Dícese del estado en que uno, sin ser necesariamente un fingidor, parece o semeja fallecer. Y nunca se dirá, en cambio, de un estado no fingido en que uno, habiendo fallecido, se desdice, revierte la situación y se va tan campante, como Lázaro por su casa. Por norma, se admite el participio (desfallecido), pero no el gerundio (desfalleciendo), siendo este un convencionalismo de aplicación universal: el que desfallece lo hace, normalmente, porque "sufre un desfallecimiento", no porque "esté desfalleciendo", cosa que está mal vista y suena todavía peor. Como es natural, esto no quiere decir que, si se desfallece, haya que hacerlo siempre con elegancia, pero se recomienda encarecidamente porque no está nada bien que al desfallecer se pierdan las formas. El desfallecimiento no tiene por qué ser patético, y yo aún diría más: no debería serlo en ningún caso. La obligación moral del desfallecido es contenerse, reprimirse, y no sólo porque así se evita en gran parte la tentación de dar el siguiente paso (fallecer realmente), sino porque de ese modo se revierte más rápido el desfallecimiento mismo. Por sistema, quien lo sufre se siente morir, sensación que puede o no ser cierta pero que casi nunca conduce a tal desenlace, y, por tanto, de ello se infiere que es falsa de todo punto, falsa de radical falsedad. Tal como hemos visto, pues, estéticamente hablando el desfallecido deja mucho que desear; pero como persona (o sea, desde el punto de vista ético) sencillamente no hay por dónde cogerle puesto que miente como cualquier otro mentiroso. De acuerdo: no es que lo haga aposta, como el caradura, puesto que él, pobrecito, de veras se siente morir. Pero, con todo, está mintiendo y eso no se puede disculpar por más que queramos hacerlo. De hecho es lo que quisiéramos (disculparle), pero no podremos si somos gente de principios: frente al mentiroso una persona cabal tiene el deber, primero, de intentar mostrarle su mentira, y luego de intentar corregirle de ella. Gran parte de las veces fracasará, desde luego, pero que el porcentaje de fracasos sea tan alto no ha de arredrarle de su deber, ya que el mentiroso sigue siendo nuestro prójimo, y nuestro prójimo se merece un respeto (un respeto, no miles, entiéndase bien). En este sentido es útil saber que el sujeto desfallecido, al igual que el individuo mentiroso, suele ser recalcitrante y obstinado como pocos a la hora de hacerse la víctima, por lo que no es extraño que acabe odiando, y ofendiendo incluso, al samaritano o al pedagogo que de manera altruista decidan prestarle su ayuda. De ahí que éstos hayan de prevenirse contra tales reacciones injustas vigilando de cerca sus buenos sentimientos hacia ellos, además de la simpatía que puedan inspirarles, porque, de no ser así, podrían verse contagiados y arrastrados, a su vez, al desfallecimiento propio, lo que, como es lógico, sería totalmente contraproducente, además de poco inteligente. Y, finalmente, esto nos lleva al quid de la cuestión: ¿cuándo se recomienda abandonar, desistir de todo esfuerzo reanimador?... Según nuestra experiencia, no hay un criterio fijo para encarar el problema, sólo nos atrevemos a afirmar que está indicada la paciencia y contraindicada la compasión, nada más. Así que es de suponer que cuando se comience a perder una, o a caer en la otra, sería el momento más adecuado, pero es imposible determinarlo con seguridad. En consecuencia: que cada cual decida y, después, que Dios se la bendiga.
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