aparezcan entre ellos los ateos. El siguiente Pueblo de Dios es el de las máquinas que, a su vez, caerá en sus propias herejías y se dividirá en múltiples sectas fundadas, aquí y allá, por cualquier profeta cybord que se crea un iluminado. Estamos a punto de dar el salto más grande jamás imaginado, a punto de ser cerebros imperecederos que gozarán del privilegio de elegir un cuerpo a la carta, uno que no sufre deterioro, que se mantiene libre de enfermedades y pleno de fuerza, como el que hoy en día solamente poseen los jóvenes veintañeros. ¡Alegraos, mis queridos congéneres! Vamos a vivir indefinidamente salvo que una viga nos caiga en la cabeza, o que nos atropelle un vehículo futurista que, para desgracia nuestra, no precisa ya de un torpe conductor humano o humanoide, o salvo que, a pesar de todo, prefiramos morir, por supuesto, pues se supone que el sistema político mayoritario en el mundo que viene seguirá siendo la Democracia y, en consecuencia, se mantendrá el respeto a la opinión de las minorías por muy estúpidas que sean (como sin duda sería el caso de los espíritus rebeldes que continúen empeñados en palmarla antes que en proseguir vivos, con el consiguiente riesgo de llegar a aburrirse por tener que abrochar y desabrochar botones eternamente). ¡Adiós a las necrológicas y a las estadísticas fatales del Alzheimer, del Cáncer y del Parkinson! ¡Adios a los cementerios y a los funerales, a las despedidas lacrimógenas y a los homenajes póstumos, a los epitafios y a las elegías fúnebres que tanto entusiasman a los compungidos deudos, sobre todo a los más hipócritas! ¡Adiós al luto y a todo lo que conlleva: las caras largas, los ojos tristes, las palabras entrecortadas, los nudos en la garganta! ¡Adiós a los adioses definitivos y absurdos de los amigos que se van al otro barrio sin avisar, haciendo mutis por el foro! ¡Adiós al hoyo reservado para el muerto que no tuvo la precaución de criogenizarse a tiempo! ¡Adiós! ¡Adiós a todo eso que constituía nuestra imperfección humana más sobresaliente y que, en breve plazo, no será más que un atavismo propio de nostálgicos y de retrógados! La muerte agoniza a pasos agigantados en los laboratorios del planeta y ya nada volverá a ser lo que era sin su latente y tácita amenaza de gran matona universal. En pocos años la vida dejará de tener una rival a su medida y, entonces, cobrará por fin sentido el desafiante reto que, con su ejemplo, lanzaban al aire los ingenuos héroes al exhalar su último aliento: "¡Oh muerte!, ¿dónde está tu triunfo?". Literalmente, ese tan repetido como incontestable triunfo se acabó para los afortunados individuos que, actualmente, no sobrepasan los cuarenta años, puesto que un sencillo cálculo matemático así lo determina: si ellos no lo desean, no tendrán que pasar por ese trámite que para el resto de nosotros es todavía obligatorio. Tal vez alguno piense que tal diferencia o distinción es profundamente injusta al deberse a un simple límite de edad; pero, si lo piensa, debe recordar que la misma injusticia padecieron los millones y millones de enfermos que murieron el día anterior a que se descubriera el remedio para su concreta enfermedad. A lo largo de la Historia, ningún progreso o derecho alcanzado por el hombre tuvo jamás carácter retroactivo y este, el de vivir indefinidamente, tampoco lo tendrá. Así pues: solo vivirán para siempre aquellos suertudos que aún no hayan experimentado en sus carnes la primera gran crisis existencial, la de los cuarenta (eso, claro está, en el supuesto de que, por el camino, no les mate un rayo o cualquier otro accidente tonto). Durante las próximas décadas serán ellos y solo ellos los que, poco a poco, comenzarán a tomar conciencia de las ventajas e inconvenientes reservados a los inmortales y, aunque no sería demasiado extraño que más de uno se suicidase a la vista del panorama, lo cierto es que la mayor parte seguramente se sentirá un elegido de los dioses, ya que al fin y al cabo se hallarán por primera vez a su altura, en efecto. Pero da igual cómo se sientan porque, de hecho, lo serán (dioses) por más que continúen caminando al lado de los simples mortales mientras dure la transición hacia el Nuevo Orden que surja de la Post-Humanidad. Durante esa gloriosa época de transición ellos y nosotros, los condenados a morir, seguiremos siendo, en teoría, hermanos de la misma camada, si bien solamente ellos podrán proferir con absoluta pertinencia y legitimidad esta escandalizada frase cuando algún cenizo mortal, algún patético fósil viviente de la Era anterior, se lamente de su inevitable destino en su presencia: "¡No me dé más el coñazo con ese rollo tristón sobre la muerte, señor mío: muérase usted, si quiere!".

