"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El extranjero

Entre nosotros, los humanos, se asume con naturalidad el que todos seamos personas muy distintas entre si, pero no el que algunos quieran, además de serlo, diferenciarse aún más, como si no les bastara con el hecho natural de su diferencia, y es a éstos a los que, convencionalmente, la humanidad llama "diferentes" pues no son, en efecto, como el resto de sus miembros. De forma tácita se admite, entonces, que los "diferentes" son una minoría, y se supone que su proporción se ha mantenido constante en todos los tiempos desde el inicio de éstos. Por ejemplo: retrotrayéndonos al principio de la especie, y según seamos creacionistas o evolucionistas, tendríamos que admitir que el primer "diferente", o fue Caín, o lo fue el primer simio que pudo desplegar por completo la columna vertebral para ponerse en pie en alguna de las selvas africanas. El crimen de Caín estableció, desde luego, una de las primeras grandes diferencias entre los seres humanos (los que son capaces de matar a otro y lo que no pueden ni siquiera hacerlo con una mosca), aunque esa diferencia fuese sólo circunstancial como enseguida vinieron a demostrar las guerras civiles, donde quedaría claro que todo quisque es capaz de matar a su hermano y hacerlo con parecida indiferencia con la que se espanta a una mosca. Por tanto, la historia humana contradijo muy pronto al Génesis (y, en general, al resto de los libros sagrados) pues no tardaría en demostrar que Caín no era en absoluto diferente a Abel, y que la única diferencia entre ellos es que uno tuvo en su momento la oportunidad de matar y el otro no. 
Respecto al primer mono erectus la cosa no debió ser muy distinta porque es muy probable que, al ponerse en pie, lo primero que hiciese este adelantado fuera agarrar un palo para agredir a otro de sus congéneres que no era tan desarrollado como él y todavía andaba a gatas. De ahí en adelante  la fuerza bruta sería sustituida por la inteligencia y, entonces, en vez de un palo, el mono sapiens agarraría una idea cualquiera para aporrear con ella a sus iguales de la vecindad, es decir: a quienes sólo se diferenciaban de él porque formaban parte de otro clan más o menos débil que el suyo de origen. Como todos sabemos, entre las ideas que más éxito tuvieron para usar de ese modo (como una porra) están la de "Patria o Nación" y la de "Dios o Ser Supremo" ya que ambas resultaban tremendamente eficaces y contundentes a la hora de someter a una masa asustada de individuos que, a pesar de no padecer ya una escoliosis notoria, aún conservaban la escasa capacidad craneal de sus chillones antepasados. Si se reflexiona un poco se puede ver que buena parte de la historia de la humanidad se explica, responde a este esquema: cada cierto tiempo, y al albur de su capricho, un mono poderoso agarraba un palo (el que sostenía una bandera) para dejarlo caer sobre un montón de cabezas que, o bien se inclinaban atemorizadas a su paso,  o bien gritaban de júbilo y furia, como si fuesen un solo hombre y compartieran un solo cuerpo: el de una hembra preñada de potenciales asesinos llamada Multitud.  
La feroz Multitud tiene una conciencia y un cuerpo únicos y, sin embargo, en cada uno de sus indiferenciados hijos hay (al menos en germen) un ser humano que se cree distinto a todos los demás que gritan como él, y que, desde luego, no parece sospechar que en su ADN pervivan íntegros los genes de Caín o de aquel primer homínido matón, o sea:  del primer individuo que fue capaz de matar por puro oportunismo. Cada una de esas personas se cree única y diferente cuando, en realidad, no lo es porque, como ya sabemos, para serlo es preciso, primero, querer diferenciarse de todos y cada uno de nuestros hermanos, los hombres. Es preciso pertenecer a una minoría, a la más radical de todas: la formada única y exclusivamente por nuestro yo una vez que este se ha hecho consciente de ser un extranjero en el mundo, una realidad apátrida y aislada, autoexcluida y solitaria, un ser que se ha vuelto casi tan indiferente como un dios muerto, sin seguidores, y que, por debajo de sus actos, es ya un simple espectador inactivo a todos los efectos.

lunes, 28 de septiembre de 2015

El autobús que se detuvo en Eleusis

Esta historia ha sido recogida por M. Eliade en su monumental obra sobre la historia de las religiones y supone otro de los muchos finales del paganismo que nunca ocurrieron en realidad, uno más de los múltiples "Crepúsculo de los Dioses" en que ningún sol se puso realmente, y no está fechada en los años finales del siglo IV d.C., cuando Alarico, rey de los godos, incendió y redujo a cenizas el santuario de Eleusis, acabando, supuestamente, con el culto milenario de las Dos Diosas: el de Deméter y su hija, la insigne muchacha Coré. A partir de esa fecha, o tal vez con alguna anterioridad, la triunfante Iglesia de Cristo, que ya había iniciado su admirable labor en pro del latrocinio o la fagocitosis de los mitos pertenecientes a otras tradiciones religiosas, adjudicó a San Demetrio su puesto en la devoción popular convirtiéndole en el nuevo patrono de la agricultura. 
Sin embargo, en aquella pequeña polis dependiente de Atenas jamás reconocerían a este santo como el nuevo titular de la plaza: allí siempre se seguiría hablando de "Santa Demetra", una mártir completamente desconocida en todas partes ya que nunca fue canonizada (todavía a comienzos del siglo XIX, en la plaza principal del pueblo había una estatua de aquella antigua divinidad recientemente santificada a la que los lugareños cubrían de flores para asegurar la fertilidad de sus campos, y que sería sustraída de su pedestal por un estudioso nativo de la Gran Bretaña, nación que en cuestión de latrocinios no admite lecciones de nadie). Esta Santa Demetra, a pesar de no haber sido bautizada, fue capaz de engendrar por si sola una verdadera mitología cristiana a lo largo de los siguientes siglos de la Nueva Era, hasta el punto de contar con una historia muy humana a sus espaldas a poco de que Grecia se liberase del dominio turco: por esas fechas, y también allí mismo, en Eleusis. un sacerdote anónimo refirió a cierto arqueólogo inglés (la presencia de este otro inglés es inevitable pues se los encuentra uno en todas partes y en todas las épocas) un jugoso dato de su biografía: se trataba de una anciana ateniense a quien un hideputa otomano le había robado a su hija que, a Dios gracias, fuera a continuación rescatada por un pallikar, un valiente miembro de la milicia armada albanesa que había combatido en la reciente guerra de Independencia Griega...
Pero el episodio más emotivo de la etapa cristiana de la diosa Deméter tuvo lugar algo más tarde, casi a mediados del siglo XX (1940), y se trató de un acontecimiento milagroso que sería ampliamente comentado por toda la prensa del país (o sea: se trató de lo que llamaríamos hoy un "trending topic"). El suceso ocurrió en una de las paradas del autobús Atenas-Corinto en que subió al susodicho vehículo de línea una anciana "flaca y seca, de grandes ojos vivos", sucinta descripción que es una gentileza hecha al reportero de turno por uno de los testigos presenciales. Comoquiera que la vieja no tenía encima dinero para pagarse el billete, el chófer la forzó a bajar en el siguiente apeadero, que era precisamente el de Eleusis. Y aquí es donde ocurre el milagro: tras deshacerse de la pasajera, sorprendentemente el conductor no logra poner en marcha el autobús, misterioso fenómeno ante el que el pasaje al completo reacciona como un solo hombre, es decir: pagando a escote el billete de la anciana. Por supuesto, nada más volver a subir la mujer, el vehículo arranca sin ningún problema, y entonces la desconocida se dirige a sus compañeros de viaje con estas palabras: "Habéis hecho bien, pero deberíais haberlo hecho antes. Y ahora, aprovechando que estoy otra vez entre vosotros, voy a deciros una cosa más: seréis castigados pronto por vuestro egoísmo y por la forma en que vivís, en seguida os veréis privados hasta de las hierbas y del agua". Según los periódicos, no bien terminó de hacer este vaticinio final cuando ya había desaparecido sin que nadie la hubiera visto bajar. Los viajeros se miraron unos a otros, desconcertados, y, con la colaboración del chófer, hasta repasaron todos juntos el taco de billetes para convencerse de que efectivamente faltaba uno... Y así era.
Naturalmente, cada quien puede pensar lo que quiera sobre esta anécdota, pero nadie que conozca el hermoso Hinno Homérico a Deméter dejará de evocar los versos en que la afligida madre de Coré se lamenta ante el rey Celeo de Eleusis de la ausencia de su querida hija mientras le reclama la urgente construcción de un templo donde celebrar sus Misterios. Si me lo permitís, os transcribiré un par de fragmentos para que comprobéis por vosotros mismos la verdad que algunos nos han querido escamotear durante siglos, a saber: un único dios puede, y hasta debe, morir... Pero los dioses, nunca.

 ...Así llegó cierto día hasta la tierra de Eleusis
Donde gobierna Celeo, que es rey de la ciudad,
Y a la vera del camino se sentó junto a un olivo
Muy cerca del pozo donde sacaban agua los hombres.
Y tomando la apariencia de una anciana venerable
Les dijo a las hijas del soberano Celeo:
"Yo soy la diosa Deméter, la que ofrece las cosechas,
Y dispongo que en mi honor se me levante un templo
Y un altar dentro de él al pie de la ciudadela,
Pues de ahora en adelante me rendiréis pleitesía".
Y al decir estas palabras mudó de aspecto la diosa,
Se quitó la vejez y volvió a ser hermosa:
Una luz cegadora de su cuerpo salía...

...Allí la diosa Deméter, alejada de los dioses,
Permaneció muy triste, apenada por su hija,
Y aquel año provocó que fuera el más espantoso
Que los hombres conocieran en la tierra fecunda
Pues en ninguna región medraba semilla alguna,
Que Deméter se encargaba de mantenerlas ocultas.

