No pensaba hablar hoy sobre ellos pero, después de escribir la entrada anterior, no me quedó más remedio que acudir a G. Dumézil y a M. Eliade para enterarme un poco de quienes habían sido los abuelos bárbaros de "Lapislázuli" y (en un porcentaje genético algo menor) también los míos.
Una fecha temprana del s.III a.C. marca su continuo declinar hasta su desaparición definitiva: en la Historia, los celtas dejan de ser noticia tras saquear el santuario de Apolo en Delfos, cuando bajo la doble presión de las tribus germánicas y de Roma se esfuman de ella para no volver a hacer acto de presencia. Casi con toda seguridad procedían del Asia central o de la India, pero, a partir del Hallstatt, en Europa se asentaron en las feraces costas atlánticas de España, Francia y Gran Bretaña, donde idearon unos curiosos ritos funerarios y una estratificación de su sociedad en tres capas o clases: una de druidas o sacerdotes, otra correspondiente a la aristocracia guerrera, y la tercera de ganaderos que se definían a si mismos como hombres libres por el hecho de ser propietarios de vacas. Las innumerables excavaciones arqueológicas, junto a un par de historiadores (Estrabón y Julio César, éste último un simple aficionado), son casi las únicas fuentes de información con que contamos: se sabe, por ejemplo, que daban gran importancia a un espacio sagrado presidido por un altar al que consideraban el "centro del mundo", y dónde practicaban sacrificios humanos ofreciendo a la víctima la posibilidad de elegir el modo de morir (a espada, por flecha o mediante empalamiento, cualquier de estos tres métodos era válido), y en cuyo perímetro depositaban las ofrendas en pozos excavados a bastante profundidad, costumbre que andando el tiempo daría lugar a las típicas leyendas sobre tesoros del folclore popular, y a la creencia medieval de que tales pozos comunicaban directamente con el infierno. Otra faceta importante de su religiosidad era el culto al cráneo que se concretaba en las abundantes representaciones cefálicas, las así llamadas "cabezas cortadas", descubiertas por todas partes y que, en algunos casos, se remontan a la noche de los tiempos: aquí y allá ocupan nichos, se incrustan en los muros de los santuarios, se esculpen en piedra o madera para (luego) ser sumergidas en fuentes y manantiales: esta gente, al parecer, situaba en el interior del cráneo la sede del espíritu humano y, ¡mira por donde!, también creían que era allí donde se acumulaba el semen viril, lo que nos hace barruntar que su parentesco con sus primos indios del Tantra y con los chinos del Tao es algo más que una sospecha descabellada.
Lo dicho: el paralelismo indo-céltico (me refiero a los celtas insulares, que son los que habitaban en Irlanda, Escocia y Gales, pero también en la Bretaña francesa, Cornualles y Galicia) es mucho más que una leyenda infundada pues está lleno de ejemplos. Para empezar esta lista tenemos la importancia que tanto los druidas como los brahmanes atribuían a la memoria, no sólo debido a la prohibición de la escritura como modo de trasnmitir las leyes, sino a que éstas estaban compuestas en verso y, por tanto, el recitado y la dicción eran técnicas fundamentales para su aprendizaje. Y luego están el ayuno como medio de reforzar demandas jurídicas, el gemelo gusto por la narrativa épica y sus esporádicos diálogos poéticos, y el parejo interés que se tiene en ambas culturas por los bardos o por sus relaciones con los soberanos reinantes, que solía ser de mutua admiración y amistad.
En cuanto al panteón de sus dioses el tema es mucho más complejo y confuso de lo que yo puedo abarcar. Según el cónsul Julio César, el principal sería Lug, equivalente del romano Mercurio o del griego Hermes, el cual daba su nombre a numerosas ciudades en todos los países celtas (Lyon, Lugo, etc). El segundo en rango sería el dios de la guerra (el Marte romano) que no cuenta con un nombre inequívoco, aunque se asocia a veces con Tutatis; y el tercero sería Taranis o Júpiter, dios del cielo, pero con mucho menos poder que el Zeus de las religiones olímpicas. Cada una de estas divinidades tenía también su propio género de sacrificios: para honrar correctamente a Tutatis, el ritual exigía ahogar a un hombre sumergiéndolo en una tinaja, mientras que para hacer lo propio con Taranis era preciso quemar vivo a ese pobre diablo tras encerrarlo en una especie de corsé o maniquí de madera. Otros dioses menores podrían ser Ogma o Ogmios (el Hércules o Heracles grecolatino), a quien le estaría consagrada la Palabra o Escritura; el dios Diancecht (Apolo), responsable de la sanación y la resurrección; la diosa Brigantia (Minerva), que lo sería de los oficios nobles como el de poeta, herrero o médico; y, por fin, Cernunnos, el "señor de las fieras", representado por un ciervo y cuyo simbolismo remite a la renovatio o creación continuada, aunque acumulaba muchas otras funciones religiosas, como por ejemplo la de servir de guía a los muertos o la de tótem de la fecundidad, razón de la prolongada lucha que la Iglesia mantuvo contra los disfraces de ciervo en los ambientes populares donde se lucían cornamentas aprovechando cualquier celebración.