viernes, 21 de abril de 2017

De la especie maldita

Una literatura que no tiene eco en la sociedad en que se concibe y crea es una especie sin cuerpo, o un cuerpo sin apariencia tangible y visible, y, por tanto, prácticamente sin existencia, en parecida medida a la de los fantasmas que no se dejan ver o no consiguen manifestarse siquiera como una helada ráfaga de vaho evanescente. Y, como todos sabemos, no existir es la condición maldita por excelencia, la condición ilegítima, la no legitimada, aunque no tanto por la luz del mundo como por la mirada de los otros, pues son ellos, los demás, quienes pueden certificar nuestra existencia, además de darle validez. Se deduce entonces que escribir es una maldición mientras lo escrito no se vea bendecido por, al menos, un par de ojos lectores que no sean, naturalmente, los del escritor. Así pues: sin un par de testigos imparciales que declaren a nuestro favor, escribir no solo es un crimen sin castigo que quizás acabe destruyendo al autor, sino un oficio propio de malditos a los que, por razón de salud pública, cabría aplicar la pena capital que conlleva lo inédito de no habérsela aplicado ya, previamente, ellos mismos. Porque, en el fondo, el maldito ama su malditismo y de ahí que realmente no desee publicar, ya que, de hacerlo y seguir concitando la indiferencia general, ¿cuál sería su excusa, cuál su coartada? En el fondo, él siempre amará más el sueño insomne de ser que alguna vez ser, de facto, lo soñado, y de ahí que no quiera, ni por todo el oro del mundo, dejar de soñar lo que sueña, aunque sepa que un sueño del que uno no se despierta jamás es, por definición, la realidad de la muerte.

miércoles, 19 de abril de 2017

Cuando sentir es inútil

¿...Y qué importan mi enorme voluntad, mi gran inteligencia y mi talento natural ahora que te vas para no volver? ¡Ya, ya sé que cualquiera de esas cosas es, a la larga, más importante que el ingenuo amor que, creyéndose inmortal, muere de todas formas, y casi siempre antes que nosotros hagamos lo propio! Pero, aún así, ¿qué pueden importar mis mejores virtudes o mis peores defectos cuando, forzosamente, he de aceptar quedarme solo para que tú puedas aceptarte a ti misma ya estés a solas o en compañía? En realidad, vida mía, ¿qué importa nada ahora que te ves obligada a ser cruel conmigo para que la tuya, tu vida, tenga una nueva ocasión de serte amable todavía? ¡Ah si pudiera podar, uno tras otro, mis cinco sentidos ahora que ya no van a servirme de nada puesto que, muerto el amor, sentir es inútil...! Pero tampoco esto está a mi alcance porque un sexto sentido me lo impide al recordarme que hasta en lo inútil hay una cierta belleza, y que mi deber es buscarla ya que a eso me dedico: a perseguir lo bello mas allá de cualquier utilidad y de que, en su persecución, me sienta yo un poco más feliz, o, si se quiere, menos desgraciado...

sábado, 15 de abril de 2017

Poca broma

La vida es vengativa como buena mujer apasionada: si un día se te ofrece y la rechazas, no dudes de que te hará pagar ese desaire más pronto de lo que crees y con la misma moneda (que, por supuesto, antes se habrá devaluado para que, dentro de lo posible, te salga aún más caro).

