Es curioso: una de las personas por las que, con el paso del tiempo, he ido sintiendo más y más interés es aquella que, en su momento, cuando la conocí, más me desagradó, y no sólo físicamente. Si esta prueba no basta para comprender que todo cambia, tanto dentro de nosotros como afuera, que venga Dios y lo vea. Y ésto debería convencernos también de que casi todo en nosotros es orgullo que nos impide cambiar de emociones y recuerdos, y hacer justicia al constante mudar del universo, pues aquellos que nos hirieron, decepcionaron u ofendieron, no podrían ser hoy los mismos aunque lo quisieran y, por tanto, cuando ahora pensamos en ellos estamos faltando a la verdad objetiva, lo que objetivamente hablando es una cobardía, mírese como se mire. El tiempo es el mejor sofista porque siempre encuentra argumentos para defender cualquier causa y, al cabo, incluso nosotros no podremos negar que aquel que nos traicionó tuvo sólidas razones para hacer lo que hizo (entre otras, que éramos terriblemente orgullosos y que, a nuestro lado, sería para ellos un martirio constante tener que explicarnos una y otra vez que es algo por completo natural cambiar de sentimientos, de emociones y opiniones, igual que lo es la imparable mudanza de nuestro aspecto exterior).
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