Pero si nombrar a las divinidades masculinas es difícil, las dificultades aumentan cuando pretendemos exhumar a las femeninas de entre los escombros de la Arqueología, pues lo único que se saca en claro de la abundancia de figurillas de matronas es su condición de iconos domésticos de la fecundidad. Estas figuras no tenían un nombre porque recibían mil y uno (cada cual las llamaba con el epíteto que quería). Sin embargo, sí existía un nombre para la madre de todos los dioses (Danu en Irlanda), y sus prerrogativas eran tales que nadie podía ser rey de Erín sino a condición de desposarse con esta diosa tutelar o superdiosa. Dicho de otro modo: sólo se podía acceder al trono en virtud de un hieros gamos (noche de bodas) con la gran diosa de la Tierra. Y aquí es dónde aparece de nuevo la herencia oriental de mis abuelos bárbaros, pues allá también solía ser obligado ese matrimonio para sustentar la monarquía: el hieros gamos aseguraba tanto la forma del reinado como la fecundidad del reino. En Irlanda, al menos, la supervivencia de ese legado quedaba ilustrada por el rito de la consagración del rey, el cual debía copular con una yegua blanca a la que mataba a continuación para poder guisar sus carnes, y después repartirlas y comer en la compañía de todos sus hombres durante una ceremonia atestiguada todavía en el siglo XII. Las diosas madres (generalmente hipomorfas, es decir: con forma de caballo) eran habituales en la mayoría de los países celtas, y no siempre eran únicas sino, a veces, trinas, como en Gran Bretaña o el Ulster, en donde se conocen como Machas. El mito quería que una de ellas cohabitara con el joven candidato a rey bajo el aspecto de una horrible vieja que, después de recibir un beso del héroe, y al instante de encamarse con él, se transformaba en una muchacha extraordinariamente bella. Así se conseguía la soberanía: con un beso dado a una horrenda bruja que, de repente, se convertía en una miss, en una reina de la belleza, una prodigiosa metamorfosis que (enésimo ¡Oh!) también era del dominio común en la India desde los tiempos de los Brahmanes, y que muchos siglos más tarde inspiraría en Occidente el cuento de la Bella Durmiente.
Queda por añadir, si acaso, que en las sociedades celtas la mujer gozaba de una libertad y de un prestigio considerables. El rito de la covada (del francés couvade: incubación) pone de relieve su importancia mágico-religiosa: se trataba de lo que hoy llamaríamos una superchería porque, al fin y al cabo, no era más que puro teatro, una representación simulada del parto y de sus inmediatas consecuencias en el hombre o marido, quien consentía en ocupar el lecho del que acababa de levantarse la recién parida para recibir allí los mimos y cuidados perinatales que, por lógica, le corresponderían a ésta, pero que él reclamaba para sí para decirle al mundo que tenía los mismos derechos de filiación sobre la criatura recién nacida que su madre biológica...
(Una advertencia final de cara a la galería: ruego se abstengan ustedes de escenificar este rito en sus domicilios pues, dependiendo de la modalidad copiada por el atrevido valiente que quiera aceptar el reto, esta prueba de maternidad reivindicada por el padre del bebé puede ser más dura de lo que parece, pudiendo resultar incluso escalofriante para cualquier varón estoico y no castrado si alguien le pusiera al tanto de la variante practicada por los indios huicholes de Sierra Madre, en el estado de Jalisco, México, los cuales creen que han de compartir tanto el dolor como la alegría de la mujer en el momento de dar a luz y, por eso, al acercarse el parto, se sientan sobre una viga inmediatamente por encima de la parturienta atándose los testículos con una cuerda que dejan a su alcance, de modo que, cuando comiencen las contracciones, esta, su señora, pueda agarrarse y tirar de ella con violencia liberadora, transmitiéndole así a su solidario esposo la viva alegría que tanto reclama y que, en efecto, ambos compartirán entre lágrimas de puritito júbilo, no más).