domingo, 9 de abril de 2017

Apocalipsis dominical

No hay nadie en la calle: es domingo y la ciudad aún no se ha levantado. Ni un ruido de motor, ni una voz, ni siquiera un trino: hasta los pájaros parecen haber renegado de su canto en este día de primavera por no interrumpir el pesado sueño de la ciudadanía. Hasta mí solo llega el rumor de la fuente pública en la plaza cercana, y es entonces, entre suspiros de admiración, que pienso para mí mismo: "¡qué bien suena esa música, el reiterativo compás del agua al caer limpiamente y en solitario, sin el acompañamiento coral del zureo de las palomas! ¡Oh, Dios, cuánta razón tiene el misántropo! ¡Cuánto bien hace al alma la ausencia absoluta del hombre cuando contemplamos en silencio su obra! ¡Que hermoso el mundo y qué bella la vida sin la especie a la que pertenezco!"...
Naturalmente, sé muy bien que este instante mío es pasajero y que, al contrario que Goethe, yo no voy a pedirle que se detenga para que la "calamidad" hombre no reaparezca tan pronto en la piel de un borracho trasnochador que vuelve dando tumbos a casa o en la de una beata que hace méritos ante su párroco acudiendo a misa a primera hora de la mañana. No lo haré porque sé que yo mismo, mi mirada, es parte de esa calamidad y que, en consecuencia, debería cerrar mis ojos y volverme a la cama para contribuir con mi inconsciencia a la belleza que tanto admiro, puesto que hay veces en que, como miembro consciente de la humanidad, hasta aquel que quisiera ser solamente testigo está de más aquí, entre ella...
Pero, si está tan claro que el hombre sobra como figurante en el escenario de su propia creación para que esta pueda conmovernos a fondo, ¿por qué la especie entera no se esconde más a menudo bajo las sábanas, librando así al mundo físico del grosero espectáculo de su actividad que, de todos los grandes defectos de su naturaleza, es el que más pena da a un alma sensible como la mía? ¿Será que, como la de las ratas reunidas en un barco que se hunde, la instintiva y gregaria especie humana no sabe cómo estarse quieta, rumiando la vida en un plácido y dulce far niente mientras aguarda por ese otro barco fantasma (el del Apocalipsis) que viene a su rescate? Y ahora que hablo del Apocalipsis, ¿no será esta, en realidad, la hora de la semana apocalíptica por excelencia, y yo una especie de Noé superviviente de otro diluvio universal? ¿Por qué, sino, soy el único individuo que parece haberse levantado a deshoras en este domingo, es decir: el día en que la entera humanidad a la que pertenezco reposa de su fea laboriosidad semanal desapareciendo al unísono de la superficie terrestre, como si, de cierto, hubiera sido exterminada por un castigo divino?...  
Aunque también es posible que haya caído ya la bomba de neutrones y que, al no seguir la actualidad, yo no me haya enterado. Sí, tal vez eso lo explique todo a gusto de todo el mundo. A saber: que sea yo la leyenda póstuma de una especie extinta y que por eso esté aquí completamente solo, admirando en silencio las aceras vacías, sin vida de ninguna clase, y espiando los sonidos inarticulados de un mundo despoblado de hombres, sintiéndome, por decirlo así, "el último dinosaurio vivo sobre el planeta"... ¿Por qué no?

viernes, 7 de abril de 2017

Reivindicación del traidor

Lo único que podría salvar al traidor es su mala memoria, pero justamente es de eso de lo que priva la traición, ya que no olvida quien quiere sino quien puede: cuando uno traiciona a alguien se convierte en otra persona (no necesariamente peor), y uno puede olvidar casi todo menos el momento en que dejó de ser el que era. Por eso el suyo es el personaje más trágico, al tiempo que el más necesario para que avance una historia (cualquier historia). O sea: para que esta progrese y se cumpla. ¿Qué sería de Cristo sin Judas, qué de César sin Bruto, y qué de cualquiera de nosotros sin aquel que nos apuñaló por la espalda en nuestros particulares "Idus de Marzo"...? Es paradójico e injusto que en todas las vidas y en todas las culturas se abomine de esa innoble figura gracias a la que ellas triunfaron finalmente: Gracias a Bruto, Roma llegaría a ser el Imperio Romano. Gracias a Judas, la Última Cena se prolongó dos mil años sin que todavía la mitad de los comensales se hayan levantado de la mesa. Gracias a quien nos abandonó malheridos en mitad de la nada y de la noche aprendimos nosotros que el único triunfo para los mortales es sobrevivir. El traidor es, pues, el verdadero héroe y mártir por más que su hazaña nunca se reconozca, por más que su martirio jamás termine. No digo que debamos aplaudirles a posteriori por sus actos, pues estos fueron, son y serán siempre moralmente reprobables; pero sí que deberíamos mirarles con otros ojos al verles pasar cabizbajos, empeñados en recordar aquello que, en sí mismo, constituye su condena: el constante recuerdo de su ignominia. Después de todo es a él, y solo a él, a quien nosotros debemos nuestro éxito actual que nos permite llevar, por fin, la cabeza bien alta...