Despertares

Cada mañana vuelvo a enfundarme mi piel, mi nombre y circunstancias, mientras arrastro los pies hacia la taza de café amargo que me devuelve poco a poco a la plena conciencia de mi vida, a la propia identidad brevemente suspendida durante el sueño, mientras tomo de nuevo el débil pulso de la persona que soy y otra vez  me preparo para enfrentarme al íntimo desafío de sus rutinas, como quien se dispone a acudir de nuevo a un trabajo mal pagado y aburrido en el que jamás podrá realizarse, ni, al menos, sentirse momentáneamente satisfecho por compartir el destino de sus compañeros, de otros que son como él. Cada mañana emerjo del sueño con el peso de esta añoranza sobre mis hombros, la de poder compartir con alguien palabras, opiniones, necesidades y deseos, la de sentirme igual a otro que sea efectivamente como yo, no idéntico sino afín a mis intuiciones y anhelos, capaz de apreciar y valorar la originalidad de unas y la imposibilidad de los otros sin que ello le cause ninguna molestia o desazón y sin que, para preservar su propia visión del mundo, se vea obligado a ponerme continuamente en entredicho. Confieso que soy víctima de esa equívoca nostalgia de otro ser que nos duplica proponiéndose a nuestra imaginación como nuestro doble, como aquel al que hemos buscado sin descanso desde que, al perder la infancia, perdimos la inocente integridad de nuestro yo, que (fundido en un indiferenciado abrazo con la Naturaleza) no advertía aún la radical orfandad padecida en secreto por cada hombre, ni menos podía comprender todavía que es ese huérfano que cada cual lleva dentro el que siempre necesitará enamorarse de sí mismo en la mirada de un extraño, en un reflejo suyo que él rescata del fondo de unos ojos que son, en el fondo, impenetrables, pero en los que se ve con toda claridad, como en un espejo vivo. Confieso, en fin, que me siento solo, aunque no "solo como un muerto" porque los muertos nada son capaces ya de sentir, siendo esa su única ventaja: la ventaja que casi ningún vivo les envidia. (Por supuesto, yo tampoco, pues sigo queriendo vivir a pesar de estos desagradables despertares en mi propia y exclusiva compañía). 

viernes, 25 de septiembre de 2015

Un divino aire de familia

No sólo los nombres de ambos Salvadores (Cristo y Krishna) suenan parecido, sino que sus propuestas doctrinales también. La originalidad de la Bhagavadgita no va a la zaga de la de los Evangelios, sino que las dos epopeyas marchan codo con codo, a la misma altura y en paralelo. Dijo el Nazareno que una sola palabra suya bastaba para que un alma entrara en el Reino de los Cielos, y que a tal punto era una nimiedad el pecar que al pecador le sería suficiente con pedir el perdón de sus pecados en el último suspiro para conseguirlo. Y, paralelamente, prometió el Salvador hindú: "no es necesario que dejes de actuar para salvarte, sólo tienes que renunciar a los frutos de tus actos, o sea: actuar de manera impersonal, sin pasión, sin deseo, como si actuaras por medio de un procurador y no por ti mismo. Puedes, por tanto, participar de la vida social y, como miembro de esa sociedad, cumplir con tus deberes, fundar una familia, comerciar y defender tus intereses, y cometer incluso actos inmorales si te lo ordena una causa superior, siempre que en todo momento permanezcas indiferente a los frutos de esas acciones y libre de todo apego...". 
En definitiva: en sus respectivas doctrinas, ambos dioses nos dan su expreso permiso para que nos manchemos a fondo las manos (pues, al fin y al cabo, a su voluntad se las debemos), y, a cambio, lo único que nos piden es que lo hagamos con el máximo desasimiento posible, sin darle la menor importancia a los resultados obtenidos con ello.  Es decir, para que quede claro de una vez y para siempre: puesto que para Ambos el universo entero es creación y epifanía (manifestación) suya, para sus criaturas no hay nada malo en vivir y participar con total convencimiento de todo lo que ocurre en él, sea "bueno" o "malo", ya que las malas acciones no se derivan, en realidad, de lo que nosotros hagamos en este planeta, sino de lo que creemos en conciencia estar haciendo aquí, y, en consecuencia, la única maldad es creer que el Mundo, el Tiempo y la Historia tienen una existencia propia e independiente de Dios, llámese éste Krishna o Cristo, tanto monta. Lo que significa que para ambas religiones, para el Cristianismo y el Hinduismo, la maldad es creer que no existe "ninguna otra cosa" fuera de la temporalidad mundana que llamamos Historia y cuyo protagonista es únicamente el hombre... ¿Capisci?

La constante neutra

La vida y el amor son dos ecuaciones abismales unidas por el vértigo, que es la constante neutra. Contra la dulzura de su atractivo, escribir es el único antídoto que yo conozco y, si no escribo, de una u otra forma sé que acabaré muerto. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Nuestros abuelos, los cortadores de cabezas

No pensaba hablar hoy sobre ellos pero, después de escribir la entrada anterior, no me quedó más remedio que acudir a G. Dumézil y a M. Eliade para enterarme un poco de quienes habían sido los abuelos bárbaros de "Lapislázuli" y (en un porcentaje genético algo menor) también los míos.
Una fecha temprana del s.III a.C. marca su continuo declinar hasta su desaparición definitiva: en la Historia, los celtas dejan de ser noticia tras saquear el santuario de Apolo en Delfos, cuando bajo la doble presión de las tribus germánicas y de Roma se esfuman de ella para no volver a hacer acto de presencia. Casi con toda seguridad procedían del Asia central o de la India, pero, a partir del Hallstatt, en Europa se asentaron en las feraces costas atlánticas de España, Francia y Gran Bretaña, donde idearon unos curiosos ritos funerarios y una estratificación de su sociedad en tres capas o clases: una de druidas o sacerdotes, otra correspondiente a la aristocracia guerrera, y la tercera de ganaderos que se definían a si mismos como hombres libres por el hecho de ser propietarios de vacas. Las innumerables excavaciones arqueológicas, junto a un par de historiadores (Estrabón y Julio César, éste último un simple aficionado), son casi las únicas fuentes de información con que contamos: se sabe, por ejemplo, que daban gran importancia a un espacio sagrado presidido por un altar al que consideraban el "centro del mundo", y dónde practicaban sacrificios humanos ofreciendo a la víctima la posibilidad de elegir el modo de morir (a espada, por flecha o mediante empalamiento, cualquier de estos tres métodos era válido), y en cuyo perímetro depositaban las ofrendas en pozos excavados a bastante profundidad, costumbre que andando el tiempo daría lugar a las típicas leyendas sobre tesoros del folclore popular, y a la creencia medieval de que tales pozos comunicaban directamente con el infierno. Otra faceta importante de su religiosidad era el culto al cráneo que se concretaba en las abundantes representaciones cefálicas, las así llamadas "cabezas cortadas", descubiertas por todas partes y que, en algunos casos, se remontan a la noche de los tiempos: aquí y allá ocupan nichos, se incrustan en los muros de los santuarios, se esculpen en piedra o madera para (luego) ser sumergidas en fuentes y manantiales: esta gente, al parecer, situaba en el interior del cráneo la sede del espíritu humano y, ¡mira por donde!, también creían que era allí donde se acumulaba el semen viril, lo que nos hace barruntar que su parentesco con sus primos indios del Tantra y con los chinos del Tao es algo más que una sospecha descabellada.
Lo dicho: el paralelismo indo-céltico (me refiero a los celtas insulares, que son los que habitaban en Irlanda, Escocia y Gales, pero también en la Bretaña francesa, Cornualles y Galicia) es mucho más que una leyenda infundada pues está lleno de ejemplos. Para empezar esta lista tenemos la importancia que tanto los druidas como los brahmanes atribuían a la memoria, no sólo debido a la prohibición de la escritura como modo de trasnmitir las leyes, sino a que éstas estaban compuestas en verso y, por tanto, el recitado y la dicción eran técnicas fundamentales para su aprendizaje. Y luego están el ayuno como medio de reforzar demandas jurídicas, el gemelo gusto por la narrativa épica y sus esporádicos diálogos poéticos, y el parejo interés que se tiene en ambas culturas por los bardos o por sus relaciones con los soberanos reinantes, que solía ser de mutua admiración y amistad.
En cuanto al panteón de sus dioses el tema es mucho más complejo y confuso de lo que yo puedo abarcar. Según el cónsul Julio César, el principal sería Lug, equivalente del romano Mercurio o del griego Hermes, el cual daba su nombre a numerosas ciudades en todos los países celtas (Lyon, Lugo, etc). El segundo en rango sería el dios de la guerra (el Marte romano) que no cuenta con un nombre inequívoco, aunque se asocia a veces con Tutatis; y el tercero sería Taranis o Júpiter, dios del cielo, pero con mucho menos poder que el Zeus de las religiones olímpicas. Cada una de estas divinidades tenía también su propio género de sacrificios: para honrar correctamente a Tutatis, el ritual exigía ahogar a un hombre sumergiéndolo en una tinaja, mientras que para hacer lo propio con Taranis era preciso quemar vivo a ese pobre diablo tras encerrarlo en una especie de corsé o maniquí de madera. Otros dioses menores podrían ser Ogma o Ogmios (el Hércules o Heracles grecolatino), a quien le estaría consagrada la Palabra o Escritura; el dios Diancecht (Apolo), responsable de la sanación y la resurrección; la diosa Brigantia (Minerva), que lo sería de los oficios nobles como el de poeta, herrero o médico; y, por fin, Cernunnos, el "señor de las fieras", representado por un ciervo y cuyo simbolismo remite a la renovatio o creación continuada, aunque acumulaba muchas otras funciones religiosas, como por ejemplo la de servir de guía a los muertos o la de tótem de la fecundidad, razón de la prolongada lucha que la Iglesia mantuvo contra los disfraces de ciervo en los ambientes populares donde se lucían cornamentas aprovechando cualquier celebración. 
Pero si nombrar a las divinidades masculinas es difícil, las dificultades aumentan cuando pretendemos exhumar a las femeninas de entre los escombros de la Arqueología, pues lo único que se saca en claro de la abundancia de figurillas de matronas es su condición de iconos domésticos de la fecundidad. Estas figuras no tenían un nombre porque recibían mil y uno (cada cual las llamaba con el epíteto que quería). Sin embargo, sí existía un nombre para la madre de todos los dioses (Danu en Irlanda), y sus prerrogativas eran tales que nadie podía ser rey de Erín sino a condición de desposarse con esta diosa tutelar o superdiosa. Dicho de otro modo: sólo se podía acceder al trono en virtud de un hieros gamos (noche de bodas) con la gran diosa de la Tierra. Y aquí es dónde aparece de nuevo la herencia oriental de mis abuelos bárbaros, pues allá también solía ser obligado ese matrimonio para sustentar la monarquía: el hieros gamos aseguraba tanto la forma del reinado como la fecundidad del reino. En Irlanda, al menos, la supervivencia de ese legado quedaba ilustrada por el rito de la consagración del rey, el cual debía copular con una yegua blanca a la que mataba a continuación para poder guisar sus carnes, y después repartirlas y comer en la compañía de todos sus hombres durante una ceremonia atestiguada todavía en el siglo XII. Las diosas madres (generalmente hipomorfas, es decir: con forma de caballo) eran habituales en la mayoría de los países celtas, y no siempre eran únicas sino, a veces, trinas, como en Gran Bretaña o el Ulster, en donde se conocen como Machas. El mito quería que una de ellas cohabitara con el joven candidato a rey bajo el aspecto de una horrible vieja que, después de recibir un beso del héroe, y al instante de encamarse con él, se transformaba en una muchacha extraordinariamente bella. Así se conseguía la soberanía: con un beso dado a una horrenda bruja que, de repente, se convertía en una miss, en una reina de la belleza, una prodigiosa metamorfosis que (enésimo ¡Oh!) también era del dominio común en la India desde los tiempos de los Brahmanes, y que muchos siglos más tarde inspiraría en Occidente el cuento de la Bella Durmiente.
Queda por añadir, si acaso, que en las sociedades celtas la mujer gozaba de una libertad y de un prestigio considerables. El rito de la covada (del francés couvade: incubación) pone de relieve su importancia mágico-religiosa: se trataba de lo que hoy llamaríamos una superchería porque, al fin y al cabo, no era más que puro teatro, una representación simulada del parto y de sus inmediatas consecuencias en el hombre o marido, quien consentía en ocupar el lecho del que acababa de levantarse la recién parida para recibir allí los mimos y cuidados perinatales que, por lógica, le corresponderían a ésta, pero que él reclamaba para sí para decirle al mundo que tenía los mismos derechos de filiación sobre la criatura recién nacida que su madre biológica...
(Una advertencia final de cara a la galería: ruego se abstengan ustedes de escenificar este rito en sus domicilios pues, dependiendo de la modalidad copiada por el atrevido valiente que quiera aceptar el reto, esta prueba de maternidad reivindicada por el padre del bebé puede ser más dura de lo que parece, pudiendo resultar incluso escalofriante para cualquier varón estoico y no castrado si alguien le pusiera al tanto de la variante practicada por los indios huicholes de Sierra Madre, en el estado de Jalisco, México, los cuales creen que han de compartir tanto el dolor como la alegría de la mujer en el momento de dar a luz y, por eso, al acercarse el parto, se sientan sobre una viga inmediatamente por encima de la parturienta atándose los testículos con una cuerda que dejan a su alcance, de modo que, cuando comiencen las contracciones, esta, su señora, pueda agarrarse y tirar de ella con violencia liberadora, transmitiéndole así a su solidario esposo la viva alegría que tanto reclama y que, en efecto, ambos compartirán entre lágrimas de puritito júbilo, no más).

