"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 7 de julio de 2015

Marina lánguida en clave fatal

Ningún cielo, ningún mar
Lograría reunir en uno estos dos cuerpos.

El de ella (joven a pesar de los hijos
Y la multitud de amantes ya gastados)
Descansa en lo alto de la roca
Como imagen popular de una sirena:
A su costado cae la mano
Flotando muerta sobre el mar,
Y la luz oceánica la envuelve
En un nimbo pictórico, de ensueño.
Mientras, él se apoya sobre un codo
Que se deja herir por la metralla tibia
De la arena. Está pensando
(si es que un cuerpo piensa)
En sensaciones, en mucosas,
En salivas, en caricias
Que conoce de memoria.

Ella ha recogido el pelo húmedo
Con un gesto de tranquila suficiencia.
Después gira el blanco rostro hacia la playa
Por no desear seguir viendo nada
De tan cerca, y no por otra causa.

Entonces él cambia bruscamente de postura:
Se sienta y se abraza una rodilla,
Adivinando que esa será hoy
la única amistad que le devolverá el abrazo.
Luego hace en el aire una señal
Que parece el modo de volar de un ave rara,
Y no es sino el temor a no ser visto
O a que le vean.
(El cielo, indiferente, se pone más azul
A cada hora, y nada en su color presagia
La inminencia del ocaso).

Ahora ambos están terriblemente quietos:
Los dos desean que el coraje haga escala,
antes que en el suyo, en el pecho enemigo,
Y esta cobardía mutua la aprovecha
El Momento Único para pasar de largo.

Por no variar, ha de ser la mujer la más valiente,
La primera en comprenderlo, y en poner
Un resto de esperanza en el impávido horizonte.
De las aguas chichas que la cercan
Copian su calma las que ella llora,
Y que se secan rápido, al soplo de la brisa,
Cuando ya la mano sin pareja ha vuelto al mar...

Al mar,
A esa piel menos lejana.

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