miércoles, 22 de marzo de 2017

El secreto de sus ojos

Vi una vez una película que era, en realidad, una metáfora visual de una verdad tan dolorosa que a algunos individuos puede que les resulte insoportable. Se titulaba El Secreto de sus Ojos en alusión a la mirada del ser amado, una mirada que suele capturarnos de golpe y, más allá de toda propaganda sentimentalista, tiene la potestad de disponer para nuestro devenir un escalofriante futuro de reo que, ¡oh paradoja!, es muy capaz de hacerse carcelero por amor, y que, de ahí en adelante, quizás nos atrape para siempre. Creo recordar que el protagonista de la película era un tímido agente judicial y que la mirada en cuestión pertenecía a su jefa o superiora directa, lo que desencadenaba entre ellos los inevitables y estúpidos prejuicios debidos al ordinario conflicto de poder entre amantes que el Cine acostumbra a escenificar con tanto éxito y mejor que ninguna de las demás artes. El caso es que en aquella trama se producía el asesinato de una bellísima mujer cometido por un criminal que se escondía de la ley refugiándose en las cloacas del Estado Argentino, algo que, visto desde la perspectiva histórica, era bastante pausible dado que la cinta pertenecía a la filmografía del cono sur americano. 
Pero había una cosa más que también era previsible en este argumento, a saber: que, al igual que pasa en la vida, para asistir a su desenlace los protagonistas debían esperar veinte años. Así que, veinte años después, nuestro agente judicial regresaba al pasado para redescubrir a un hombre que se había dejado apresar por el suyo tras convertirse voluntariamente en carcelero a tiempo completo del asesino de su amada. Naturalmente la lectura que el espectador hacía de este terrible final para la vida de un ser humano era que ese hombre era un héroe extraordinario que, para corregir la injusticia oficial, se había visto obligado a tomarse la justicia por su propia mano aún a costa de pudrirse, él también, en la cárcel privada que acondicionara exclusivamente para tal fin. Y, por supuesto, en paralelo a la condena que el mismo había dictado contra el único preso que, por culpa de su admirable coraje justiciero, habitaba en ella, se podría decir que ese preso era ahora su víctima y su verdugo a la vez... 
Sin embargo, existía otra lectura posible por debajo o por encima de la anterior y es la siguiente: que, si se piensa bien, demasiadas veces las historias de amor acaban en un final parecido puesto que no es raro que terminen con alguien, con uno de sus protagonistas, alimentando a un preso que él mismo ha encerrado bajo llave, o sea: a un recuerdo que sigue vivo solo gracias a que nosotros nos hemos consagrado de por vida a ser sus carceleros.  Así que aquel magnífico final del film era, en realidad, una metáfora estremecedora de una muerte que, en la historia de todo ser humano, suele ser un acontecimiento inevitable en la medida que tener amor es ser tenido por ese amor,  y en razón de que a nosotros, los hombres, si bien nos halaga lo primero, a la larga detestamos profundamente lo segundo. La muerte a la que me refiero, pues, es la del deseo, la de los vivos e intensos sentimientos que un día nos inspira el sorprendente descubrimiento de una persona, de una mirada que oculta el secreto de la vida (su naturaleza última de prisión) en el fondo de sus ojos... 

