Ningún
cielo, ningún mar
Lograría
reunir en uno estos dos cuerpos.
El
de ella (joven a pesar de los hijos
Y
la multitud de amantes ya gastados)
Descansa
en lo alto de la roca
Como
imagen popular de una sirena:
A
su costado cae la mano
Flotando
muerta sobre el mar,
Y
la luz oceánica la envuelve
En
un nimbo pictórico, de ensueño.
Mientras,
él se apoya sobre un codo
Que
se deja herir por la metralla tibia
De
la arena. Está pensando
(si
es que un cuerpo piensa)
En
sensaciones, en mucosas,
En
salivas, en caricias
Que
conoce de memoria.
Ella
ha recogido el pelo húmedo
Con
un gesto de tranquila suficiencia.
Después
gira el blanco rostro hacia la playa
Por
no desear seguir viendo nada
De
tan cerca, y no por otra causa.
Entonces
él cambia bruscamente de postura:
Se
sienta y se abraza una rodilla,
Adivinando
que esa será hoy
la
única amistad que le devolverá el abrazo.
Luego
hace en el aire una señal
Que
parece el modo de volar de un ave rara,
Y
no es sino el temor a no ser visto
O
a que le vean.
(El
cielo, indiferente, se pone más azul
A
cada hora, y nada en su color presagia
La
inminencia del ocaso).
Ahora
ambos están terriblemente quietos:
Los
dos desean que el coraje haga escala,
antes
que en el suyo, en el pecho enemigo,
Y
esta cobardía mutua la aprovecha
El
Momento Único para pasar de largo.
Por
no variar, ha de ser la mujer la más valiente,
La
primera en comprenderlo, y en poner
Un
resto de esperanza en el impávido horizonte.
De
las aguas chichas que la cercan
Copian su calma las que ella llora,
Y
que se secan rápido, al soplo de la brisa,
Cuando
ya la mano sin pareja ha vuelto al mar...
Al
mar,
A
esa piel menos lejana.
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