"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 17 de junio de 2015

De la retórica y la infelicidad

El amor no se mendiga y, sin embargo, los verdaderamente necesitados no pueden hacer otra cosa, cuando no hay nada que más incomode e irrite a los demás que la desbordante exhibición de una carencia que ellos no pueden satisfacer: la implorante, dramática retórica del hambriento (cualquiera sea su tipo de hambre), nos vuelve impotentes, y esto es algo que ni perdonamos ni se nos perdona. Como recurso de seducción, la retórica es siempre un exceso contraproducente, pero más aún cuando con ella se subraya un déficit personal. Ese nuestro prójimo al que, según sus propias declaraciones, "ya nada le queda", ¿cómo pretende que le creamos cuando afirma conservar amor para dar y tomar?... Como el mendigo ha de aprender a su pesar a sobrellevar su miseria, el infeliz debería solicitar la gracia máxima del amor dando previamente las gracias, y de manera concisa y sobria, jamás con el ebrio desequilibrio con que nos abordan los borrachos. Pero eso precisamente es lo que le resulta imposible al hambriento de amor: a él la necesidad le ha desbordado, y, como es lógico, quien se ahoga no repara en las incorrecciones sintácticas de su estilo expresivo; como en general no repara en lo que dice sino en lo que necesita por encima de todo, o sea: salvarse.  La infelicidad desgraciada es retórica quiera o no quiera porque el que busca desesperadamente la salvación cae inevitablemente en la redundancia: la fatalidad de su destino le arrojará una y otra vez en los barrocos brazos del pleonasmo.

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