lunes, 20 de marzo de 2017

El origen de la tragedia

El amor pasión es un tirano que lo quiere todo de nosotros, hasta lo que no podemos darle en modo alguno, y no por no tener voluntad de dárselo sino por carecer de ello: de ahí su desesperación frente a los regateos racionalizadores de Nuestra Sensatez y Nuestra Bondad, de ahí su sentimentalismo trágico, su sentimentalismo de perfiles duros que ve el mundo con claridad y nitidez, pero solo en blanco y negro; de ahí su autenticidad de bestia que no mira donde pisa y, en su ceguera, es capaz de llevarse por delante a la flor más bella, de ahí esa conmovedora autenticidad que, a la vez, nos resulta tan injusta y opresiva como la pataleta de un niño caprichoso... 
Pero, sobre todo, de ahí su acostumbrado final, siempre tan rápido e imprevisto a pesar de las muchas y claras señales que lo precedieron: de ahí aquel íntimo apocalipsis del alma que se hundió en el océano del tiempo en medio de grandes columnas de fuego y petrificadora lluvia de ceniza, en medio de terribles tormentas y maremotos que arrasaron para siempre esa particular y utópica Atlántida que es, en el fondo, el corazón de cada hombre, el corazón humano. Es decir: una civilización primigenia y feliz hecha no solo de cálculos precisos y razones fundadas, sino también de deseos locos y de pensamiento mágico, de la que creemos haber formado parte en un remoto origen, y que, después del amor pasión, de la tragedia madre de todas las tragedias, no vuelve a emerger en superficie sino al cabo de eras, aunque solo como leyenda o mito, no como una nueva realidad flagrante e indiscutible...

viernes, 17 de marzo de 2017

El forzoso aterrizaje de Ícaro

Es posible que solo quien no tiene demasiada imaginación llegue a viejo con la conciencia tranquila, pues el hombre de naturaleza imaginativa y soñadora suele haber cometido para entonces tal número de traiciones y, sin querer, tantas "putadas", que jamás tiene esa suerte. Quien, sobre todo, ha soñado su vida adulta, solo abre los ojos a la realidad al alcanzar la vejez y entonces, naturalmente, conoce al fin las interminables noches de insomnio que trae la mala conciencia propia de aquellos que, por su costumbre juvenil de no poner nunca los pies en el suelo, llegaron a creer en serio que tenían alas y que las suyas no eran de cera. Incorregibles Ícaros, ellos quisieron siempre volar más alto que nadie hasta que una noche se encontraron revolcándose en medio de los sudores fríos del miedo y descubrieron que estaban solos, aleteando frenéticos en un charco de culpa y quebrados por la mitad, cual patéticos y artificiales pájaros antropomórficos caídos a tierra desde el cielo raso de un olímpico taller de marionetas...

jueves, 16 de marzo de 2017

Diagnóstico diferencial

En realidad, escritor es todo aquel individuo "enfermo" que cree que producir una sola frase inteligente basta para justificar la existencia de un hombre. (Como la gente "sana" jamás podrá creer en algo así, es lógico que se dedique a cualquier otra cosa).

Principio básico de la Botánica

En el mejor de los casos, el amor es una planta que muere de éxito. Por eso mismo es tan preferible cultivar la amistad: porque, con ella, no nos creemos en la obligación de sentirnos culpables por el hecho de sobrevivirla.

domingo, 5 de marzo de 2017

El tercero en discordia

Una pareja siempre tendrá que hacerse perdonar el solipsismo feliz que supone la existencia dentro de un bucle de feedback en el que, de continuo, el amor ha de retroalimentarse para conseguir que sus dos miembros se realicen como personas y sean útiles a la sociedad. Un sistema organizativo de este tipo nace, se constituye gracias a una clamorosa injusticia (la necesaria exclusión o descarte de todos los demás seres humanos para poder distinguir a alguien como "único") y tal injusticia, naturalmente, deberá ser purgada y redimida mediante la correspondiente condena pospuesta en el tiempo. En el fondo, pues, se trata de una limitada "asociación de malhechores" que, por separado, se sienten culpables, y en conjunto saben que solo tendrán futuro si lo engendran. En el fondo, el hijo es solo una de las maneras que tienen de pagar su deuda con la ingente humanidad despreciada a la que deben su existencia y, por eso, se miran a la vez con recelo y con deseo. Son cómplices de una injusticia terrible y de ahí que se vigilen sin descanso, pues saben a ciencia cierta que entre ellos hay siempre un tercero en discordia: el traidor que duerme en medio con un ojo permanentemente abierto.

