El mero hecho de estar vivo es una hipoteca, y la vida una muerte a crédito que nosotros pagamos a plazos con intereses de demora. Para ese banco del que todos somos clientes nadie es insolvente: hasta el más miserable paga tarde o temprano. Un académico lo hará poniendo cara de amargado, ya que para él el llanto siempre será moralmente superior a la risa. Un peripatético frunciendo el ceño, para que se note que él es de los que piensan. Un megarense preocupado por saber qué hace falta para convertir a un hombre en calvo ( "¿Que pierda 1, 2 o 3 cabellos?¿Es un solo pelo de menos lo que determina la calvicie? ¿Puede una diferencia despreciable convertir una cosa en su contrario...?"). Un cínico, por contra, no se hará preguntas porque eso es de civilizados y él, de la civilización, lo único que opina es que han de construirla otros. Un cirenaico presumiendo de no ser poseído por nada y de ser capaz de beber indefinidamente sin que le duela la cabeza. Un escéptico dudando, por supuesto, ya que él no sabe si la verdad es un hecho o un simple devaneo que conduce a la crisis espiritual. Etcétera, etcétera. Pero, no obstante, todos ellos pagarán religiosamente los plazos de su hipoteca vital, pues esta realidad colectiva tiene muy mala leche y se ríe de la Filosofía, en general, y de los filósofos en particular.
...Salvo quizás del cínico Bión el Boristenita, quien nada tenía que esconder ante el mundo, y que, al ser interrogado por el rey de Macedonia sobre cuáles eran sus padres, contestó con gran alegría que él un esclavo sin rostro y ella una criatura de burdel, convencido de que tales orígenes habían hecho de él un hombre libre, gracias a lo cual ya podía hacerse eco (sin ser todavía andaluz) de aquella copla andaluza:
...Salvo quizás del cínico Bión el Boristenita, quien nada tenía que esconder ante el mundo, y que, al ser interrogado por el rey de Macedonia sobre cuáles eran sus padres, contestó con gran alegría que él un esclavo sin rostro y ella una criatura de burdel, convencido de que tales orígenes habían hecho de él un hombre libre, gracias a lo cual ya podía hacerse eco (sin ser todavía andaluz) de aquella copla andaluza:
" ...el verduguito apretó,
mi padre sacó la lengua,
mi madre se impresionó".
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