Descripción de un sueño con forma vaga de mujer

Poseía unos ojos azules como el lapislázuli (siempre quise escribir esta palabra en un contexto apropiado y por completo honesto, y nunca había tenido la ocasión hasta ahora) enmarcados por una piel tan blanca como un bloque de mineral cuarzo. Era zurda desde niña, lo que daba idea de su sincera rebeldía, y ostentaba varias cicatrices en la cara (herencia de una adolescencia salvaje) que la obligaban a encerrarse diariamente a solas en el cuarto de baño en un rito misterioso que (por si fuera poco el que ya tenía) le otorgaba un nuevo atractivo, y que me resultaba algo desasosegante, no mucho, porque de cuando en cuando hacía unas gárgaras escandalosas y tranquilizadoras que demostraban que seguía viva y que no se estaba suicidando. La primera noche que pasamos juntos tronaba en abundancia y, sobre los montes cercanos, caían unos rayos bastante gruesos ("como los espárragos de mayor calibre", fascinante comparación que es de su total autoría, y que a mi me dejó alucinado), lo que no impidió que ella saliese a la terraza a empaparse los cabellos bajo la lluvia y a gritarle al cielo como una loca, de la manera en que debían hacerlo las brujas durante un aquelarre. Dormía encorvada como una hoz y su respiración era fuerte, pero sin llegar a roncar. Aseguraba no soñar nunca, lo que era raro porque presumía de ser fantasiosa como su abuela paterna que, según ella, había muerto por culpa de un exceso de imaginación que le llevó a creer que su marido la había envenenado con cicuta (lo mismo que habían hecho con Sócrates). Y por eso guardaba las dos calaveras de sus antepasados (la del supuesto asesino y la de la fantasiosa asesinada) en el armario ropero: primero porque le gustaba coleccionar recuerdos familiares, y segundo porque sus genes celtas no le habían permitido dejarlas a la intemperie (o sea, en la tumba) junto con el resto de sus huesos, pues como los bárbaros celtas ella semejaba practicar el culto al cráneo y adorar las cabezas cortadas que escondía en los sitios más inverosímiles (en su caso, entre la ropa interior, ya que quería tenerlas lo más cerca posible). Pero esta extravagancia no era hija de la superstición que requiere a su lado fetiches o amuletos de la buena suerte, sino consecuencia natural de su modo de amar, que iba más allá de la muerte y por eso no tenía el menor miedo, el menor escrúpulo en besar a una sucia calavera para darle las buenas noches a su querida tata antes de acostarse. Confieso que a mi este rito me incomodaba ligeramente porque lo asociaba con la plegaria intelectual del Hanlet, y porque  me parecía algo tétrico en si mismo, con independencia de que planteara o no la cuestión del ser o no ser; pero a ella le daban igual mis prevenciones y mis tímidas protestas, de las que se reía sin contención alguna mientras, en mi honor, consentía en volver a sepultar a sus abuelos bajo el montón de bragas y sostenes que guardaba en el tercer cajón del armario, justo encima de las medias y las camisetas. Entre ella y yo las cosas se pondrían tensas enseguida porque yo no la amaba más que con esa inclinación efímera que, brevemente, nos presta  la curiosidad o el asombro, y no con la pasión que nos impone el corazón soberano con sus ciegas elecciones. Pero, aún así, nunca pude olvidarla porque era tan hermosa como lo es la verdad desnuda, y desde ésta y otras páginas procuro darle siempre que puedo las gracias por haberse presentado en mi vida como se presentan los milagros: sin avisarnos, sin al menos haberlos reclamado conscientemente, y, lo que es peor, sin que apenas podamos creer en ellos hasta que ya es tarde, hasta que sus pruebas ya han desaparecido y de su realidad sólo queda una memoria débil y dubitativa que no podremos reconstruir por más que lo intentemos, como tampoco podemos hacerlo con las escenas de ese sueño que casi no sabemos si hemos soñado o no... 

martes, 22 de septiembre de 2015

Microrrelato incoherente

Érase una vez una niña imaginaria que todas las noches, antes de acostarse, se encerraba en su cuarto de baño para repasarse la dentadura ante el espejo y, con la connivencia de su dentista, elegir un diente que arrancarse en solidaridad con quien, no teniendo nada que llevarse a la boca, no sabía qué hacer con los suyos, por lo que, hasta el presente, ni siquiera había imaginado acudir a un dentista para que se los arrancase en justa coherencia con su lamentable situación... 

De la religión que no es (exactamente o sólo) una religión, y del más encantador de todos sus santos

De la India  no me gustan ni Shiva ni Visnú, ni siquiera Buda, sino su discípulo Nagarjuna que llevó al extremo la tendencia innata del espíritu indio hacia la coincidentia oppositorum. Decir "nada es verdad" es lo mismo que decir "todo es verdad", cuando lo que llamamos "verdadero" es una convención vacua, sin realidad, y la verdad es que todo es irreal, tanto el sansara (mundo) como el nirvana (liberación del mundo), incluida cualquier afirmación y su negativo lógico, sin que eso quiera decir que mundo y no-mundo sean la misma cosa, sino opuestos falsos e indiferenciados que produce y manufactura el Espíritu Humano: una fábrica que, por supuesto, tampoco existe ya que lo único existente sería el vacío si no fuera por la infinita piedad del Boddhisattva, que, a sabiendas de que no hay seres, se esfuerza por convertirlos y en salvarlos, que estando sereno parece sentir todas las pasiones, que habitando un solo cuerpo es capaz de manifestarse en todos y por todas partes, que permaneciendo ausente, en éxtasis, goza de la inmanencia de todo aquello que es objeto de deseo, etcétera, etcétera, etcétera... ¿A que es encantador? 

lunes, 21 de septiembre de 2015

¡Faltaría más!

La tradicional oposición entre Aristóteles y Platón suele formularse popularmente con esta pregunta absurda por improcedente: "¿quién decide por ti, el corazón o la cabeza?". Por supuesto, en  público la mayoría continua votando por Platón porque detesta pasar por una persona analítica, poco propensa a los arrebatos, fría e insensible, en definitiva; pero en la intimidad casi todos apoyan, como es lógico, el criterio de Aristóteles y se lo piensan mil veces antes de decir que esto o lo otro, que sí o que no. No se sabe por qué Aristóteles es el malo en esta película cuando, a fin de cuentas, su consejo busca que hagamos las cosas con cabeza para no tener que lamentarnos después de ser unos estúpidos idealistas que creen más reales las sombras de las cosas proyectadas en esa otra caverna que es nuestro cráneo que las propias cosas en si mismas: más real, por ejemplo, el amor imaginario que la persona que realmente amamos o nos ama. El empirismo aristotélico triunfó tarde, muchos siglos después de la muerte de su inventor, pero una vez que cogió las riendas del mundo ya no quiso soltarlas, y no parece que vaya a hacerlo en un futuro inmediato: el método científico ha sido desde entonces su principal valedor, y, gracias a él, la Ciencia ha fundado otra Iglesia Universal cuya palabra va a misa todos los días.  Nada escapa ya a su jurisprudencia y sus leyes han penetrado incluso en el inconsciente colectivo por lo que hasta los sueños humanos se pueden medir y pesar actualmente como cualquier otro fenómeno de la Naturaleza. Las tablas estadísticas son hoy infinitamente más respetadas y consultadas que las que Moisés bajó del Sinaí, y no sólo éso sino que, en el momento de la verdad (por ejemplo: cuando nos diagnostican un cáncer), casi todos nos agarramos a ellas como a verdaderas tablas de salvación. A nuestro alrededor, en esta sociedad, está todo tan medido y pesado que ni los sentimientos más íntimos se salvan de figurar en una de esas tablas donde se recogen sus fluctuaciones y promedios, de modo que se podría decir que hasta el corazón es en la actualidad otra cabeza, otro cerebro más, y no la víscera alocada e impulsiva que todos pensamos.  Así que de aquella antigua y épica oposición filosófica ya queda poco, si es que queda algo, y lo que antes era una divergencia intelectual de gran calado entre dos de los mayores pensadores de la Humanidad, o de sus respectivas escuelas al menos, hoy no es más que una pequeña discusión insignificante entre dos maneras de pensar que sólo son distintas en teoría, no en la práctica, ya que en la práctica ni el corazón ni la cabeza deciden nunca nada y todo lo decide, en cambio, el instinto o el temperamento, que son quienes, al fin y al cabo, piensan y sienten en nosotros por más que, de hecho, sigamos siendo aristotélicos o platónicos y contestando siempre lo mismo a aquella estúpida pregunta: "¿...Que quien decide por mi?... El corazón, naturalmente. ¡Faltaría más!".