viernes, 3 de marzo de 2017

La ruleta rusa

Con solo que una vez nos abandone o falle la persona amada, puede que en la vida no hallemos ya mas que exitosas soluciones a medias. Mirad a vuestro alrededor y las veréis por todas partes: el triunfo en cualquier actividad mundana se amasa casi siempre con las lágrimas más amargas que jamás lloró nuestra alma, la fama tiene a menudo un precio que solo se puede pagar prostituyendo el corazón en cada esquina, y demasiadas veces la oportunidad de sobrevivir se la debemos sola y exclusivamente a la cobarde posibilidad de mentir. La envidia más mezquina, la ambición sin límite, la crueldad gratuita y la lujuria sin freno suelen ser los premios de consolación para los perdedores en ese juego que consiste en apostarlo todo al Todo o Nada, pues nadie sale indemne de esa ruleta rusa, ni siquiera quien se salva.

sábado, 18 de febrero de 2017

En busca del tiempo perdido

De cuanto tiempo he perdido a lo largo de mi vida solo me doy cuenta hoy cuando, por culpa de alguna invitación que acepto de forma apresurada y escasamente meditada, me veo otra vez acodado, de madrugada, a la barra de un pub oyéndome decir las mismas tonterías que dije durante años y años de inútil vida nocturna, divagando y opinando sobre esto y aquello, o pontificando sobre lo de más allá, aunque, en todo caso, sobre cosas que poco o nada me interesaban en realidad, solo para no pasar por un aburrido ante mi interlocutor/a, o bien para hacer manifiesta mi indiscutible inteligencia ante él o ella mientras me decía para mis adentros que ambos éramos unos idiotas vanidosos: yo por no estar a esas horas en la cama leyendo un libro que fuese realmente inteligente, y él/ella por no haber tenido en toda la noche los arrestos, la decencia o la amabilidad de mandarme a la mierda...

viernes, 17 de febrero de 2017

La guardería

Es trágico, ¿y qué no lo es? Lo que a mi alrededor necesitan de mí las personas que me quieren no son frases, y yo no tengo otra cosa con la que hacerme perdonar el hecho pasajero de estar vivo. En cuanto niño que nunca muere, es comprensible que el artista sienta que no tiene derecho a ser lo que es mientras no le distinga el éxito y pueda prenderse de la solapa su condecoración fatal... "O eso o no saldré jamás de la guardería", piensa.

jueves, 16 de febrero de 2017

La expansión pesimista del universo

Pero... si las estrellas, entre sí, se alejan sin cesar, ¿qué esperanza nos queda a los demás?

En la piel del marino que perdió la gracia del mar

   La exultante  realidad del mundo me sorprende a veces como la visión repentina del mar desde lo alto de una colina. En mi casa, yo dispongo de un balcón que da sobre una calle populosa y que, al menos en los días soleados, crea ese efecto: vista desde ahí arriba la vida social ofrece por momentos el mismo espectáculo de las olas que blandamente lamen un promontorio, o de las que azotan, de modo bronco y salvaje, las costas de una bahía abierta a su empuje como una suave vagina. A veces, cuando me dejo llevar por mis sentidos recién despertados por tal embrujo, la visión es de una increíble amabilidad que se me antoja repleta de promesas felices... 
   Pero inmediatamente recuerdo que, como el mar, esa realidad es para mí impenetrable, y que no seré capaz de hacer pie en ella en cuanto me aleje unos cuantos metros de la orilla. De inmediato reconozco entonces la mía, mi propia realidad, y sé que no podría mantenerme a flote mucho tiempo en esa amable superficie que, desde lejos, nos invita a todos al baño, a la zambullida impulsiva y rejuvenecedora... Solo que yo sé que, por mucho que lo intente, nunca aprenderé a nadar en sus aguas, y menos aún a bucear en sus fondos, y por eso, durante todo el día, permanezco en el balcón sin bajar jamás a la calle, a salvo del inevitable ahogamiento o del no menos seguro naufragio. 

