"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 8 de septiembre de 2015

De lo que no merece la pena

Aparte de la clásica y universalmente conocida razón por la que no merece la pena conocer en persona ninguna de las maravillas de la Tierra  o llevar a la práctica cualquier otro sueño grandioso con el que soñemos dar sentido a nuestra vida en el mundo (a saber: no arriesgarse a sufrir una decepción dramática que nos impida volver a levantar cabeza), existe otra menos reconocida en términos poblacionales, pero aún así nada desdeñable, que es la imposibilidad de volver a imaginarnos algo que ya hemos visto con nuestros propios ojos, de forma que en adelante no podremos librarnos de las imágenes concretas asociadas a su recuerdo, imágenes que quedarán enmarcadas en una realidad fija que es la que es y que no conseguiremos soslayar por mucho que lo deseemos, pues, sobre ese asunto, nuestra imaginación carecerá ya de la ilimitada libertad de que gozaba antes de haber puesto allí la planta del pie, de haber impreso nuestra huella material en esa luna que hasta hace poco era o parecía inalcanzable para nosotros, y que ahora, gracias a nuestra intrepidez, ni está ya tan lejos ni apenas conserva su misterio, dos razones de peso por las que, a partir de ahora, le costará mucho enamorar a nadie que no sea un poeta trasnochado (y ni siquiera en éstos el enamoramiento será verdadero, sino un mero y fugaz deslumbramiento que ni es amor ni quiere amar, y que, por supuesto, no engrosará los anales planetarios de las grandes pasiones de la Historia, pues nada ejemplar hay en su ejemplo).

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