Una lástima, la verdad

Es curioso lo de Platón: un filósofo con vocación de político que acabó triunfando como fundador de religiones. El nos hizo caer del cielo para que pudiéramos volar hacia Dios, en un feedback que se retroalimenta a si mismo sin cesar. En el Timeo sostiene que hay tantas almas humanas como estrellas existen y que todos ellas llueven sobre este mundo como los meteoritos. En el Gorgias revela que, tras el impacto, los hombres nacemos ya sepultados, pues los cuerpos no son otra cosa que sepulcros de carne en que las caídas quedan atrapadas nada más aterrizar. En el Menón analiza más a fondo el tema de la Transmigración, y en el Fedón precisa el plazo exacto en que las susodichas almas retornan a la tierra (mil años). Por último, en el Fedro nos explica cuándo a éstas les crecen alas con las que poder remontar el vuelo hacia su destino, que no es otro que su lugar de origen: cuando, contemplando la belleza del mundo, se ponen a pensar en la belleza en sí (o sea, en la idea de la belleza) y, como resultado de tal meditación, se convierten en "sustancias espirituales de naturaleza volátil" (es decir, en algo comparable al pájaro o a la mariposa).  Pero, a pesar de que estos simbolismos o metáforas no sean ni mucho menos originales del Ámbito Egeo, no debe sorprendernos demasiado que Platón se los apropiara presentándolos como un descubrimiento personal. Tales símbolos debían flotar en el ambiente (en forma de intuiciones) traídos por los vientos que soplaban desde Asia Menor viniendo de más allá, probablemente del extremo Oriente. Por ejemplo: entre los taoístas chinos (de nuevo Lao Tzu), cuando un hombre alcanzaba el Tao  se decía que sobre su cuerpo empezaban a crecer plumas; y en los textos védicos (otra vez la India) se acredita desde muy antiguo que "la inteligencia es la más veloz de las aves", o bien que "el que entiende posee alas". Por tanto, en todos esos lugares (tan exóticos a la cultura clásica que ésta sólo disponía de un término genérico para designarlos: los Países Bárbaros) el "vuelo" simbolizaba, simplemente, la capacidad de profundizar en el conocimiento de las cosas secretas, entendiendo por tales las verdades metafísicas heredadas de un pasado arcaico y una sabiduría inmemorial. Claro está que no estoy sugiriendo que Platón conociera estas tradiciones tan lejanas, sino que, antes que a él, habían llegado a Grecia a través de ciertos semidioses y filósofos que le precedieron en la búsqueda de la verdad (me refiero concretamente  a Orfeo y a Pitágoras), para, con el tiempo, integrarse y desarrollarse en su pensamiento hasta completar la grandiosa síntesis platónica de la que, según Witehead, el resto de las filosofías occidentales no son sino notas a pie de página. Es curioso (por no decir extraordinariamente raro) que el fracaso de una vocación política tenga como consecuencia directa un beneficio tan grande para la humanidad, y, aunque yo haga sinceros votos para que  ojalá el de Platón no sea el único caso conocido de la Historia, me temo que mis oraciones servirán de muy poco para que vuelva a repetirse. Una lastima, la verdad.

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Tú también, Bruto?

¿Por qué quien nos traiciona es siempre el más querido? En realidad, el traidor no lo es por la importancia o  la gravedad  de su acción, sino por el daño que sólo él es capaz de causarnos. En realidad, sus actos ya los habíamos previsto y, por tanto, en el fondo no nos sorprenden en lo más mínimo: lo que nos duele no es que algo sea imposible de evitar, sino que esa persona tan querida guarde cobardemente silencio ante lo inevitable. Tal persona es para nosotros el ser más entrañable: de ahí que no entendamos que no proteste airadamente ante la injusticia que sufrimos, como lo hacen nuestras entrañas. En realidad, el único misterio que nunca resolveremos es ése: ¿por qué calla nuestro bienamado cuando, con su silencio, nos está condenando a muerte? Bruto, San Pedro y Ananda son ejemplos ilustres de lo que digo, y a mi sus actos no me parecen en absoluto misteriosos por incomprensibles (hay que recordar que los tres eran hombres bondadosos y sencillos que, respectivamente y sin quererlo, rompieron los divinos corazones de César, Jesucristo y Gautama Buda callándose como muertos en el momento crucial). Yo estoy seguro de que ellos, esos tres pobres hombres, no querían hacerlo, pero lo hicieron porque era inevitable. Más aún: porque era preciso incluso, pues hay veces en que traicionar es todo lo que podemos hacer por alguien al que respetamos y admiramos tanto que hasta daríamos la vida por él. Hay veces en que la traición es un paso obligado y previo a la adoración, y ninguna buena persona puede dejar de darlo por mucho que lo lamente después. Hay veces en que a la histórica pregunta de "¿Tú también, Bruto?" sólo podemos responder "Sí, mi Señor", admitiendo con ello nuestra culpa, nuestra gran culpa que, sin que nosotros lo sepamos, confiesa al mismo tiempo nuestra propia grandeza. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Los inmortales, II

La idea era tan antigua como la humanidad y estaba relacionada con el cinabrio en su lento trepar hacia la cima de la pirámide de los metales: el oro (cumbre de la alquimia y antepasado directo del dinero, no lo olvidemos) era el único dios que podía hacernos inmortales o, como mínimo, longevos. Mucho antes que Lao Tzu viniera al mundo (algo no probado, por lo demás), los alquimistas de todas las latitudes habían adoptado y reinterpretado algunos mitos de los metalúrgicos, fundidores y herrreros. En sus enseñanzas reaparecen las creencias arcaicas relativas al desarrollo de los minerales en el vientre acrisolado de la tierra, su transmutación natural en oro y el valor místico de éste. En China particularmente no se sabe cuáles fueron sus orígenes, pero sí que sus principios fueron muy parecidos a los del resto del planeta. A saber: los conocimientos tradicionales sobre el Cosmos, los mitos en relación con el elixir de la inmortalidad y la existencia de los inmortales, y, por último, las diversas técnicas para obtener la longevidad, que estaba muy estrechamente ligada a la felicidad. Por supuesto todo este conjunto de saberes ya se conocía desde la prehistoria y, por tanto, la vinculación entre la preparación del oro, la obtención de la droga de la inmortalidad, y la evocación de los Inmortales estaba ya establecida desde una remota antigüedad, y estos tres milagros se consideraban dominio exclusivo de magos que, a la vez, eran grandes hombres (o sea, hombres sabios), pues el deseo de fabricar oro puro implicaba también una sincera búsqueda de espiritualidad, la purificación del nigromante.
¿Pero qué buscaba el alquimista del Tao en paralelo a la metamorfosis del cinabrio? En la antigua China, se creía que el oro, por el hecho de participar del principio yang, preservaba el cuerpo de la corrupción, y esta era la razón de por qué el uso de joyas y vasos fabricados con su concentrado alquímico prolongaba la vida hasta el infinito: en un libro de biografías sobre algunos inmortales, se encuentra la noticia de que un tal Wei Poyang  fabricó en cierta ocasión unos preparados que él mismo denominó "píldoras de la inmortalidad", algunas de las cuales dio a ingerir a su perro (igual que en un experimento farmacéutico, lo que implica que esta es una de las primeras veces que se utilizó con plena conciencia una cobaya de laboratorio) con el resultado siguiente: el feliz chucho abandonó la tierra en carne y hueso marchando a unirse con los demás inmortales. Pero nos tomemos o no en serio el experimento de Wei Poyang, lo cierto es que el oro poseía misteriosas relaciones con la vida futura cimentadas a través de un intermediario: el mercurio resultante de la combustión del cinabrio en el interior de un crisol. 
Y ahora volvamos atrás un momento para echar un vistazo a la tradición, Tradicionalmente, la homologación entre el macro y el microcosmos relacionaba los cinco elementos cosmológicos (agua, fuego, madera, aire y tierra) con los órganos el cuerpo humano: el corazón con la esencia del fuego, el hígado con la de la madera, los pulmones con la del aire, los riñones con la del agua, y el estómago con la de la tierra. Pues bien: ese microcosmos que es el cuerpo humano tiene una traducción en términos alquímicos puesto que "el fuego del corazón es rojo como el cinabrio, el agua de los riñones negra como el plomo...", y así sucesivamente. Por consiguiente, el hombre posee en su propio cuerpo todos los elementos que constituyen el cosmos, junto con todas las fuerzas vitales que contribuyen a su periódica renovación. Así que, para lograr ésta, la renovación, es lógico pensar que bastaría con reforzar determinadas esencias; y es aquí donde cobra toda su importancia el cinabrio, pero menos por su color (el de la sangre) que por el hecho de que, puesto al fuego, produce el mercurio (el intermediario necesario en la transmutación que conduce al oro, al metal inmortal). El cinabrio entonces es el comienzo de la renovación porque está al inicio de la metamorfosis de los metales, una operación que, como ya sabemos, está emparentada, a su vez, con el misterio de la regeneración por la muerte (la combustión simboliza la muerte en tanto en cuanto ésta consume y transforma la materia). 
El relato que acabáis de leer no se queda en un plano simbólico, sin embargo, pues el cinabrio también se puede elaborar dentro del cuerpo humano. ¿Cómo? Ya lo sabéis: por medio de la destilación del esperma en los campos que llevan su nombre. En mi aportación anterior, cuando os hablé de las técnicas taoístas para conseguir la inmortalidad, me olvidé de citar estos territorios corporales o "campos de cinabrio", que son tres y están en la cabeza, el pecho y el ombligo. El de la cabeza recibe también otro nombre, K´uen-luen, y es una cámara "semejante a una gruta situada en mitad del cerebro" (¿el centro del cuerpo calloso, la amígdala quizás?). En esta cámara secreta sólo se penetra a través de la meditación y después de caer en un estado caótico, parecido al estado primordial, paradisíaco e inconsciente del mundo increado (lo que, por otra parte, recuerda bastante a aquel "regreso al útero" perseguido gracias a las tecnicas de la Respiración Embrionaria y del Embrión Misterioso que constituía el primer o uno de los primeros objetivos del Taoismo, como sin duda recordareis). 
Pero aún hay más: resulta que el  K´uen-luen no es sólo una caverna cerebral sino una montaña fabulosa del mar del Oeste donde, según la tradición china, moran los inmortales en su minúsculo universo paralelo. Esa montaña esta formada por dos partes o conos, uno erguido, elevado sobre las aguas, y otro invertido... Y, ¡qué curioso!, tiene la forma global de una calabaza, igualito que el hornillo del alquimista y la susodicha cueva horadada en el tejido neuronal a la que deben entrar los iniciados del Tao para alcanzar la plenitud del recién nacido en la que Lao Tsu veía la santidad, es decir: un alma en la que no hay lugar para la muerte... Sí, es evidente: las tres cosas son la misma. O aluden a lo mismo, mejor dicho: en todos los casos, para hacerse inmortal, hay que penetrar en una calabaza. El cinabrio debe hacerlo en la que pone al fuego el alquimista; y el alquimista, a su vez, en la otra, en la gruta K´uen-luen de su propio cerebro, en esa región secreta en la que solamente se entra si antes se ha podido regresar al estado prenatal, al estado primordial, paradisíaco e inconsciente del embrión, es decir: al mundo siempre nuevo de lo increado.
Finalmente sólo me resta añadir que, ya en época de la dinastía Han, Lao Tzu fue divinizado, y que, a partir de ahí, sería considerado como una emanación del caos primordial y asimilado a P´anku, un ser antropomorfo que representaba al Cosmos en su totalidad. Esa asimilación o transformación fue descrita por H. Maspero en su libro Le taoisme del modo siguiente: "Lao Tzu modificó su cuerpo. Su ojo izquierdo se convirtió en la luna, su cabeza se hizo el monte K´uen-luen, su barba se hizo los planetas y las mansiones, sus huesos se hicieron los dragones, su carne se convirtió en los cuadrúpedos, sus intestinos se hicieron las serpientes, su vientre se hizo el mar, etc.". (Desconozco si la descripción de esta serie de metamorfosis protagonizadas por el Santo Inmortal prosigue ad infinitun o bien concluye en ese seco etcétera final, ya que no he podido conseguir un ejemplar de la obra. Pero es posible que así sea porque, dado que él es el universo entero, sus partes tampoco deberían tener fin como no lo tiene el Todo. ¿No os parece?).