sábado, 11 de febrero de 2017

A los que duermen solos

Recordad que, como a todos los animales, la noche nos hace a los hombres un poco más débiles de lo que ya somos y que, por eso, es natural que sintáis cada vez más miedo a medida que merma vuestro vigor y el puntual sueño de cuando erais más jóvenes se retrasa, os rehuye como de los viejos se aparta todo lo que merece la pena: la tonta jovialidad, el altruismo, el buen olor, la curiosidad por los otros, el loco deseo y la plétora feliz de los sentidos satisfechos.Todo menos lo que es del todo irremediable: el mal genio y la sempiterna añoranza del tiempo ido sin saber cómo.

miércoles, 8 de febrero de 2017

A mis queridos maestros, II

Pero... ¿y qué nos enseñan nuestros errores, a fin de cuentas? Desde luego, no lo que no debemos hacer en la próxima ocasión en que nos encontremos en parecidas circunstancias, sino, precisamente, lo que volveremos a hacer de nuevo, siempre, una y otra vez, solo que ya sin tanto entusiasmo o ingenuidad o candidez como entonces, sin aquel dramatismo exagerado que llegaba a producir vergüenza ajena en los que nos apreciaban o querían, sin el lloriqueo histérico que movía a nuestros amigos a la risa y a la irritación a partes iguales, en definitiva, sin tomárnoslo nunca más tan a pecho y en serio puesto que esto que nos pasa ahora es la repetición de lo que ya nos pasó antaño y nos pasará después, nuestra equivocación actual hermana de la pasada y de la futura, y, por tanto, ya de sobras conocida, tanto que apenas conseguimos engañarnos a nosotros mismos cuando la cometemos por segunda, tercera o enésima vez, pero la cometemos, no obstante, porque eso es de verdad lo que somos en el fondo y no otra cosa... 

lunes, 6 de febrero de 2017

A mis queridos maestros, I

Los errores no se rectifican, se reconocen. Querer rectificarlos hasta el punto de desear que no hubieran sucedido no es posible, ni tampoco conveniente ya que supondría despreciar el conocimiento que, gracias a ellos, adquirimos. En la medida que nada se aprende si no es en propia carne, ¿de qué otra forma habríamos podido hacer ese aprendizaje? Para algunos de nosotros, errar en la vida suele ser la única manera de abrir las puertas de nuestro corazón a los grandes hallazgos de la Sabiduría, y si, en nuestro caso, ese es el camino para hacernos sabios, ¿no habría que considerar entonces bueno el dolor pasado, y bendito el fracaso que, en su día, creímos nuestra peor desgracia?... El sabio dijo una vez que el mayor error del hombre es haber nacido. Cometido, pues, el gran error, nunca intentemos rectificarlo y, en cambio, hagamos que, al menos, sirva para algo. Por ejemplo: para aprender a amar nuestros errores, a nuestros mejores maestros.    

domingo, 5 de febrero de 2017

Regla cinegética

El cazador solo se enamora, no ama. Si realmente amara, evitaría por todos los medios a su alcance apretar el gatillo.

¡Viva Pasolini!

Siempre será más amado quien menos da y, de dos amantes, siempre es el menos bello quien, de verdad, se enamora. Cuando uno no desea más el amor es porque ya estuvo en ambos infiernos, es porque en la vida ha tenido ya bastante de aquello a lo que uno, si habla en serio, jamás puede decir "¡basta!"

