¿Qué se puede esperar de un Sistema de Enseñanza Pública que se limita a evaluar periódicamente a sus alumnos, pero no a sus profesores? Cara a poder acabar algún día con el fracaso escolar, ¿no sería más inteligente examinar con estricta regularidad a estos últimos (digamos, por ejemplo, cada tres o cuatro meses) en justa reciprocidad con aquellos a los que, en uso de sus prerrogativas laborales, valoran y califican? ¿Por qué esta estrategia pedagógica se acepta con naturalidad en un sentido y no en el otro? ¿Solo porque sería muy "poco educativo" que un docente con plaza vitalicia suspendiese su propia asignatura, viéndose el Sistema obligado a declararle "no apto", pero sin la posibilidad administrativa de condenarle a repetir curso puesto que, en su caso, lo que le correspondería sería el despido libre y judicialmente procedente, nada más...? Y, en todo caso, ¿por que se considera que el educando es a todas luces un inepto absoluto en términos de desarrollo intelectual y, por tanto, que no tiene la capacidad de usar el sentido común a la hora de opinar sobre cómo reeducar a su educador (una vez este haya sido declarado incapaz, quiero decir)? ¿No sería infinitamente preferible que los educandos participaran activa y responsablemente en el Sistema permitiéndoles elegir, mediante plebiscito democrático, a los pedagogos que sean de su agrado y piensen como él al respecto de la Educación? Si al pedagogo, para ser verdaderamente eficaz, se le presupone el derecho a sentir un mínimo rencor hacia la libertad que es inherente a la Infancia (puesto que esta es la condición personal a corregir en el infante a su cargo), también se le debería conceder a esa Infancia, creo yo, el derecho a refutar la idoneidad de ciertos adultos que, por su propio bien, y con el consabido rigor y profesionalidad, aspiran a reprimirle lo mejor de sí misma, ya que, de otro modo, nunca conseguirían educarla. Si, por lógica y porque es su deber, el buen padagogo ha de odiar hasta cierto punto al sujeto sobre el que opera y actúa, ¿no resulta de una crueldad inaudita privar a ese individuo de todos los medios con los que poder defenderse de su "bienintencionado depredador"? Sería de justicia que la sociedad que pretende atraerle e incorporarle a su seno le consintiera, e incluso le proporcionara, algunos recursos con los que organizar y mantener su defensa, ¿no? A cualquier animal salvaje la Naturaleza le da la oportunidad de exhibir su fiereza cuando lo encierran, y la Sociedad admira, sobre todo, a aquellos que continúan indómitos incluso cuando los barrotes de su jaula ya se han oxidado por el paso del tiempo en cautividad. ¿Por qué, entonces, no hacer lo propio con quienes, por más años que lleven matriculados en un colegio o en un instituto, siguen rugiendo en las aulas y moviéndose de un lado a otro entre los pupitres, sin respeto por las normas y reventando las clases, o sea, cual fieras enjauladas, en efecto? Seamos serios: ¿de qué sirve intentar sedarlos con un castigo ejemplar o una expulsión temporal? ¿No procedería, en cambio, otorgarles en premio un aplauso, eso sí, arrojándolo desde lejos, como quien arroja una carnaza envenenada? Digo yo que se les podría arrojar un aprobado colectivo y, luego, una vez dormidos, extirparles la pelotudez rebelde como si se tratara de una glándula enferma (lo que, por otra parte, acaso sea así en esas edades, donde casi toda la fenomenología orgánica, incluida la típica rebeldía adolescente, está en relación con las concentraciones hormonales y sus repentinas crecidas en el torrente sanguíneo). No digo que esta sea la panacea contra la mayoría de los males de la Enseñanza Obligatoria en nuestro país, pero es posible que con esta medida de aprobar a diestro y siniestro se diera un paso de gigante en tal dirección y, por lo demás, no se perdería nada poniéndola en práctica puesto que, a día de hoy, a buena parte de los escolares españoles les daría igual aprobar que suspender siempre que sus padres no se enteraran. Así que tal vez lo único que precisaríamos hacer para mejorar nuestra posición en el ránking europeo sobre niveles de Calidad en la Enseñanza Básica sería reservar el derecho de admisión en nuestros colegios solamente a los huérfanos, visto que solo de esa manera ascenderíamos rápidamente en esa lista hasta llegar a liderarla. Y si adjuntáramos a esto una decidida intervención en lo que atañe a los derechos y obligaciones del profesorado, entonces miel sobre hojuelas porque estoy seguro de que el estatuto y la figura del profesor se verían por fin respetados y revalorizados como es debido si a estos, a los profesores: 1º) se les prohibe terminantemente refugiarse en la sala que, de ordinario, el centro educativo les reserva durante los recreos y descansos, y se les insta, en cambio, a que salgan al patio a socializar con su alumnado en igualdad de condiciones o, simplemente, a tomar el aire; 2º) se les retira la obligación de acudir a los claustros en aras de no fomentar el elitismo propio del gremio y la mala imagen que, por lo general, ofrecen todas las reuniones sectarias en que, además de emitirse fatuas contra los disidentes, se toma escrupulosa nota de los ausentes con el reprobable fin de disciplinarlos y penalizarlos; 3º) se excluye de entre sus funciones toda actividad distinta a la de transmitir conocimientos o adiestrar en técnicas y habilidades diversas, quedando, en consecuencia, excluidos de integrarse en equipos directivos u otros órganos de poder administrativo, que estarán compuestos por profesionales ajenos a la Docencia; 4º) se les conmina a estudiar tanto o más que los educandos a los que tutelan teniendo en cuanta que habrán de pasar parecidos controles de evaluación en fechas parecidas, y que, de no superarlos, verán cómo se les descuenta en la próxima nómina un porcentaje equivalente de su salario, que habrá de ser destinado a reforzar el presupuesto de las excursiones anuales u otros eventos lúdicos organizados por sus alumnos; y 5º), en prevención de las depresiones clínicas que se abaten con sospechosa frecuencia sobre su colectivo profesional, cara al futuro se les promete reducir su vida laboral activa a un tercio de la vigente en la actualidad para otras profesiones de riesgo, como bomberos, policías, agentes de seguridad y domadores de circo, al objeto de disminuir el posible aumento de los suicidios entre sus miembros, y vista la enorme cifra de opositores que son candidatos a ocupar sus plazas una vez estas queden libres por causa de un nudo corredizo correctamente apretado.
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