Los inmortales, I

Escribí una vez un poema en que Lao Zi (o Lao Tzu) dictaba su filosofía a un guardián de la Gran Muralla en su célebre retirada del "mundo" (el sinónimo de China para los chinos). Reconozco que aquel trabajo no estaba bien documentado, y que, en su composición, me dejé llevar por un espíritu entre elegíaco y romántico para describir el apócrifo encuentro entre el funcionario de aduanas y el maestro más famoso del taoísmo filosófico. De Lao Zi sólo sabía entonces más o menos lo que sabe todo el mundo: que escribió un libro llamado Tao te King en el que se exaltaba la doctrina del Tao o Dao, y que era el ideólogo de un movimiento moral que recomendaba a los hombres vivir oculta y anónimamente. (De hecho, ese era el sobrenombre que yo le aplicaba en el título de mi poema: El Oculto). Con el tiempo y el estudio he podido darme cuenta, más que de las inexactitudes contenidas en mis ripios (que por fortuna no eran muchas), de las imprecisiones referentes al propio corpus doctrinal defendido por el gran pensador religioso que, a su vez, se ocultaba, detrás del escurridizo individuo llamado Lao Tzu (o Lao Tan, porque sus nombres nunca se acaban al no ser, con toda probabilidad, un personaje histórico). Yo no había caído en que, por ejemplo, existía un Tao permanente y otro que no lo era (el Tao segundo), y que el primero se distinguía de su hermano menor por un detalle de una sencillez apabullante que venía especificado en la primera linea del Tao te King. Decía allí el maestro: "Un Tao del que se puede hablar no es el Tao permanente", lo que equivale a decir que todo aquello de lo que va a disertar a continuación no es, en realidad, su verdadero pensamiento, ya que este trasciende las modalidades del ser y, por tanto, es inaccesible al conocimiento humano. No se puede demostrar su existencia y, en consecuencia, la actitud más prudente es no intentar demostrarlo, prudencia que nuestro sabio cumple a rajatabla porque ni siquiera mencionará en ninguna parte de su obra el objetivo final compartido tanto por la filosofía como por la religión taoista: prolongar indefinidamente la vida hasta conseguir la inmortalidad física. Y de aquí precisamente, de esta secreta ambigüedad, se deriva otro de los sobrenombres de Lao Zi, quizás el más acertado y pertinente: El Oscuro. (El oscuro más oscuro que la misma oscuridad, diría yo).
Unos años después de este primer y superficial contacto con el Dragón (este otro alias se lo debemos a Confucio), mi disculpable curiosidad intelectual sobre todo lo que atañe al Erotismo me llevó a darme de bruces con el método yóguico elaborado por el tantrismo indio para retener la emisión del semen durante el acto sexual y prolongar así (de forma indirecta, y sin que tal fuese su intención inicial ni última) el placer o goce en pareja. En el deficiente manual ilustrado que yo consulté en esa ocasión se citaba, para mi sorpresa, a los adeptos de Lao Tzu como seguidores del metódo en cuestión, método que al exportarse a China desde el país indostánico había sufrido una modificación o variante, siendo conocido allá como "El camino del Yin". Fue entonces cuando, tras sucesivas averiguaciones, supe que la secta taoista se identifica a si misma mediante el ideograma hsein que significa "Inmortal" y que éste, la inmortalidad, era el objetivo extremo de sus creencias. Averigüé también en ese mismo acto que sus adeptos podían recurrir a numerosas técnicas para alcanzar la longevidad y que el principio básico de todas ellas consistía en "nutrir la fuerza vital que entra y sale por los nueve orificios del cuerpo", por lo que, en la práctica, se volvía muy importante para el iniciado vigilar esas nueve puertas cuidadosamente ya que en su cuerpo no sólo podían entrar dioses y espíritus bondadosos, sino también unos demonios maléficos llamados "gusanos" que, en número de tres, devoraban su vitalidad. Y comoquiera que debían librarse a cualquier precio de estos tres demonios, es por ello que renunciaban a los alimentos ordinarios (carne, vino, etc) para alimentarse a base de plantas medicinales y sustancias minerales que tenían la virtud de dar muerte a los antedichos parásitos...
Pero no es mi intención aburriros aquí recitando los postulados teóricos y los procedimientos prácticos que han de cumplir los taoistas en su camino al paraíso (sí, también ellos lo tienen, y es decididamente terrenal: está en una isla maravillosa o en una montaña santa, ambas de carácter sobrenatural,  lo que no fue impedimento para que algunos reyes de ciertas dinastías previas a la Era cristiana enviaran expediciones militares en su busca). Lo que a mí me interesa es volver con Lao Tzu, a su tajante afirmación recogida en el Tao te King -"El que está provisto de la plenitud es comparable a un recién nacido"- porque de ella se puede extraer una explicación convincente para, al menos, dos de los procedimientos implicados en la persecución de la inmortalidad, la meta final del Taoismo. Uno es la llamada "Respiración Embrionaria" que no es un ejercicio preliminar a la meditación, como en el Yoga, sino un aliento que se hace circular en circuito cerrado dentro del cuerpo (de manera semejante al del feto en el claustro materno) para conseguir una visión interior que sirva, entre otras cosas, al fortalecimiento físico del adepto. Y el otro es el del "Embrión Misterioso" que se puede considerar como la cumbre de las técnicas sexuales taoistas, y que consiste en mezclar o sumar a la anterior respiración la disciplina del Camino del Yin mediante la que se educa en la retención del semen para reparar el cerebro (o sea, en realizar el coito sin eyacular) y así evitar la dispersión de la energía vital. Tanto según el tantrismo hindú como según el taoismo chino tal retención hace que, al igual que pasaba con el aliento, el semen circule en el interior de nuestro cuerpo ascendiendo siempre desde su campo inferior hasta el superior situado en la cabeza, a fin de revitalizar allí el cerebro, y beneficiándose de este rito también nuestra pareja  (al menos, en teoría).
Pues bien: esta vía formada por dos senderos confluyentes se supone que conduce en línea recta a la vida eterna sin distinción de sexos, siendo el método para no morir igual de válido para hombres que para mujeres, las cuales lo harán (no morir), no por la contagiosa contigüidad del varón que las acompaña en la cama, sino por la propia capacidad de concentración haciendo el amor, a la hora de replegarse sobre su corazón y de perder la conciencia de su cuerpo y del mundo exterior. Y otra cosa: en buena lógica, y a fin de reparar el cerebro, el adepto debía absorber grandes cantidades de yin, por cuyo motivo cambiaba con frecuencia de pareja (de ahí a la orgía ritual, donde la unión de los alientos se hacía en colectivos más o menos numerosos, faltaba sólo un paso que se daría a no tardar). Y naturalmente  a los inmortales, a los que habían almacenado grandes cantidades de energía yang en el cerebro, se les representaba con un cráneo desmesuradamente desarrollado, una iconografía que, no lo olvidemos, ha sido utilizada con profusión en la industria del cine y del cómic para ilustrar el aspecto de los seres procedentes de otras galaxias, en los que también se presupone que es característica la longevidad-inmortalidad. (Como anécdota diré que, entre los ancianos taoistas, hubo inmortales de cabellos uniformemente canosos que, de pronto, ennegrecían de nuevo, y cuyos dientes ya caídos volvieron a salir otra vez: se asegura ésto, por ejemplo, de un tal Jong Tcheng Kong, nombre del que se sospecha es otro de los múltiples camuflajes de Lao Tzu).
Y, por último, deseo referirme a los alquimistas del Tao... (Pero eso será en una próxima entrega porque, al no ser yo un inmortal, me estoy muriendo de sueño...).

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La minería de la ganga

Meditar no equivale a la reflexión controlada del pensador, ni tampoco a la constante introspección del alma melancólica, sino a la disolución de la conciencia lógica y racional en el magma del ser que es el Todo. De ahí que yo sea refractario a la meditación, pues no sé cómo detener el pensamiento que me recorre de arriba abajo (como otra linfa) mientras miro a través de la ventana esta lluvia que cae sobre el mundo con la misma lentitud y persistencia que la duda sobre mi corazón... 
¿Y disolver, diluir la conciencia para qué? ¿Para descansar, para no sufrir?... ¿Pero cómo? ¿No equivaldría eso a renunciar, a no asumir con valentía nuestra responsabilidad?... El sufrimiento es la cuna de la vida y, como padres que somos, es a nosotros a quienes toca mecerla sin descanso. ¿Cómo, si no, aplacar sus llantos y conseguir que se duerma en el mejor de los sueños posibles, para que ella respire con calma en su candidez y a nosotros se nos dibuje en la cara una tierna sonrisa de orgullo?... 
¿Y por qué hablo yo de hijos si nunca los he querido, ni, por supuesto, parido? ¿No estaré cayendo de nuevo en el necio sentimentalismo y, de rebote, en la hipocresía? Además, ¿a qué vida me refiero? Porque hay muchas, y no todas son univitelinas del dolor, no todas pugnan con él en la carrera del alumbramiento, por abrirse paso hacia la luz. ¿Es el mío el viejo lamento de los hombres "ignorantes", ese que clama en el desierto: "¡Quién pudiera detener la cadena infinita de los pensamientos"? Pero... ¿Son todos ellos, los pensamientos, frutos de la ignorancia? ¿Son todas nuestras ideas como ladrones timoratos que no se atreven a robar sin dejar algo a cambio, y por eso nos hurtan la libertad para dejarnos en su lugar el deseo que nos hace dependientes de las falsas ilusiones, tal como predican las filosofías acunadas junto al Indo: el Samkhya, el Yoga y la metafísica de los vedas? En resumen: ¿es el camino de la evasión la incómoda y única vía a la salvación?... (Si es así estoy jodido porque el ansia es mi daimon creador, y mi conciencia la materia prima de sus creaciones, la veta que él explotará hasta su completo agotamiento, cuando el minero se vea al fin sepultado por montañas de ganga que, por definición, no tienen valor alguno). 

martes, 15 de septiembre de 2015

¿Piedra o banana?

