La exultante realidad del mundo me sorprende a veces como la visión repentina del mar desde lo alto de una colina. En mi casa, yo dispongo de un balcón que da sobre una calle populosa y que, al menos en los días soleados, crea ese efecto: vista desde ahí arriba la vida social ofrece por momentos el mismo espectáculo de las olas que blandamente lamen un promontorio, o de las que azotan, de modo bronco y salvaje, las costas de una bahía abierta a su empuje como una suave vagina. A veces, cuando me dejo llevar por mis sentidos recién despertados por tal embrujo, la visión es de una increíble amabilidad que se me antoja repleta de promesas felices...
Pero inmediatamente recuerdo que, como el mar, esa realidad es para mí impenetrable, y que no seré capaz de hacer pie en ella en cuanto me aleje unos cuantos metros de la orilla. De inmediato reconozco entonces la mía, mi propia realidad, y sé que no podría mantenerme a flote mucho tiempo en esa amable superficie que, desde lejos, nos invita a todos al baño, a la zambullida impulsiva y rejuvenecedora... Solo que yo sé que, por mucho que lo intente, nunca aprenderé a nadar en sus aguas, y menos aún a bucear en sus fondos, y por eso, durante todo el día, permanezco en el balcón sin bajar jamás a la calle, a salvo del inevitable ahogamiento o del no menos seguro naufragio.
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