Por lo general cuando uno lucha y trabaja durante mucho tiempo (quizás toda una vida) por lograr las condiciones idóneas que le permitan entregarse exclusivamente al "sueño de su vida" -viajar al Espacio, fundar una familia, comprar un yate, dar la vuelta al mundo, hacerse misionero, beber champán por un tubo, tocar el piano, leer o escribir novelas, etc-, suele terminar tan hastiado que comienza por aplazar un poco más (sólo unos días) esa su más antigua determinación en base a su profunda creencia actual de haberse ganado a pulso un tiempo de reposo absoluto antes de ponerse manos a la obra, y no es raro que entonces advierta que, en realidad, no tiene ya ni la necesidad ni las ganas de soñar que tenía antaño, y que, en el fondo, lo único que quiere es no volver a ser un soñador ahora que se ha hecho viejo soñando con algo que, después de todo, no valía ni mucho menos la pena, como nunca lo vale luchar por el amor de alguien que jamás nos amó, o por un deseo que siempre estaremos dispuestos a posponer en aras de hallar el momento más oportuno para llevarlo a la práctica...
No hay comentarios:
Publicar un comentario