En el principio fue la piedra porque los muertos eran la clase social más importante y, por tanto, los que vivían en las mejores casas: las construidas con megalitos que no podría derribar el viento, destruir los terremotos o arrastrar las riadas. Guarecidos en sus túmulos, a cubierto bajo las formidables losas de varias toneladas de peso que techaban sus dólmenes, los muertos del Neolítico eran, en realidad, los únicos que podían disfrutar de las comodidades y la seguridad de un verdadero hogar: en un sentido laxo, ellos fueron la primera aristocracia, los "primeros ricos" de la humanidad, cuando la muerte era la condición que distinguía a un individuo sobre los demás miembros de un grupo o clan. La piedra (un menhir, en concreto) fue el primer signo ostensible de distinción social que conocimos los hombres: hacerse con uno, incorporarse, fundirse espiritualmente con una de esas alargadas moles graníticas, constituía la única manera de llegar a ser alguien, y de ser recordado en el futuro mediante el recitado ceremonial de nuestro nombre en las reuniones festivas de la comunidad. Un círculo de grandes piedras (el cronlech) fue el primer castillo, el primer templo, la primera ciudad; y, en correspondencia con ésto, el hombre no era nadie hasta que se hacía piedra él también. ¿Cómo extrañarse de que la mimética y ambiciosa clase media de hoy en día celebre por doquier su mediocre éxito personal edificando en seguida su casa con ese material imperecedero? ¿Cómo no comprender al modesto triunfador contemporáneo que restaura una casona o construye un panteón para perpetuar en la memoria colectiva el apellido de su familia? ¿Y cómo no envidiarle, en definitiva? Al fin y al cabo, él ha logrado en vida algo que, hasta hace sólo cinco o seis mil años, de conseguir, conseguiría solamente al morirse, lo que significa un progreso enorme desde todo punto de vista. Ya no es preciso palmarla para asegurarse la credibilidad, para ganar prestigio, para perdurar en el recuerdo de nuestros vecinos: por fortuna, hoy podemos seguir con vida aún después de enterrarnos vivos detrás de esas gruesas paredes de piedra que son la admiración y la envidia de nuestra parroquia de amistades, de nuestro círculo social más íntimo. Y los que no puedan tener en propiedad uno de estos fabulosos "dólmenes" actuales siempre podrán ir de visita u hospedarse en uno de ellos durante una noche si, para conservarlo en su poder, su propietario no tuvo más remedio que reconvertirlo en hotel. ¡Que tire, sino, la primera piedra quien no esté dispuesto a pagar sus buenos euros por dormir, aunque sólo sea una noche, en una de esas pensiones con encanto o en los paradores de turismo que proliferan por nuestra geografía nacional y que se promocionan recurriendo a ese reclamo! (Es decir: presumiendo de sus muros de cantería que les dan el aspecto de fortalezas medievales, pero con el confort de un palacio vanguardista que cuenta con todos los adelantos técnicos de la vida moderna). 
Y es que hay que reconocer que la piedra está en nuestros genes (o sea, que es una más de las bases de aminoácidos presentes en nuestra cadena de ADN), y que nosotros, los pueblos europeos del Arco Atlántico y del Mediterráneo, no fuimos tan tontos como los primeros pobladores de Indonesia, los cuales rechazaron, al parecer, el mayor de los dones que nunca les habían concedido los dioses. Según un mito indonésico, en el Principio, cuando los cielos no se habían separado aún de la tierra, la divinidad de turno otorgó a la pareja primordial de esas latitudes, a su Adán y Eva locales, una piedra que hizo descender hasta ellos mediante una cuerda, y que este par de tontos recibió con sorpresa y descontento, por lo que se negaron a aceptarla. Poco tiempo después el mismo Ser Supremo, utilizando el mismo método de transporte, les hizo llegar una banana que, de inmediato, fue muy bien recibida. Naturalmente, aquellos idiotas no tardaron en enterarse del craso error que habían cometido cuando sus benefactores les revelaron la moraleja del cuento: por haber elegido la banana en vez de la piedra, su existencia sería biodegradable y fugaz en vez de inmutable y perenne. Como podemos ver, la lección que debemos sacar de este mito es que los dioses son igual de malvados en todas partes, pero que la inteligencia humana varía según la zona del mundo, pues, como demuestra este bonito cuento, los indonesios de la leyenda no eran muy listos que digamos. Si hubieran tenido nuestros genes pétreos (me refiero a los de esta zona del mundo) no lo hubieran dudado ni un segundo:  habrían escogido el pedrusco que les caía del cielo y lo habrían utilizado para hacerse un refugio a prueba de bombas, a prueba incluso de todas esas bromas que suelen gastarnos a los humanos los malévolos dioses de cualquier región: tales como vientos huracanados, rayos tremebundos, estremecedores terremotos o terribles riadas que se lo llevan todo por delante. Todo excepto esas sólidas tumbas de granito tallado a mano que son hoy las primeras o segundas residencias de aquellos de entre nosotros que todavía conservan parte de la dotación genética prehistórica, y que, al sentirse probablemente en un plano distinto al de sus congéneres, tampoco les importaría vivir en túmulos subterráneos con tal de no estar nunca a su mismo nivel (suponemos que agradeciendo allí, en el religioso silencio de los muertos, a los dioses por haberles dado a sus antepasados la inteligencia suficiente como para elegir la piedra y no la banana)...

sábado, 12 de septiembre de 2015

Noticia de un atropello

En la amodorrada soledad del campo, cuando cae la noche, es donde nos damos cuenta de lo inútil que es todo, no sólo los actos sino también los sentimientos, pues buena parte de éstos son como las nubes de estos tímidos comienzos del otoño: grises algodones que pasan sin dejar un agua que sirva realmente para el riego de esa frágil planta de temporada que es toda vida humana. Como otras muchas en esta tierra, mi aldea se está quedando deshabitada, y es por ello que pienso que, en realidad, sólo el urbanita extraviado en sus queridas calles puede ser un sincero militante del Positivismo, pues él raramente se da de bruces con esta verdad oscura y silenciosa del universo que todavía respira a mi alrededor bajo la joven luna de septiembre (igual que lo haría una tumba abierta y vacía que boquea su propia inutilidad en un cementerio abandonado)... 
Pero no es eso lo que quería contaros hoy, sino algo que me ha ocurrido esta tarde. Esta tarde, mientras paseaba en dirección al río, he visto morir a un gato enfermo bajo la rueda de un tractor que ha pasado de largo como si nada, sin que el conductor se haya percatado de esa muerte ridícula, ni la mastodóntica máquina del minúsculo obstáculo que el cuerpo del pobre animal opuso a su pesado rodar. Pues bien: nada más escuchar el breve crujido de sus huesos, y en cuanto pude dominar mi asco y el escalofrío consiguiente, he comprendido con una nitidez apabullante que el gato no había muerto en vano por más que su fin pareciese ser por completo banal para el no menos inútil rodar del universo. Lo que comprendí fue que la relación del gato con el tractor que le acababa de aplastar era exactamente la misma que tiene cualquiera de  los hombres con la Historia, ya que una tarde como ésta de un próximo futuro esa Gigantesca Rueda del Tiempo me pasará también a mi por encima del mismo modo, es decir: haciéndome papilla sin que Dios o el Diablo (cualquiera sea quien conduzca esta otra máquina espantosa, la del Tiempo) gire la cabeza al volante para ver qué mierda es lo que ha atropellado...  

viernes, 11 de septiembre de 2015

Ojalá nos parta un rayo

En los últimos días he estado entretenido tratando de responder a la pregunta de si es necesario que llegue a su término esta civilización occidental contemporánea organizada en base al sistema político del capitalismo liberal y, al cabo, creo haber hallado un motivo que lo justificaría plenamente. Es éste: en Occidente, la mayoría de la población ya sólo conoce y practica la épica de pagar puntualmente las facturas y, cada vez más, da la impresión de no estar interesada realmente en ninguna otra. Materialismo y Humanitarismo son sus filosofías triunfantes y coexisten siendo complacientes entre sí, reforzándose mutuamente  para tranquilizar las conciencias por el hecho estadístico de tener nuestros hogares (en general) la nevera llena. No me gusta repetirlo porque se ha vuelto ya un lugar común, pero es cierto que Occidente se siente culpable e intenta (a veces de un modo más que patético) hacerse perdonar incluso los errores y pecados que sólo ha cometido en su imaginación. Occidente en pleno necesita urgentemente una visita al psiquiatra o, al menos, una consulta telefónica con un psicólogo, y ahí precisamente está el problema porque, para solucionarlo, los occidentales deberíamos antes que nada pasar a cuchillo (durante una nueva y santa noche de San Bartolomé) a esa élite de profesionales liberales que se ocupan de gestionar nuestra psique, y que son uno de los orgullos de nuestra cultura por trabajar aparentemente en favor de la salud de la conciencia y del alma inmortal del hombre, ambas muy anteriores a cualquier sistema político-económico conocido. Sin embargo (aquí, entre nosotros)  la conciencia y el alma humanas ya no pueden caer más bajo, ni tampoco subir más alto, ahora que la inmensa mayoría de nuestros grandes cerebros, no sólo los pequeños, cree a pies juntillas que ninguna ética sirve de nada a la humanidad si no le enseña a llenar la nevera de su apartamento con su propio dinero. Y la consecuencia de este curioso modo de pensar es, que si no tiene dinero, en seguida esa misma humanidad  dejará de sentirse humana, y, por contra, se sentirá absolutamente frustrada ya que (por encima, y para colmo) no va a poder morirse tranquilamente de hambre en la calle, como los mendigos del tercer mundo o los antiguos filósofos cínicos, porque se lo impedirán los subsidios estatales y los diferentes bancos de alimentos municipales. junto a las políticas de inserción social que están ahí precisamente para éso: para integrar con dignidad a las personas en una sociedad indigna de llamarse tal.  
¡Y mira por dónde!: ahora que (gracias, entre otros, a los psicólogos) habíamos conquistado por fin nuestra responsabilidad individual como seres humanos, comienza a parecernos vital que nos fulmine a todos una "irresponsabilidad máxima" que caiga del cielo para liberarnos de nuestra condición de mortales concienciados, como sin duda haría el rayo de Zeus si, en vez de en las Olimpiadas, creyéramos todavía en el Olimpo y en la épica de sus mitos. Pero lo malo para nosotros es que ya no somos los griegos de la Antigüedad clásica o preclásica sino sus modernos descendientes, y, como modernos que somos, no podemos creer en dioses ni en héroes, salvo en los que llevan una medalla de oro al cuello y sonríen a la cámara mientras la muerden con orgullo y simpatía. De ahí que un rayo no pueda hacer por nosotros otra cosa que electrocutarnos, que es lo que le permiten hacer las leyes científicas, únicas leyes en que los modernos creemos. Es una lástima, pero es lo que hay. Así que confiemos en que pronto nos parta un rayo y a otra cosa mariposa.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Un mensaje bárbaro para receptores que no lo son menos

