Escribí una vez un poema en que Lao Zi (o Lao Tzu) dictaba su filosofía a un guardián de la Gran Muralla en su célebre retirada del "mundo" (el sinónimo de China para los chinos). Reconozco que aquel trabajo no estaba bien documentado, y que, en su composición, me dejé llevar por un espíritu entre elegíaco y romántico para describir el apócrifo encuentro entre el funcionario de aduanas y el maestro más famoso del taoísmo filosófico. De Lao Zi sólo sabía entonces más o menos lo que sabe todo el mundo: que escribió un libro llamado Tao te King en el que se exaltaba la doctrina del Tao o Dao, y que era el ideólogo de un movimiento moral que recomendaba a los hombres vivir oculta y anónimamente. (De hecho, ese era el sobrenombre que yo le aplicaba en el título de mi poema: El Oculto). Con el tiempo y el estudio he podido darme cuenta, más que de las inexactitudes contenidas en mis ripios (que por fortuna no eran muchas), de las imprecisiones referentes al propio corpus doctrinal defendido por el gran pensador religioso que, a su vez, se ocultaba, detrás del escurridizo individuo llamado Lao Tzu (o Lao Tan, porque sus nombres nunca se acaban al no ser, con toda probabilidad, un personaje histórico). Yo no había caído en que, por ejemplo, existía un Tao permanente y otro que no lo era (el Tao segundo), y que el primero se distinguía de su hermano menor por un detalle de una sencillez apabullante que venía especificado en la primera linea del Tao te King. Decía allí el maestro: "Un Tao del que se puede hablar no es el Tao permanente", lo que equivale a decir que todo aquello de lo que va a disertar a continuación no es, en realidad, su verdadero pensamiento, ya que este trasciende las modalidades del ser y, por tanto, es inaccesible al conocimiento humano. No se puede demostrar su existencia y, en consecuencia, la actitud más prudente es no intentar demostrarlo, prudencia que nuestro sabio cumple a rajatabla porque ni siquiera mencionará en ninguna parte de su obra el objetivo final compartido tanto por la filosofía como por la religión taoista: prolongar indefinidamente la vida hasta conseguir la inmortalidad física. Y de aquí precisamente, de esta secreta ambigüedad, se deriva otro de los sobrenombres de Lao Zi, quizás el más acertado y pertinente: El Oscuro. (El oscuro más oscuro que la misma oscuridad, diría yo).
Unos años después de este primer y superficial contacto con el Dragón (este otro alias se lo debemos a Confucio), mi disculpable curiosidad intelectual sobre todo lo que atañe al Erotismo me llevó a darme de bruces con el método yóguico elaborado por el tantrismo indio para retener la emisión del semen durante el acto sexual y prolongar así (de forma indirecta, y sin que tal fuese su intención inicial ni última) el placer o goce en pareja. En el deficiente manual ilustrado que yo consulté en esa ocasión se citaba, para mi sorpresa, a los adeptos de Lao Tzu como seguidores del metódo en cuestión, método que al exportarse a China desde el país indostánico había sufrido una modificación o variante, siendo conocido allá como "El camino del Yin". Fue entonces cuando, tras sucesivas averiguaciones, supe que la secta taoista se identifica a si misma mediante el ideograma hsein que significa "Inmortal" y que éste, la inmortalidad, era el objetivo extremo de sus creencias. Averigüé también en ese mismo acto que sus adeptos podían recurrir a numerosas técnicas para alcanzar la longevidad y que el principio básico de todas ellas consistía en "nutrir la fuerza vital que entra y sale por los nueve orificios del cuerpo", por lo que, en la práctica, se volvía muy importante para el iniciado vigilar esas nueve puertas cuidadosamente ya que en su cuerpo no sólo podían entrar dioses y espíritus bondadosos, sino también unos demonios maléficos llamados "gusanos" que, en número de tres, devoraban su vitalidad. Y comoquiera que debían librarse a cualquier precio de estos tres demonios, es por ello que renunciaban a los alimentos ordinarios (carne, vino, etc) para alimentarse a base de plantas medicinales y sustancias minerales que tenían la virtud de dar muerte a los antedichos parásitos...
Pero no es mi intención aburriros aquí recitando los postulados teóricos y los procedimientos prácticos que han de cumplir los taoistas en su camino al paraíso (sí, también ellos lo tienen, y es decididamente terrenal: está en una isla maravillosa o en una montaña santa, ambas de carácter sobrenatural, lo que no fue impedimento para que algunos reyes de ciertas dinastías previas a la Era cristiana enviaran expediciones militares en su busca). Lo que a mí me interesa es volver con Lao Tzu, a su tajante afirmación recogida en el Tao te King -"El que está provisto de la plenitud es comparable a un recién nacido"- porque de ella se puede extraer una explicación convincente para, al menos, dos de los procedimientos implicados en la persecución de la inmortalidad, la meta final del Taoismo. Uno es la llamada "Respiración Embrionaria" que no es un ejercicio preliminar a la meditación, como en el Yoga, sino un aliento que se hace circular en circuito cerrado dentro del cuerpo (de manera semejante al del feto en el claustro materno) para conseguir una visión interior que sirva, entre otras cosas, al fortalecimiento físico del adepto. Y el otro es el del "Embrión Misterioso" que se puede considerar como la cumbre de las técnicas sexuales taoistas, y que consiste en mezclar o sumar a la anterior respiración la disciplina del Camino del Yin mediante la que se educa en la retención del semen para reparar el cerebro (o sea, en realizar el coito sin eyacular) y así evitar la dispersión de la energía vital. Tanto según el tantrismo hindú como según el taoismo chino tal retención hace que, al igual que pasaba con el aliento, el semen circule en el interior de nuestro cuerpo ascendiendo siempre desde su campo inferior hasta el superior situado en la cabeza, a fin de revitalizar allí el cerebro, y beneficiándose de este rito también nuestra pareja (al menos, en teoría).
Pues bien: esta vía formada por dos senderos confluyentes se supone que conduce en línea recta a la vida eterna sin distinción de sexos, siendo el método para no morir igual de válido para hombres que para mujeres, las cuales lo harán (no morir), no por la contagiosa contigüidad del varón que las acompaña en la cama, sino por la propia capacidad de concentración haciendo el amor, a la hora de replegarse sobre su corazón y de perder la conciencia de su cuerpo y del mundo exterior. Y otra cosa: en buena lógica, y a fin de reparar el cerebro, el adepto debía absorber grandes cantidades de yin, por cuyo motivo cambiaba con frecuencia de pareja (de ahí a la orgía ritual, donde la unión de los alientos se hacía en colectivos más o menos numerosos, faltaba sólo un paso que se daría a no tardar). Y naturalmente a los inmortales, a los que habían almacenado grandes cantidades de energía yang en el cerebro, se les representaba con un cráneo desmesuradamente desarrollado, una iconografía que, no lo olvidemos, ha sido utilizada con profusión en la industria del cine y del cómic para ilustrar el aspecto de los seres procedentes de otras galaxias, en los que también se presupone que es característica la longevidad-inmortalidad. (Como anécdota diré que, entre los ancianos taoistas, hubo inmortales de cabellos uniformemente canosos que, de pronto, ennegrecían de nuevo, y cuyos dientes ya caídos volvieron a salir otra vez: se asegura ésto, por ejemplo, de un tal Jong Tcheng Kong, nombre del que se sospecha es otro de los múltiples camuflajes de Lao Tzu).
Y, por último, deseo referirme a los alquimistas del Tao... (Pero eso será en una próxima entrega porque, al no ser yo un inmortal, me estoy muriendo de sueño...).
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