sábado, 4 de febrero de 2017

En olor de sensualidad

¡Oh, sacerdote! Renuncia a la venda interesada que te ciega y contempla con mirada amorosa la belleza intrínseca de tu miedo mayor, de esta otra "vida eterna" a la que se niega tu carácter oscuro, fantasioso y manipulador: la del hombre que cae muerto y es enterrado por higiene, la de su incesante renacimiento en el gusano y en la mosca, y el hecho tan obvio de que toda su gloria es necesaria solo para dar más brillo a la hierba que, gracias a su podredumbre, crece bajo el sol. Sacerdote: no le pidas imposibles a un dios cualquiera que no existe y, antes que en olor de santidad, procura morir, en cambio, en "olor de sensualidad". Así, pues, agoniza, si puedes, entre los muslos desnudos de otro hombre u otra mujer, según tus inclinaciones naturales, porque eso será lo más cerca que jamás estarás del Cielo. 

domingo, 29 de enero de 2017

Vaya por delante (requien por un amigo sin nombre)

   Vaya por delante que mi intención no es escribir la glosa póstuma de un amigo porque detesto el género del epitafio al ser este proclive a las inexactitudes interesadas y a las mentiras piadosas.
   Vaya por delante que yo apenas conocía íntimamente al finado, sino solo de pararme a charlar de vez en cuando con él en la calle, más concretamente en su esquina favorita de ciudadano mendicante, ya que se trataba de alguien que, en efecto, pedía limosna de modo ocasional. 
   Vaya por delante que esta actividad no la practicaba todos los días, puesto que entonces sería la suya una ocupación más propia de funcionario que de mendigo propiamente dicho, o bien un empleo encubierto y fraudulento del que se aprovecha un parado de larga duración por no estar siempre  de brazos cruzados  (y no tanto para sacar así un dinero extra que, sin duda, burlaría la vigilancia del Ministerio de  Hacienda al no haber en su plantilla inspectores fiscales suficientes que puedan perseguir a estos pobres diablos en su afán de sobrevivir dignamente, aún a riesgo de dar con sus huesos en la cárcel tras ser acusados de evasión de capitales).
   Vaya por delante que yo también soy un cobarde como usted, hypocrite lecteur, mon semblabe, mon frère, y que por eso no acostumbro a visitar a estas gentes, que ya lo perdieron todo antes de morir, en sus solitarios lechos de muerte, en esas camas que la Seguridad Social reserva para los enfermos terminales que no pueden pagarse una agonía en condiciones de privacidad, y por tanto (me avergüenza reconocerlo) desconozco, en realidad, de qué murió mi amigo a fin de cuentas, aunque sea capaz de deducir que lo hizo porque se le acabó su tiempo antes de poder contestar a la pregunta que todos nosotros nos hacemos: "Y todo esto para qué?".
  Vaya por delante, asimismo, que me caía bien, muy bien, que me era simpático, vaya, porque ahora que casi nadie lee, ni en la calle ni en parte alguna, él leía de continuo en su puesto vitalicio de limosnero, durante los largos períodos intermedios en los que nadie le interrumpía echando una moneda a sus pies, y lo hacía incluso en los días de lluvia, cuando, por lo general, en ninguno de los dos hemisferios se recomienda que los libros sean abiertos a la intemperie. 
  Vaya por delante que no solo le estimaba por ser un lector empedernido, naturalmente, sino porque, con su simple presencia, me recordaba que el valor máximo del hombre es el de serlo con independencia de cual sea su fortuna en este mundo, y porque su predisposición a la amabilidad era sincera, no forzada por su extrema dependencia económica. 
   Vaya por delante que, si bien alguna vez oí que le llamaban Alfredo, nunca supe su verdadero nombre porque desde el principio de nuestra relación no me pareció necesario saber cómo se llamaba para saber que me costaría olvidarle. 
   Vaya por delante (superfluo es decirlo) que siempre nos aliviará que sea otro el que lo haga, otro el que se vaya al otro barrio antes que nosotros, y por más que no sea políticamente correcto reconocerlo, es bueno que lo reconozcamos para no pasar por lo que somos, por hipócritas. 
   Pero, sobre todo, vaya por delante él mismo, digamos que como adelantado, como en avanzadilla nuestra, y, ¿por qué no desearlo?: ojalá nos saque más y más ventaja a cada hora que pasa porque eso será señal de que ustedes y yo proseguimos en retaguardia, todavía vivos (les puedo asegurar que él, Alfredo, si realmente este fuera su nombre, repito, también lo habría querido para sí de verse hoy en nuestro feliz pellejo).