En principio esta entrada iba a ser un panfleto, pero luego he pensado que ya no tengo edad para publicar panfletos y que, a mis años, sería algo muy feo pasar por ser un entusiasta cuando ya sabemos (Pavese dixit) que el entusiasmo es la peor de las insinceridades: además de un gesto de mal gusto sería, pues, una terrible insinceridad escribir lo que voy a escribir en un tono entusiasta cuando mis pobres reflexiones están en las antípodas de tal actitud moral. En ese felizmente abortado panfleto me disponía a pedir una nueva invasión de los míticos bárbaros para que estos seres justicieros de otras épocas pusieran fin también a la nuestra, a nuestra patética civilización moderna y occidental, justificando esta demanda propia de un suicida en la bajeza de espíritu que, a mi juicio, hemos alcanzado los contemporáneos en nuestras mutuas relaciones. Pero, de inmediato, me he dado cuenta de que, para que mis deseos se cumplieran, deberíamos ser invadidos por nosotros mismos porque, actualmente, no hay  más bárbaros en el horizonte que los propios civilizados y, en consecuencia, he experimentado una profunda depresión que, a su vez, me ha lanzado en brazos de una segunda esperanza quizás más desesperada aún: la de los extraterrestres. "Quizás los extraterrestres sean una solución, después de todo", pensé entonces parafraseando a Konstantino Kavafis en su famoso poema sobre el hundimiento del Imperio Romano, y, por extensión, sobre cualquier otro hundimiento de naturaleza simplemente social, o meramente individual incluso, puesto que hoy en día cualquiera de nosotros puede hallarse en esa tesitura (a punto de hundirse de un momento para otro, quiero decir). En la actualidad, de nuestra extenuada sociedad occidental y sobre este asunto en concreto, se podría decir perfectamente aquello que Cristo dijo a los hipócritas fariseos a propósito de los adúlteros: "El que no esté a punto de hundirse que tire la primera piedra". 
Porque, ¿quién no se siente aquí con el agua al cuello, como se dice vulgarmente? Es bien sabido que vivimos tiempos oscuros que muchos profetas actuales comparan ya con la oscuridad intelectual que definió históricamente al período del Alto Medievo, en el que la superstición irracional de la fe cristiana campaba a sus anchas imponiendo el terror al infierno en las almas y la ignorancia del mundo en las mentes. Por supuesto, no estamos nosotros en una situación tan pesimista, pero algo de verdad hay en la comparación que, aún así, es demasiado exagerada: es obvio que no se puede comparar en serio la supuesta aniquilación cultural que, supuestamente, sufren ya los cerebros inmaduros de las nuevas generaciones (causada por la incipiente superstición tecnolátrica de los smartphones y los demás artilugios diabólicos de la Era de la Información) con el oscurantismo dogmático y alienante que la Iglesia impuso en el occidente europeo antes, al menos, de las Cruzadas y la Peste negra. No obstante, sí se puede hacer un símil o establecer un enlace atemporal entre los anhelos y aspiraciones que reinaban en los corazones de entonces y los que reinan en los nuestros ahora mismo, porque el deseo humano no cambia tanto en profundidad, por debajo de la corriente superficial de los siglos y el Progreso. Ahí, en profundidad, los de entonces aspiraban a fundirse en la tangible virtualidad de un Más Allá que estaba por todas partes, mientras que, de un modo muy semejante, hoy aspiran a hacerlo en la inmediatez virtual de Internet que  para nosotros es igualmente omnipresente. Y el lazo que los une a través de los siglos es precisamente ése, una Virtualidad Dominante y Salvadora que se asemeja al abrazo paterno de un dios esencialmente antropófago en cuyo estómago cabe con holgura toda la población del planeta, y en el que aún sobra espacio (estoy seguro) para acoger a las extraterrestres que, en el futuro, se dignen venir aquí para sacarnos a los terrícolas las castañas del fuego, como ya han hecho en el pasado. Puesto que existen ya pocas dudas de que han estado aquí antes, en anteriores hundimientos y catástrofes, no veo por qué no habrían de volver a presentarse mañana mismo o un poco más adelante, cuando el nivel del agua de la oscura inundación que nos amenaza (la de la Supraignorancia Tecnoinformada)  nos llegue a la altura de los ojos, de forma que ya no sólo no podamos respirar sino tampoco constatar que nadie más respira en nuestro entorno. Pero, hasta que eso suceda, no habrá más remedio que seguir mandando al Espacio mensajes de socorro como éste que yo suscribo, y cruzar los dedos para que sean captados cuanto antes en la estrella que proceda, allí desde donde los nuevos bárbaros nos vigilan aguardando el momento adecuado para invadirnos y salvarnos inextremis de nosotros mismos... 
(P.D: "¡Daos prisa, por favor!" podría ser la humilde y educada posdata a incluir en estas solicitudes de auxilio al objeto de estimular la gentileza natural de esas hordas galácticas y que no nos hagan la puñeta de tener que esperar en exceso por su llegada).

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Sólo un pelín

Las buenas personas pueden enseñarnos mucho pero, normalmente, nos dicen poco o muy poco: en general, a todos nos parecen admirables pero no demasiado interesantes. ¡Y qué se le va a hacer si esta bondadosa espuma de la humanidad es al mismo tiempo su parte más plomiza y aburrida! ¿Dónde está escrito que la porción que contiene la guinda tenga que ser también la más sabrosa del pastel?... Pero todavía hay más: a pesar de esa excelencia humana que nadie discute, las buenas personas suelen aburrir a muerte a las que no lo son o no lo son tanto. Y pregunto yo: si se permiten castigar de esa forma a los demás, ¿no será porque en el fondo son un poco (sólo un pelin) malvadas?...

Una suposición (otra más)

Supongo yo que, para una mujer que nos quiere, hay algo mucho peor que ser un seductor, un crápula, un Don Juán tan infantil como patético. Y es ser un niño incorregible, uno que no se corrige madurando, haciéndose poco a poco un hombre, es decir, un compañero. Supongo yo que, además de por ser un solitario, por eso continúo estando solo... (Supongo, porque ya sólo soy capaz de suponer).

A sabiendas

No es una frase hecha:  realmente la vida es un viaje, y la justicia poética quiere que sólo pueda ser apreciada en lo que vale por aquellos que viajan sin parar. Entre dos aduanas no hay un instante que sea en justicia mejor que otro, ni son los múltiples destinos a elegir mejores tampoco. Se puede ir a Petra o a Jerusalen, al Kilimanjaro o a cualquier otro paraíso, siempre que se vaya con la clara conciencia de que al Paraíso se entra solamente para poder salir de allí cuanto antes. Hay tantas cosas que hacer antes de morir, tantos sitios hermosos que visitar que, si lo pensáis bien, en realidad apenas queda tiempo para quedarse en casa si no hallamos la manera de que nuestra casa viaje también con nosotros. Así pues, si yo fuese uno de esos frailes que se las dan de escritores, aconsejaría ponerle, no unas piernas al corazón, sino un tejado, y pedir que en todos los sentidos nos sea leve, más que nuestra estancia, el tránsito hacia cualquier parte a sabiendas de que nos dirigimos a ninguna.

martes, 8 de septiembre de 2015

De lo que no merece la pena

Aparte de la clásica y universalmente conocida razón por la que no merece la pena conocer en persona ninguna de las maravillas de la Tierra  o llevar a la práctica cualquier otro sueño grandioso con el que soñemos dar sentido a nuestra vida en el mundo (a saber: no arriesgarse a sufrir una decepción dramática que nos impida volver a levantar cabeza), existe otra menos reconocida en términos poblacionales, pero aún así nada desdeñable, que es la imposibilidad de volver a imaginarnos algo que ya hemos visto con nuestros propios ojos, de forma que en adelante no podremos librarnos de las imágenes concretas asociadas a su recuerdo, imágenes que quedarán enmarcadas en una realidad fija que es la que es y que no conseguiremos soslayar por mucho que lo deseemos, pues, sobre ese asunto, nuestra imaginación carecerá ya de la ilimitada libertad de que gozaba antes de haber puesto allí la planta del pie, de haber impreso nuestra huella material en esa luna que hasta hace poco era o parecía inalcanzable para nosotros, y que ahora, gracias a nuestra intrepidez, ni está ya tan lejos ni apenas conserva su misterio, dos razones de peso por las que, a partir de ahora, le costará mucho enamorar a nadie que no sea un poeta trasnochado (y ni siquiera en éstos el enamoramiento será verdadero, sino un mero y fugaz deslumbramiento que ni es amor ni quiere amar, y que, por supuesto, no engrosará los anales planetarios de las grandes pasiones de la Historia, pues nada ejemplar hay en su ejemplo).

De cacería

Nadie lo diría porque aquí no hago sino dejar pasar las horas sentado ante una pantalla de ordenador (por tanto, en una tensa pasividad que es muy común entre los cazadores de cualquier clase y especialidad cinegética, ya cacen patos o leones), pero yo soy eso que se llama un hombre de acción (no de pensamiento) mientras oteo el vuelo bajo de una frase ingeniosa a la que, pronto, pueda abatir sin necesidad de salir a campo abierto, sin abandonar mi seguro puesto de observación donde me siento erróneamente a salvo de la salvaje e imprevista violencia de la vida, que, cuando menos lo esperas, se revuelve contra su cobarde acechador, contra el que no da la cara ni acepta entablar con ella una pelea cuerpo a cuerpo, sino que sólo la vigila y la espera sin quitarle el ojo de encima, sin hacer un ruido que le ponga al descubierto, como hacen todos los que tienen un miedo cerval a aquello que está descaradamente vivo, tanto que su aparición les parece casi insultante y por ello se apresuran a marcarle con la cruz telescópica de un punto de mira, ya que al final (y mientras no se demuestre lo contrario) quien otea en una cacería es el cíclope que mira a través del único ojo de la escopeta, no el cazador propiamente dicho, el cual tampoco es quien dispara en último extremo sino la costumbre, el hábito de apretar el gatillo cuando la pieza está lista para ser cobrada y no antes, cosa que sabe el ancestral instinto de matador que hay en nosotros, y no nuestra poca o mucha experiencia en esas lides...

lunes, 7 de septiembre de 2015

Precauciones básicas en el manejo de las momias

Recuerda que, como en la trama del Hombre Invisible, ellas no existirían sin las vendas por lo que, en si mismas, no son sino una enorme herida que precisa un vendaje de cuerpo entero para toda la eternidad. Recuerda que nada nos desliga más eficazmente de una persona que la tristeza desprendida de su alma como un gas que es el resultado de las putrefacciones que emanan del muerto que lleva dentro. Recuerda que nada corroe y destruye mejor y más rápido a un cadáver que el aire fresco al cabo de los siglos, y que por eso nunca conviene abrir alegremente una tumba donde se sospeche que el amor reposa envuelto en vendas de la cabeza a los pies. Y, por último, recuerda asimismo que es una peligrosa superstición llamar a esa mortaja por un nombre que no es el suyo, pues puede incorporarse y responder al conjuro como si de verdad fuese real. Recuérdalo, no lo olvides...

El más triste de la familia, II

La tristeza del diario literario no se deriva de su naturaleza de subgénero o género menor, ni de su parentesco con la nota de prensa o el artículo de opinión que le resta credibilidad como "gran literatura", sino del hecho de ser con mucha frecuencia una coartada con la que intentamos tapar nuestra cobardía o nuestra pereza (cuando no ambas) para abordar la composición de una obra de peso y envergadura, de una creación digna de nuestras obsesiones y capacidades, de nuestro innegable talento y no menos innegable capacidad para el esfuerzo continuado. Con harta frecuencia los diarios de un escritor son poco más que éso: declaraciones juradas de falsa inocencia, fechadas en tal día y en tal hora, con las que tratamos de convencer al jurado de que nos absuelva de esos dos graves delitos: el de ser unos perezosos y unos cobardes a la hora  de ponernos a hacer algo que daría a los demás la justa medida de nosotros mismos como artistas si no fuéramos tan tristes como para preferir la escritura de un diario antes que la lenta, trabajosa y valiente redacción de la que iba a ser, sin duda, nuestra obra maestra.

El más triste de la familia, I

El más triste de los literatos es el "diarista", el escritor de diarios, ese avaro que aspira a hacerse rico acumulando la calderilla de sus pensamientos cronológicamente ordenados al minuto y al que, como un nuevo rey Midas atrapado en su vieja maldición, todo lo que toca en su día a día se le convierte en literatura de muchos quilates, en verdadero "oro literario" perfectamente indigerible incluso para él, y que, en consecuencia, le hará morir también de hambre, como cualquier otro escritor que no se haya muerto antes de éxito. 

viernes, 4 de septiembre de 2015

Nosotros, los desvergonzados

En su Relato Secreto  Drieu La Rochelle nos sentenció y casi ejecutó a todos los escritores en general, aunque en particular a poetas y filósofos, al declarar que la escritura es contraria a la meditación y, por tanto, el hecho de escribir una forma de pereza que nos liberaba de la sincera necesidad de meditar que sienten los que de verdad buscan la verdad, los verdaderos iniciados, aquellos que callan lo que saben porque "el pecho de los nobles es la tumba de los secretos" (Gazzali). De esto se deduce que nosotros padecemos una innata falta de nobleza y que (por querer decir a toda costa, para presumir de haber dicho) destruimos lo indecible sin escrúpulo alguno. E.M.Cioran parece confirmar esta opinión cuando afirma que "distinguido sólo es el estéril, el que se borra con su secreto porque desdeña exponerlo, ya que los sentimientos expresados son un sufrimiento para la ironía, una bofetada al humor"; o que "la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura, como el pensamiento tiende a expandirse, a inflarse", razón por la que él lo reducía a aforismo, reprimiendo así su ímpetu inflacionista. La propuesta terapéutica del colaboracionista francés para liberarnos de nuestra condición de "divulgadores y vulgarizadores del secreto" era que fuéramos cada día más místicos, y la del filósofo rumano que sacrificásemos voluntariamente el talento para reposar, ya mudos, en el ser universal. En cualquier caso el remedio consistía en  ir callándose poco a poco, en escribir cada vez menos y, finalmente, en no escribir en absoluto.  El remedio  era decir "no" a la literatura después de haber dicho "no" a la vida, con lo que se daba a entender que la panacea del escritor (lo único que podía curarle a él de sus males, y a sus lectores de su tendencia a perder lamentablemente el tiempo) es su suicidio como tal. Si un escritor quisiera de veras ser sincero tendría que enmudecer por propia voluntad, como hacen los místicos que sinceramente buscan la divina sabiduría que no se comunica con palabras. Pero, como ya sabemos, no hay escritor capaz de superar este reto porque los escritores somos palabreros, o sea, gente parloteadora cuya importancia y transcendencia disminuye con cada palabra que escribe (de ahí que los más importantes de entre nosotros sean lo que sólo han escrito un único libro que, además, vio la luz de la publicación por puro azar). En realidad, pues, todo escritor es un indiscreto incapaz de contenerse, alguien que desvaloriza sus miserias personales al reiterarlas en sus libros, y, no contento con éso, quiere darlas a conocer a un público lo más amplio posible, lo que es una desvergüenza, mírese como se mire. El talentoso es desvergonzado, igual que el sabio es pudoroso, razón por la que la verdadera sabiduría (la que emana de la fuerza espiritual) resulta letal para el talento artístico, y también de por qué la comunión con la Naturaleza o la Divinidad nos hace insensibles al Arte: quien "comulga" valora, sobre todo, el silencio, cosa a la que nunca se resignará el impúdico y desvergonzado individuo que desea más que nada escribir, crear, equipararse a Dios...

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Bienaventurados los duros de corazón

Cada uno de nosotros posee un determinado tipo de fibra emotiva y no podrá cambiarlo por mucho que lo desee. El músculo sentimental es el que es, y no se puede potenciar a base de ejercitarlo levantado pesas, como hace el halterófilo; ni tampoco desarrollar su volumen hasta la hipertrofia, como persigue el culturista. Ese músculo tiene una concreta y definitiva resistencia, un tope frente a las emociones intensas, igual que la tiene un puente a las cargas rodantes que soporta: si se sobrepasa un máximo prefijado, los haces que lo conforman quizás se rompan igual que tirantes tensados en exceso, y, después, podría quedar flácido e inútil, impotente para realizar cualquiera de sus funciones. Esto explicaría por qué las personas demasiado sentimentales que han sufrido un trauma grave a ese nivel (una "sobrecarga de sentimientos", por decirlo así) pueden acabar siendo verdaderos parapléjicos emocionales incapaces de volver a sentir nada durante el resto de sus vidas, o de percibir una mínima sensación que, al menos, les lleve luego a intentar mover un músculo real, no metafórico. 
Pero, sin llegar a estos extremos, la sentimentalidad del sentimental es siempre excesiva por definición porque desde el punto de vista médico sólo son saludables los sentimientos justos y comedidos, los que se ajustan como un guante a la esencia no distorsionada de nuestras emociones. Ahora bien: decir de alguien que es en exceso sentimental es como decir que alguien es rubio en exceso: la condición rubia no es excesiva por el hecho de que una persona no tenga un solo pelo de otro color en la cabeza. Así que todo sentimental es sólo, y simplemente, un sentimental. ¿Pero qué es, entonces, un sentimental?... Césare Pavese fue quien más certeramente respondió a esta cuestión refiriéndose a si mismo: "un sentimental (dijo)  es, mayormente, un deformador de valores", una acusación que no carece de sentido pues aquel que piensa sólo con el sentimiento deforma la realidad quiera o no quiera.
Que la realidad no sea sentimental quiere decir que puede ser juzgada con justicia teniendo un corazón grande, pero no uno blando: el blando no sirve para juez. Y no sirve porque sea parcial o demasiado benévolo, sino porque en esencia no entiende la paradoja en que consiste ser justo y, por tanto, siempre será incapaz de hacer justicia a nadie. Esa paradoja es la misma que hace más sabrosa a cierta clase de fruta y podría formularse con este aserto: "cuanto más duro por dentro, mejor es su jugo".  Así pues, y más allá de tener un corazón grande o pequeño, para ser justo hay que ser relativamente duro de corazón, o sea: "duro por dentro". Es más: no basta con tenerlo duro, hay que endurecerlo adrede porque, sino, no podremos vitaminar como es debido nuestra alma y enriquecerla con nobles y atinados juicios que puedan fortalecer al resto de los hombres. Sólo así, creo yo, se podría llegar a vencer al sentimentalismo a despecho de sus militantes. Sólo así los daños ocasionados a la humanidad por el sentimental podrían ser contenidos y hasta reducidos dentro de lo posible, si bien no podrán desaparecer del todo ya que el número de tales individuos es, asimismo, excesivo, y su población mundial parece crecer exponencialmente (como la de las ratas), por lo que jamás será factible su completa exterminación ni aún cuando la imprescindible labor de los justos de corazón duro ceda nunca en su intento... 

martes, 1 de septiembre de 2015

El secreto mejor guardado

Cada vez que repaso mis diversas relaciones amorosas (desde los más tempranos y entusiastas amores de  la adolescencia hasta las pasiones tardías y más escépticas de la madurez) me asalta el desasosiego de pensar que he combatido siempre en una guerra que no era la mía y que, aún no saliendo derrotado de ella, no habría podido ganar jamás. En todos los casos yo peleaba (y el verbo está correctamente empleado) con la honda sospecha de que mi causa estaba perdida de antemano, incluso en el caso improbable de salir victorioso, como ya digo. Pero esta sospecha, en vez de ser una revuelta interna de naturaleza sediciosa que llamaba a las fuerzas bajo mi mando (mi voluntad, mi imaginación y mi deseo) a deponer las armas,  las enardecía todavía más de lo que ya estaban, con lo que yo me arrojaba con más ímpetu si cabe a la pelea ya que entonces, aparte de tener que demostrarle a "mi enemiga" que la quería de veras, me veía forzado a ocultarme a mi mismo aquellas voces saboteadoras infiltradas en mi conciencia y que poco a poco mermaban, no ya mi convicción en el triunfo final, sino la seguridad de que tal triunfo fuera a servirme de algo. Porque en el fondo (y he aquí el secreto mejor guardado de cuantos cultivo en el rudimentario invernadero de mi alma) siempre he sabido que el amor no era mi guerra, que no era el campo de batalla en el que yo debía luchar y dar lo mejor de mi mismo. Siempre sospeché que, en realidad, a pesar de la enardecida pasión con que lo solicitaba, el amor no constituiría nunca en mi caso el verdadero problema, ni, en consecuencia, sería nunca la solución para mi. En el fondo, repito, lo sabía: sabía que yo no sería capaz de compartir mi vida con nadie, que nunca sería realmente un compañero: ni buen ni mal compañero, sólo alguien que sabe compartir, nada más. Compartir lo que sueña, lo que tiene, lo que es y, sobre todo, lo que no es:  un compañero a secas, alguien que está aquí, en el mundo, por y para otro que, a su vez (si tiene suerte), lo estará por y para él. Este y no otro era mi problema real y, como bien sabemos todos, en el problema está también la solución. Mi caso era muy sencillo y fui yo, sólo yo, quien lo complicó desde su inicio. La solución no era luchar porque me amaran. La solución era, sencillamente, no luchar por nada, y menos que nada por el amor puesto que ningún amor vale nada si hay que luchar por él a vida o muerte. La solución, naturalmente, consistía en aceptarse, en aceptar que, al igual que no todas las personas nacen para ser útiles, no todas lo hacen para tener en otras su destino. Y ya está, no hay más misterio.